Miklós Bánffy: El reino dividido. Traducción del húngaro de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño. Libros del Asteroide. Barcelona, 2010. 408 páginas. 22,95 €
En el mes de mayo de 1940, el conde húngaro Miklós Banffy de Losoncz (1873-1950) ponía fin en su castillo –ya entonces rumano– de la ciudad de Bonchida a la “trilogía transilvana” que había de constituir su obra maestra literaria, tras concluir la redacción de la novela
El reino dividido, la última entrega de una serie iniciada previamente con
Los días contados (1934) y
Las almas juzgadas (1937). Rematada así en plena Segunda Guerra Mundial, un salto atrás, hacia la anterior conflagración, hay en la aportación narrativa de este autor al mundo del hundimiento del viejo Imperio austrohúngaro. A pesar de que la Segunda Guerra Mundial presenta un balance más trágico, a la Primera se le sigue denominando la “Gran Guerra” y no cabe duda cómo, en dicha designación, influyen el impacto y la sorpresa que causó entre sus contemporáneos: por su desgaste, por las nuevas formas de lucha, por el cambio que supuso en el equilibrio mundial… Ese fue el caso de Bánffy y de todo un pueblo húngaro que vio perder, tras la contienda bélica y el acuerdo posterior de Trianon (1920) las dos terceras partes de su territorio, incluida la región de Transilvania donde el aristócrata novelista había nacido y que pasó a soberanía rumana.
Miembro de una acrisolada dinastía nobiliaria, integrada por gobernadores y cortesanos y poseedora de abundantes títulos, la vida del joven vástago Miklós se desenvolvería entre la actividad política a la que parecía predestinado por su posición familiar y su innata vocación artística, que le llevaría a cultivar la literatura –y otros campos creativos como la música o la pintura– al tiempo que ejercía relevantes cargos administrativos y diplomáticos de su país. Esta dualidad vital aparece también reflejada en el protagonista de la trilogía transilvana, el conde Bálint Abády, en quien se superponen –y contraponen– el relato de su vida pública, como miembro del Parlamento de Budapest, con el de su vida privada: la historia de su familia, de su pasado, de sus amistades y sus amores, encarnados en los personajes de su madre Róza, su primo László Gyeröffy –el rutilante músico y bailarín– y su hermosa amante Adrienne. No es la única coincidencia autobiográfica en la obra; ya en su libro de memorias
Desde mi recuerdo, publicado en 1932, Bánffy describía el castillo y el enorme parque con bosques y arroyos donde se crió y que más tarde convertiría en el hogar transilvano de su
alter ego en la trilogía, donde Bonchida recibe el nombre de Dénestornya –“la torre de Dénes”– por su pariente el gobernador Dénes Bánffy, y la figura del abuelo se inspira en la verdadera del autor, un antepasado que donó toda su fortuna para construirse un refugio en medio del bosque y vivir como ermitaño.
Realidad histórica y aparente ficción, por tanto, se dan la mano en una serie novelesca con la que Bánffy pretendía retratar la Hungría de preguerra y el declive de una nación que, desde su mirada, hubo de producirse por culpa de la aristocracia dominante a la que el propio escritor pertenecía y a los errores de una clase política de la que también formó parte. Aunque la obra abarca la década entre 1904 y 1914, el mismo ambiente convulso, premonitorio de nuevas luchas, reinaba en el periodo (1934-1940) en que se publicó la trilogía; tal vez, Bánffy buscaba con ella redimir, desde la perspectiva del tiempo transcurrido, el sufrimiento que le produjo no poder atenuar, como ministro húngaro de Asuntos Exteriores tras el fin de la Gran Guerra, los efectos del humillante Tratado que supuso la desmembración de su patria. Retirado seguidamente de la política, su labor se centraría en fomentar, a través de sus escritos y de diversas actividades culturales, la pervivencia de la lengua y tradición magiares en territorio rumano, como forma –quizá– de lograr sobreponerse a aquella dolorosa expatriación. El proceso de redacción por parte de Bánffy de la trilogía transilvana se debe así a un cierto sentimiento de remordimiento y de nostalgia por la “gran Hungría”, por Transilvania y por todo lo que los húngaros perdieron.
Para lograr reconstruir aquellas vicisitudes históricas y el ambiente que se respiraba en las postrimerías del Imperio habsbúrguico, sin dar lugar a un plúmbeo tratado político, Bánffy recurre al aparato novelesco que componen las vidas entrelazadas y los avatares económicos, sociales, familiares y sentimentales de los protagonistas de toda la serie, cuyo relato se retoma en
El reino dividido. Aunque la trama, conexa, no cobra todo su sentido sin haber leído sus precedentes y sin seguir la evolución de los personajes y sus relaciones, una serie desperdigada de
flash-backs y de alusiones históricas permite una lectura independiente de esta entrega. En ella, Abády, el personaje principal, verá resquebrajarse definitivamente sus proyectos tanto políticos como personales, pues, tras un inicial y esperanzador reencuentro con Adrienne, la posibilidad de un futuro estable junto a su amada parece alejarse ante el cuidado que precisa la única persona capaz de separarlos, la hija de esta última, Klémi; mientras que sus intentos por establecer cooperativas agrarias se enfrentan a los recelos entre etnias y a la enemiga de los viejos terratenientes. Paralelamente, el declive de su disoluto primo Lászlo Gyeröffy es cada vez más evidente, arruinado por el alcohol y los recuerdos de su pasado. Como un símbolo del final de una época, su anciana madre, enferma, muere mientras contempla orgullosa su yeguada; al tiempo que la política húngara, en pugna con la soberanía vienesa, lastrada por el autoritarismo, la obstrucción parlamentaria y las luchas partidistas se sitúa al borde del colapso y, a nivel internacional, la inestable situación en los Balcanes, la febril actividad armamentística y las propagandas nacionalistas presagian el estallido inminente de la Primera Guerra Mundial.
Con todos estos mimbres, Banffy compondrá un complejo rompecabezas del estado físico y espiritual (moral y ético) de la sociedad austrohúngara a comienzos del XX, escrito –como señala