Opinión

Japón y los terremotos

Sábado 12 de marzo de 2011
En el Japón antiguo, los terremotos eran producto de una gran pez que al despertarse movía el agua y provocaba turbulencias. O de una enorme araña que de vez en cuando hacía que la tierra vibrara. Lo cuenta Chamberlain en su “Things Japanese”. El pez se ha vuelto a mover y esta vez ha dado un buen coletazo en la Costa Oeste de Japón, 150 kilómetros al Norte de Tokio, a la altura de la ciudad de Sendai.

Para cualquiera que haya vivido un gran terremoto, hay varias cosas que nunca se olvidan; la primera, el ruido si se está en un edificio, similar al de una inmensa campana aunque sin su resonancia clara. Es más un can-can-can sordo, bruto. La segunda, el movimiento, similar al que puede experimentar un barco pequeño o de media eslora en un mar tempestuoso. El suelo se mueve a su antojo, de un lado a otro y enseguida marea; la tercera y más inquietante, los “after-shocks”, las réplicas del terremoto que duran días, semanas y hasta meses y que dan la continua sensación de que el pez o la araña siguien ahí, despiertos de nuevo. Si se sobrevivió el terremoto principal con cierto garbo (debido seguramente a la inconsciencia), es difícil que las réplicas no produzcan una aceleración del corazón, y que el estómago se suba a la garganta en cuanto la tierra vuelve a temblar.

Yo viví el 17 de enero de 1995 el Gran Terremoto de Hanshin-Awaji, que produjo 6.434 víctimas oficiales, más de 400.000 heridos, más de 200.000 personas sin casa. El epicentro estaba en la punta de la pqueña isla de Awajishima, a unos diez kilómetros de mi casa en un barrio de las afueras montañosas de Kobe. El seismo ocurrió a las 5:46 de la madrugada hora japonesa, un día de nieve fina, y duró oficialmente 20 segundos. Veinte segundos que bastaron para cubrir la ciudad del polvo de los miles de edificios caídos, las autopistas elevadas rotas, las vías de tren retorcidas. Al poco, empezaron los fuegos, lo que incrementó el polvo y la niebla. En Japón, muchas de las construcciones son de madera, casas por lo general de dos pisos, y el piso de arriba caía sobre el de abajo aplastando a quien allí estuviera. Cuando llegaron los fuegos, muchas personas murieron atrapadas en los escombros del primer piso tras despedirse de sus familiares, que al dormir en el piso de arriba se habían salvado. El terremoto fue como una guerra comprimida en veinte segundos. La destrucción, la devastación, el dolor que produjo era inconcebible para tan corto tiempo. La respuesta oficial fue lenta y hubo quejas populares, sobre todo de la población anciana, cosa rarísima en Japón. Tres años después, la ciudad de Kobe resplandecía de nuevo como una joya sobre las colinas del mar interior de Japón.

No hay ningún país del mundo tan preparado para los terremotos como Japón. Ni tampoco ninguna población tan entrenada en qué hacer ni que sepa tanto sobre ellos. Los niños, desde el jardín de infancia, hacen simulacros de terremoto. En prácticamente todos las hogares hay un protocolo de emergencia de terremotos (una caja con un botiquín, y objetos de primera supervivencia). Pero a pesar de todo, la araña y el pez siguen actuando. Y lo peor es que no se sabe si se movera la araña bajo tierra o será el pez el que dé el coletazo en el mar. Esta vez, en Sendai, ha sido el pez. El epicentro del terremoto parece que estaba en el mar, a uno 60 kilómetros de la costa. Según las mediciones, es el más intenso registrado nunca en Japón, y el cuarto o quinto del mundo. Un terremoto inmenso. Los japoneses, tras el terremoto de Kobe, intesificaron las medidas de prevención, sobre todo en la construcción. Pero al producirse en el mar, el efecto ha sido otro que los japoneses conocen bien a lo largo de su historia: un tsunami de unos diez metros. El tsunami es una ola gigante, pero nada que ver con lo que pensamos que es una ola. En realidad es una subida súbita del nivel del mar de unos diez metros con un frente muy extenso. Penetra kilómetros tierra adentro y se lleva por delante todo lo que encuentra por el camino. En el océano abierto viaja a más de 500 km/h. En Japón, los edificios japoneses están preparados para que los sacudan, pero ni las carretera, ni las carreteras, ni los vehículos, ni los edificios están preparados para las olas gigantes. La única preparación posible es alejarse de la costa, pero la población japonesa vive a lo largo de sus islas en la estrella franja que hay entre las montañas y el mar. Y a pesar de los avisos --que esta vez se dieron--, las posibilidades de escapar son reducidas.

La zona donde ha ocurrido el terremoto no es de las más pobladas de Japón. Sendai es una ciudad de un millón de habitantes más o menos. Los alrededores son sobre todo agrícolas, aunque en un radio relativamente pequeño hay cuatro centrales nucleares. De ellas, la número 1 (Daicihi) y la número 2 (Daini) se han visto muy afectadas por el agua, hasta el punto de que han suspendido la actividad. Los generadores de seguridad que alimentan el circuito refrigerante también dejaron de funcionar horas después de activarse, y se sabe ya que en una de ellas hay combustible nuclear fundido por las altas temperaturas, y contaminación del combustible que ha pasado al exterior. La Agencia Nuclear Japonesa ha informado de que los índices de contaminación radioactiova son unas siete veces superiores a los normal pero que no entraña un peligro grande para los seres humanos por el momento. Aun así, han evacuado las poblaciones de la zona.

Estos días, seguirán los recuentos de víctimas, en los centenares por el momento, y se intentará reponer los servicios (por el momento no hay televisión, ni telefonía móvil, ni vuelos en los principales aeropuertos, ni agua en algunas zonas, ni servicio de shankansen --tren bala--), y apagar los fuegos que casi siempre siguen a los grandes terremotos. La reacción de los japoneses es siempre lenta. No les gusta aceptar la ayuda internacional, seguramente porque piensan que cuantas menos voces mayor efectividad a largo plazo. También, la información oficial suele llegar tarde y al principio de forma poco clara. Pero tras un tiempo, su organización se pondrá en marcha y todo volverá a ser mejor que antes. Si algo han aprendido los japoneses en su vida en un país azotado por terremotos, volcanes, tifones e inundaciones es la lección del junco que se inclina con el vendaval para luego levantarse cuando este ha pasado. Con la humildad del junco. En toda crisis, personal, natural, colectiva, lo principal es que hay una lección que aprender y una posibilidad de mejora. Y eso seguro que no lo van de dejar de hacer. Por mucho que la gran araña negra baile o el pez gigante de las profundidades siga con sus coletazos.

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