José Antonio Ruiz | Viernes 11 de marzo de 2011
Me resisto a aceptar que el ombligo para-político judicial sigue haciendo las veces de abrevadero donde acuden a saciar su insaciable ambición togados sectarios siempre prestos a embarrarse la túnica nazarena con el polvo del camino; que entre los poli-milis todavía de vez en cuando pueden escucharse las bravuconadas de algún que otro nostálgico de los Grises de esos que acostumbran a ir por ahí arreando hostias sin venir a cuento por el tarado placer sádico de marcar paquete; y que entre el tsunami de tricornios, gorras, boinas, barretinas y cascos blindados de artificieros abundan los padres de familia que no se pueden permitir el lujo de perder su trabajo por contarle a un juez lo que les gustaría.
Me resisto a aceptar que en el Pentágono madrileño de la Cuesta de las Perdices pueda haber espías dobles de lealtades equívocas que transitan impunemente por las cloacas del Estado, en lugar de 007’s de los que son de fiar aunque vayan de incógnito y no sean tan chapuceros como Mortadelo; como me resisto a pensar que todos los políticos son, ERE que te ERE, unos impresentables con más morro que un oso hormiguero, que le han cogido el tranquillo a la sinvergonzonería de fichar y salir corriendo para levantarse por el morro una dieta de 300 talegos; o ya puestos, que todos los periodistas somos unos mamonazos.
Cierto que como dejó escrito Aristóteles en su Ética Nicomaquea, la verdad en su total dimensión es inaprensible. Pero harían falta varios camiones cisterna de detergente del Comando Dixán para lavar todas las infamias que se dijeron a beneficio de inventario durante los dos días posteriores al de la masacre, nuestro particular Fahrenheit 3/11. Y argumentos más convincentes que el de la burda descalificación esvástica para disuadirnos a quienes no estamos por la labor de la claudicación y el olvido porque seguimos pensando (no hay que ser Einstein) que el objetivo que se perseguía con la matanza era un vuelco electoral por la vía del oportuno golpe de Estado enmascarado bajo un capuchón negro, ya fuera en el nombre de alá o de acá.
Todavía hoy, más de uno necesitaría que le inyectaran una dosis inicua de Pentotal, el “suero de la verdad”, pues los hay que se empeñan en que metabolicemos por decreto la tragedia y el convulso cambio de Gobierno al que asistimos a la sombra de aquellas macabras circunstancias, cuando siete años después ni siquiera conocemos cuál fue el explosivo utilizado, y mucho menos la identidad de los autores intelectuales de la carnicería. Una docena de bombas, una decena de vagones de tren reventados y un amasijo de varias toneladas de hierro retorcido; pero la desaparición/destrucción de pruebas ha sido tal, que en el laboratorio sólo se han podido analizar 23 tornillos lavados.
Por supuesto que ZP, de nombre José Luis, como Torrente, es el quinto legítimo presidente del Gobierno de una España constitucional que el día menos pensado puede dejar de ser lo primero y lo segundo, sin necesidad de ninguna conjura republicana. Pero las Elecciones más tristes de la historia de la patria perpiñanesa, lizarrense, estellesa y perversamente asimétrica de Puerto Hurraco las perdimos todos.
Las Generales de 2004 fueron el último baile. Pero el último tango no se bailó en París; ni tampoco en el club Horóscopo de Gijón, donde las bailarinas de striptease se lo hacen con una serpiente; ni en El Pardo, donde de noche todos los gatos no son pardos; ni en el parque temático del Valle de los Caídos; ni en el palacio del Canto del Pico de Torremolinos; ni a bordo del yate Azor en el que navegó Felipe; ni en el balcón del Palacio Real que tanto gustaba frecuentar al dictador subido a la caja de patatas para ganar altura de miras; ni en la verja de El Peñón; ni en la alambrada-coladero de Melilla; ni en la concurrida ruleta del casino monegasco de los Grimaldi; ni en las fincas de don Rafael, el recluso VIP; ni en la Bahía de Cochinos; ni en la Tropicana de Fidel; ni en El Plantío alfrediano; ni en el recreativo picadero-chalet “secreto” de la CESIDesca calle Sextante, ni en desiertos lejanos.
El veredicto de las urnas es inapelable. A nadie en su juicio se le ocurriría cuestionar el resultado de las elecciones. La victoria socialista fue legítima aunque se produjese en circunstancias excepcionales, que convirtieron a Zetapé, “víctima” de su buena suerte, en «The Accidental Prime Minister», como editorializó The Wall Street Journal el 25 de noviembre de 2004. Nada que objetar, por lo tanto, ante una evidencia tan incuestionable, por mucho que a los del PP y a sus votantes se les quedara La sonrisa del pelícano. Y menos aún cuando los cipreses del cementerio del Bosque de los Ausentes, que no entienden de recuentos, siguen llorando la muerte de tantas vidas sin derecho a voto.
Pero si la “conciencia” continua siendo el “dictamen practicum rationis quo judicamus aliquid debere fieri, quia bonum, aut omittere, quia malum” (el dictamen práctico de la razón por el que juzgamos que algo debe hacerse porque es bueno o debe omitirse porque es malo”), está claro que entre el Once y el Catorce-Eme los hubo que guardaron su decencia en el cajón miserable del olvido. Algún día de estos alguien con sapiencia debería rescribir a cuatro manos el Ensayo sobre el entendimiento humano de Locke.
Es posible que Aznar no se mereciera una portada tan ignominiosa como la que el diario Libération le dedicó el lunes 15 de marzo: «Espagne. Le prix du mensonge. La droite paye ses manipulations après les attentats du 11 mars et son engagement proaméricain». O que Le Monde abundara un día sí y el otro también en la tesis prisaica de la mentira de Estado.
Es posible que Aznar no se mereciera que el Financial Times, en una indescriptible crónica fechada el 14 de marzo, firmada desde Vitoria por una tal Yolanda Ortiz de Arri, se soslayara malintencionadamente: «Basques felt betrayed by lack of transparency».
Es posible que Aznar no se mereciera que The Economist ilustrara su portada con su retrato en la carta de una baraja como aquella que el ejército norteamericano repartió con la imagen del Wanted Sadam.
Es posible que Aznar no se mereciera titulares como el The Times: «Las bombas hacen cambiar el resultado de las urnas. Los votantes han buscado venganza por la guerra en Irak»; ni como el The Guardian: «Los votantes furiosos echan al Gobierno de España. Los socialistas ganan el poder mientras Aznar es castigado por el derramamiento de sangre»; ni como el de La Repubblica: «España, sorpresa socialista. Se derrumban los populares acusados de haber mentido sobre la matanza».
Es posible que Aznar no se mereciera un trato como el que le dispensó The New York Times, a costa de su corresponsal en España Elaine Sciolino, que se pasó tres pueblos y varias décadas al comparar a José María (Aznar) con Francisco (Franco): «Un líder que manipula la verdad recuerda, para muchos españoles, a un dictador».
No es justo que Financial Times, Walt Street Journal, The Guardian, o hasta el mismísimo Clarín, entre otros, se pasaran de la raya y se abonaran a la tesis de la mentira de Estado. Pero esto es lo que hay. ¡Que se jodan porque se lo tenían merecido! –Exclamarán con saña aquellos que mal les quieren.
Claro que buena parte de la culpa repartida la tenemos todos (unos más que otros), cuando cometemos el palurdo error de tomar como verdades universales todo lo que se publica en inglés –¡Menudo peligro tiene la tal Leslie Crawford, corresponsal de FT!–, francés, alemán o chino mandarín.
Difícilmente cabe una explicación, salvo a la luz de la paradoja, cuando el New York Times, tradicional portavoz de la izquierda americana, habla bien de la derecha española, y Wall Street Journal, la voz ronca de la derecha yanqui, se deshace en elogios hacia la izquierda española. Claro que mucho más extraño resultaría que ante unas elecciones presidenciales norteamericanas, el NYT, The Washington Post, la CNN, la CBS o la ABC mostraran abiertamente sus afectos por el candidato republicano; la Fox apoyara al aspirante demócrata; y la NBC rompiese la tradicional equidistancia que mantuvo entre, pongamos por caso, Bush y Kerry. (…) Si no funcionó el lobby genovés en el patio comunicacional ibérico, ¿Qué se podía esperar de la reacción y la lectura de los hechos del 11-M hecha de oídas por los medios extranjeros?
Ni Aznar, ni Rajoy, ni el Partido Popular, ni sobre todo sus votantes, se merecían este final. Pero se lo ganaron a pulso hasta el extremo del escarmiento justo de pasar un par de legislaturas en la oposición. De lo que no estaría yo tan seguro es que durante el tiempo que les ha tocado vivir en el ostracismo, Los Peperos hayan hecho acto de contrición acerca de la dejación de funciones que hicieron durante largos años de los resortes de la propaganda demagógica de Estado.
Aznar se marchó de Moncloa con la ilusión de ser algún día L’uomo che incontró sé stesso (El hombre que se encontró a sí mismo) de Luigi Antonelli. Pero al final dio más bien la impresión de ser uno de los Seis personajes en busca de autor de Pirandello.
Mariano Rajoy se pudo permitir el consuelo de decir «We are leaving government with our hands clean and the government books in order» (“Nos vamos del gobierno con las manos limpias y las cuentas en orden”). Pero igual de con la cabeza bien alta –añado yo–, se fueron de inocentes. Tan castos, o incluso más cándidos, que cuando llegaron al poder. ¡Qué bisoñez! (…) Como dejó escrito de manera gráfica Carmen Rigalt, «el resultado del 14-M le pilló a más de uno en bragas».
Como hace ver Martín Prieto, «en sus dos legislaturas el PP nunca supo qué hacer ante los medios de comunicación públicos o privados o mediopensionistas». (…) Mucho me temo que en el PP, a pesar de que “la broma” les costó la silla (pues no sólo perdieron las elecciones sino el poder), todavía no han caído en la cuenta de que ese poder comienza y termina en la información.
En cierta ocasión (no en Los desayunos de TV, antes de que le retirara la taza el bienmandado “camarero mayor” de TeleCaffarel, Fran Llorente, sino en un almuerzo en Portonovo en el que fuimos presentados) el recordado Luis Mariñas me hizo ver –cuidando, por supuesto, de no señalar a nadie con el dedo corazón erecto por ser una fea costumbre que denota mala educación almodovariana– que hay gente (y la clase periodística no es una excepción sino uno de los máximos exponentes) dispuesta a “matar” a otra gente (léase el verbo como tal figura poético-metafórica que es, nunca como una imputación homicida a nadie), a poco que alguien, ungido de profeta, se lo pida. (…) Y es que en verdad que Ortega no fue nada desencaminado cuando habló de un “matonismo” periodístico que ni siquiera necesita ampararse en la guerra santa para crucificar a sus víctimas. Es la miseria del periodismo perverso, que ahora nos está pasando factura a todos, a justos y a pecadores. Y bien merecido que lo tenemos.
Siete años de infamia y bochorno. 11-14 M: ¿cierre en falso, caso abierto? El tiempo lo dirá. (…) Entretanto, aunque sea sólo por decencia, dejando a un lado los distingos ideológicos, convendría olvidar al menos por un día lo miserable que puede llegar a ser la condición humana, para limitarnos a honrar la memoria de las víctimas y a acompañar en su dolor a familiares y amigos.
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