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¿Es Gadafi el nuevo Saddam?

TRIBUNA

Lunes 14 de marzo de 2011
La esperanza suscitada por la salida apenas traumática de Mubarak en Egipto y Ben Ali en Túnez había hecho concebir ilusiones sobre la generalización del modelo para el resto de los países árabes e islámicos, en el Norte de África o en el Oriente Medio, en trance de ebullición pre democrática. Gadafi ha roto el guión. Las estructuras institucionales existentes en Egipto y en Túnez han permitido canalizar las reivindicaciones populares en un contexto de neutralidad, cuando no abierta simpatía, militar y la noción del estado y su permanencia ha primado sobre los intereses particulares de los autócratas.

Los acontecimientos en Libia nos demuestran hasta la saciedad, por si no hubiera habido ocasión de saberlo con anterioridad, que en Libia no existe ninguna diferencia entre el estado y Gadafi. Cual si se tratara de una reencarnación norteafricana del rey francés, el estado es Gadafi y Libia no tiene otras estructuras que las que derivan directamente de sus gustos, caprichos y necesidades.Sobre el entramado de fidelidades tribales y personales y beneficiándose en exclusiva de las masivas rentas petrolíferas del país en interés propio, el coronel otrora revolucionario está dispuesto a mantener a sangre y fuego su apego al poder frente a una oposición tan motivada como desorganizada y carente de recursos. Mal que pese a todos los que imaginaron a una Libia diferente, encarrilada hacia formas más humanas y democráticas de convivencia nacional, la primera batalla de la guerra ha sido anotada en el haber del estrafalario personaje, abriendo un periodo de incertidumbre en lo que bien pudiera consolidarse como conflicto civil. En el que, no conviene engañarse, si no existen elementos que alteren significativamente la ecuación, Gadafi tiene todas las de ganar.

Por razones perfectamente comprensibles y previsibles la comunidad internacional –denominación imprecisa que suele incluir habitualmente a las Naciones Unidas, la OTAN, la UE y en este caso la Liga Árabe y la Unión Africana- ha mostrado una conspicua incapacidad dubitativa, de un lado paralizada por el horror ante lo que el paranoico líder pudiera perpretar y de otro no menos paralizada ante los costes y las consecuencias, reales o imaginadas, de una intervención militar que acabara de una vez por todas con los sueños sangrientos del asesino de Lockerbie. El sátrapa libio, canalla pero no tonto, ha sabido aprovechar el margen de indecisión para consolidar su poder frente a los insurrectos al tiempo que procura no ofrecer razones flagrantes de tipo humanitario –matanzas masivas e indiscriminadas de poblaciones civiles, por ejemplo- que pudieran desbloquear la voluntad de los indecisos frente a la intervención. Tiempo habrá para una silenciosa y sistemática represión cuando los focos de las televisiones se hayan apagado. Entre tanto se desvanecen a corto y a medio plazo las posibilidades de proceder con prontitud a un cambio de régimen. Entramos en una nueva y complicada fase.

El currículo del coronel no puede ser más siniestro. Señor de horca y cuchillo de un país más poblado por el petróleo que por humanos, aficionado temprano y entusiasta de las revoluciones tercermundistas, profesional del anti imperialismo, financiador sistemático del terrorismo, directamente responsable del atentado con bomba que en 1988, en Lockerbie, causó la catástrofe aérea que costó la vida a 270 personas y de otros no por menos sangrientos no menos perversos, aficionado al almacenaje y eventual utilización de las armas de destrucción masiva en sus múltiples variantes bacteriológicas, químicas y nucleares, solo ha demostrado entender el lenguaje de la fuerza. Ronald Reagan ordenó en abril de 1986 una incursión aérea que estuvo a punto de acabar con la vida del libio como respuesta al atentado terrorista de la discoteca La Belle en Berlín que pocas semanas antes se había saldado con tres muertos y centenares de heridos, muchos de entre ellos soldados americanos. De repente el libio pareció darse cuenta de lo que se le podía venir encima y moderó un tanto su retorica, aunque no sus criminales propósitos: la bomba en el vuelo 103 de la compañía PanAm abatido sobre la localidad escocesa de Lockerbie estaba muy cuidadosamente calculada para ocultar la autoría intelectual y física y solo un retraso en la partida del avión, un Boeing 747, permitió que, al caer en tierra, se pusieran encontrar los elementos de incriminación que conducían hasta la jaima del coronel.

Empezó ahí una larga pelea diplomática y legal que, tras incontables condenas, sanciones, embargos y negociaciones acabó con un reconocimiento implícito de la comisión del crimen y la fijación de las multimillonarias indemnizaciones a los familiares de los afectados. Pero el comienzo del final de la complicada trama solo tuvo lugar tras la invasión de Irak, en agosto de 2003, cuando el sanguinario libio comprendió que la próxima cabeza podía ser la suya y, siempre dispuesto al regate, se tornó en cordero cerrando los flecos de Lockerbie y anunciando a los americanos su disposición a ceder los elementos de los programas ya en marcha para la fabricación y despliegue de armas de destrucción masiva. De entre los que puso en manos de los expertos militares estadounidenses destaca el nuclear, cuya complejidad y grado de desarrollo dejó asombrados a los encargados de recibirlo y neutralizarlo. No existe constancia que todos los restantes elementos químicos y bacteriológicos hayan sido igualmente entregados, con la incertidumbre que ello supone. Y habría que esperar hasta el año 2008 para cerrar a satisfacción de las víctimas los detalles del complicado acuerdo. Sólo en ese momento el gobierno americano aceptó retirar a Libia de la lista de estados que patrocinan el terrorismo mantenida por el Departamento de Estado y tanto Washington como otras capitales occidentales –Paris en particular- se apresuraron a cantar las excelencias de la vuelta al redil de la oveja descarriada y a patrocinar la aceptación internacional del hasta entonces aislado y repudiado coronel de las ralas barbas y torva mirada. Es en ese contexto en el que se produce la visita de Gadafi a Madrid en el año 2007 tras haber recibido la visita de José María Aznar a Trípoli en el año 2003. Como en otros lugares, fue recibido con la parafernalia debida a un jefe de estado, aunque su conducta no fuera la habitualmente seguida por sus colegas: plantó su jaima en los jardines de El Pardo, menospreciando los aposentos oficiales que le ofrecían sus anfitriones, el Rey y el Presidente del Gobierno de España José Luís Rodríguez Zapatero. Hoy ya conocemos la corta distancia del supuesto arrepentimiento del coronel y la falacia sobre la que estaba sostenido. Todo valía para el mantenimiento de su poder feudal y el inicio de la rebelión ha servido para devolverle al lugar de que en realidad nunca salió: la represión iluminada de un oportunista que en cuatro décadas solo ha trabajado en su propio beneficio, ampliado a esos fantoches playboys de sus retoños, hasta hace poco jaleados por la set internacional –ay Davos, Davos, dónde te metiste- como las jóvenes luminarias reformistas del siglo XXI.

Caído el tinglado de la antigua farsa volvemos al complicado principio: un dictador aislado, no escaso de recursos, sin prejuicios morales ni otra finalidad que la de permanecer en el poder y, como en el pasado, dispuesto a utilizar todos los medios a su alcance para conseguirlo. Al mismo tiempo, consciente de que las tibias respuestas que la comunidad internacional ofrece a su osadía le permiten un amplio margen de maniobra en el que comprar voluntades, dividir a los adversarios, volver a los queridos esquemas de la aguerra asimétrica –léase el terrorismo- y eventualmente retomar los proyectos para reconstruir armas letales que bien pudieran servir para el exterminio de enemigos interiores y exteriores o simplemente para sembrar la inestabilidad entre los vecinos. En definitiva, un nuevo Saddam Hussein.

Como con aquel ocurrió, caerán sobre él condenas internacionales, sanciones, aislamientos diplomáticos, desprecios y ludibrios. Pero como con aquel también ocurrió, tiene la oportunidad de prolongar su ya vida larga de fechorías mientras amenaza con las armas que tiene a su disposición: la renta petrolífera, la regulación de los flujos migratorios entre África y Europa, la posibilidad de seguir enviando unidades terroristas de eficacia segura y mortífera, la compra de voluntades mercenarias. Nadie le podrá garantizar que muera en la cama, Pocos se atreverán a predecir el límite de su supervivencia. Bien pudiéramos tener Gadafi para un cierto e incómodo rato.

En esta ocasión europeos y americanos han rivalizado en la dureza de los propósitos y en la timidez de las decisiones. Convertidos todos en practicantes decididos de la real politik han perdido cualquier ocasión temprana para realizar lo único que importaba, el derrocamiento de Gadafi, entrando con ello en una dinámica imprevisible y retorcida. Afirmar que la posibilidad de una intervención militar quedaba supeditada al beneplácito previo de la Liga Árabe y del Consejo de Seguridad encierra tanta buena voluntad legalista como la manifiesta intención de no hacer nada, dada la metafísica imposibilidad de que esos dos órganos en conjunto –ya hubiera sido difícil obtenerlo por separado- se pongan de acuerdo para adoptar una directriz en tal sentido. Lo cual, dicho sea de paso, no es necesariamente una crítica a los que se ven enfrentados con la adopción de decisiones en momentos y temas tan complicados, sino simplemente la constatación de las limitaciones e insuficiencias con que la institucionalidad internacional se mueve cuando se trata de decidir sobre la vida y las haciendas de centenares de miles de ciudadanos. Es imposible no traer a colación la memoria de Ruanda, o de Srebrenica, o de Bosnia, o de Kosovo cuando se contempla la situación actual en Libia. Así estamos.

El anuncio por parte de la Unión Europea del reconocimiento de los insurrectos de Bengasi plantea muchos más interrogantes de los que resuelve. ¿Reconocimiento como legítimo gobierno de Libia, reconocimiento como beligerante? ¿Qué ocurrirá si Gadafi, lo cual no es de descartar, acaba también con los focos rebeldes en la zona? ¿Acudirán las tropas europeas en defensa del gobierno reconocido, declarará la UE la guerra a Gadafi, se contentarán los europeos con nuevas condenas? Y suponiendo que la insurrección se consolide, y Gadafi mantenga su presencia en torno a Trípoli, ¿apoyaría la UE la división del territorio y la constitución de una Republica Cirenaica independiente, por llamarla de alguna manera? Mas allá del efecto politico evidentemente buscado por el reconocimiento, ¿consta a la UE que los reconocidos tienen, tal como predica el derecho internacional en estos casos, capacidad suficiente para asegurar orden y un modicum de prosperidad en las fronteras que se supone son las suyas o por el contrario quedarán a la merced de sus patrocinadores extranjeros para subsistir y eventualmente continuar con la pendencia anti Gadafi? Necesario es confesar el estupor con que almas habitualmente rectas y bien entrenadas han recibido el anuncio europeo, mezcla de lo que Camus llamaría buena voluntad sin clarividencia y una vergonzante aunque inconfesada declaración de impotencia. ¿Eso es todo lo que pueden producir Cameron y Sarkozy, con la inapreciable ayuda de la baronesa Alston, cuando ponen sus meninges al unísono?

Imaginemos este escenario: han transcurrido los años. Gadafi se ha consolidado en el poder. Sobre él, su familia y su régimen caen condena tras condena, sanción tras sanción, pero las rentas petrolíferas le proporcionan medios suficientes para subsistir, pagar a sus mesnadas, enviar comandos terroristas al exterior y comprar acá y allá voluntades propias y ajenas de manera que rusos, chinos, franceses y no pocos africanos, amén de algún que otro árabe, impiden que el Consejo de Seguridad adopte cualquier medida contundente contra su permanencia en el poder. Al mismo tiempo el astuto y exótico coronel ha reanudado los contactos que otrora mantuviera con las mafias internacionales dedicadas a la producción y venta de armas de destrucción masiva en países como Corea del Norte, Irán y Pakistán, reconstruyendo gran parte de los programas que en su momento se vio obligado a destruir o a entregar. Los Estados Unidos, donde la administración Obama se ha debatido entre el ensueño y la inacción durante el primer mandato, ve la llegada del final del octanato con creciente aprensión ante los riesgos más que evidentes que Gadafi ha vuelto a encarnar. Perdida inicialmente la ocasión de implantar unas zonas de exclusión aérea y limitadas las acciones multilaterales de fuerza a la nada –el Consejo de Seguridad se ha negado varias veces a considerarlas- Washington estima grave la evolución de un régimen cuyo progresivo asentamiento afecta ya directamente a los intereses de America y de sus aliados en todo el mundo y siembra toneladas de aprensión y rabia entre los vecinos árabes, apenas salidos de la trabajosa transición hacia formas democráticas. Varias instalaciones militares americanas en Italia han sufrido ataques terroristas que, aun sin producir graves daños materiales o humanos, han redoblado el sentimiento de inseguridad ante los embates que, según todos los indicios, tienen su origen en Trípoli. En la isla de Lampedusa se amontonan centenares de emigrantes subsaharianos que obviamente han transitado por Libia antes de recalar en territorio italiano. Gadafi no deja de anunciar su voluntad y su capacidad para dotarse de armamento nuclear y ha utilizado en varias ocasiones armas químicas para acabar con los pocos focos de resistencia que todavía quedaban de las revueltas del 2011. En las últimas semanas de noviembre del año 2015 el Presidente Obama, tras informar de sus propósitos a la Secretaria de Estado Clinton y al Secretario de Defensa Kerry, convoca al Jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, General Petraeus para solicitarle formalmente la elaboración de los planes de invasión de Libia que debería comenzar a mas tardar en el mes de febrero de 2016. Petraeus asiente y solo le dirige al Presidente una pregunta:” ¿Solos o acompañados?”. “Solos, eventualmente con los británicos”. “¿Y el Consejo de Seguridad”, inquiere el general. Obama le contesta con una mirada en la que se lee todo sin necesidad de articular palabra.”Traeré los planes dentro de cuatro días, en realidad ya están prácticamente acabados”, dice Petraeus antes de cuadrarse y abandonar la Sala de Control de la Casa Blanca.

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