Francisco Jose Llera Ramo | Domingo 13 de marzo de 2011
No se si el nacionalismo vasco se acabará convirtiendo en estatua de sal de tanto mirar hacia atrás, aunque, de alguna manera, eso y no otra cosa es su parálisis ideológica, anclada en la visión más etnicista del aranismo. Pero, lo que si parece es que está muy nervioso con cómo se pueda escribir la historia vasca y, sobre todo, su propia historia, a partir de este momento.
Es sintomático que, por un lado, el PNV muestre su hondo malestar y preocupación, al reprocharle al Gobierno socialista vasco que esté “obsesionado en reescribir la historia”, simplemente, por unas declaraciones de la portavoz Mendía sobre la, evidente y bien documentada, concepción patrimonial del país y de lo vasco, incluida su historia, por parte de los jeltzales. Pero, por otro, el aparato ideológico del magma de la izquierda abertzale ilegalizada ha lanzado la Fundación Euskal Memoria, bajo el lema de “recordar es vencer” para hacer frente a la “falsificación constante de Euskal Herria” como “pueblo negado y oprimido”.
Uno y otro nacionalismo beben de la misma fuente fundamentalista sabiniana y comparten una idea etnicista y excluyente de lo vasco, más o menos descarada o sutil y vergonzante. Llama la atención que, habiendo sido ellos, precisamente, grandes fabuladores de historias para “creer” y justificar las estrategias de limpieza étnico-ideológica, se rasguen las vestiduras porque alguien, en pleno ejercicio de sus derechos cívicos y de sentido común, se revele contra el pensamiento único y obligatorio que la hegemonía del nacionalismo ha tratado de imponer en el último medio siglo de palo y zanahoria. Solo hace falta recuperar la parábola arzalluziana de “el nogal y las nueces” para percatarse de la estrategia compartida que hay detrás. Lo decía Ibarretxe, el empecinado, sin ruborizarse: “ lo único que nos diferencia son los medios”. Se ve que le parecían circunstanciales o un asunto menor, sin percatarse que unos medios tan perversos y destructivos, como los del terrorismo identitario, corrompen absolutamente los propios fines y hasta la misma identidad, que predican defender y compartir. Por todas esas razones, firmaron el ignominioso e indecente, por antidemocrático y amoral, pacto de Lizarra, del que todavía está por ver que alguien haya abjurado o se haya arrepentido.
Parece que el nacionalismo prefiere su verdad impuesta y fabulada a la verdad histórica compartida. Como si no se fiara de la sociedad vasca o, al menos, de la tentación secular que anida en la mayoría de ésta. En efecto, la sociedad vasca vive sometida a una suerte de religión civil impuesta por la fabulación nacionalista, de uno y otro signo, de la que necesita secularizarse y liberarse para poder acercarse al ideal democrático. Pero, el nacionalismo no va a renunciar motu proprio a los fundamentos de una hegemonía ideológica, simbólica y discursiva que tan buenos réditos le ha venido dando, sobre todo, para eliminar competidores, que le garantice el control omnímodo de instituciones y recursos. Los unos cuestionando la pertenencia comunitaria de actores sociales y políticos, previamente expulsados de su universo simbólico, los otros, simplemente, eliminándolos físicamente o amedrentándolos. Unos y otros, buscando la inmersión de sus “otros” étnicos en la “espiral del silencio”, por un lado, y deslegitimando o instrumentalizando “patrióticamente” todas las instituciones de la democracia.
Si queremos recuperar la ciudadanía democrática en el País Vasco, como paso previo a la verdadera “normalización” política, es imprescindible acabar con la dramatización de lo vasco fabulada por el fundamentalismo nacionalista. En sus principios ha estado desde hace un siglo la semilla de la violencia, que unos han plantado y regado y otros, dicen que más consecuentes, han hecho florecer de forma “guerrera”. De esas fábulas de adoctrinamiento a fuerza de repetición e imposición, viene el inmenso drama humano y social posterior. Lo más grave es que todo ha sido demasiado simple y gratuito, por asimétrico. Ahora, nos toca a todos, en efecto, reescribir la historia, si de verdad queremos un futuro democrático y plural. Sin verdad, arrepentimiento y justicia con respecto a los errores del pasado y sobre el pasado, es decir, sin desradicalización identitaria, no se podrá alcanzar la reconciliación, que supone el mutuo reconocimiento del derecho igualitario de pertenencia a la misma ciudadanía democrática de unos y otros. Esa es la única nación democrática posible y viable.
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