José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 14 de marzo de 2011
Las pesarosas vicisitudes de una tesis de doctorado sobre las Órdenes Militares en La Mancha, singular por la cifra y calidad de sus tres mil páginas, incitan al cronista a desatracar una vez más su navecilla periodística. Más que la incursión de un simple y modesto bajel se necesitaría, en verdad, toda una cruzada quijotesca para comenzar a deshacer algunos de los muchos entuertos cometidos en el terreno más sagrado de la antigua Alma Mater por malandrines y furtivos. La escasa productividad que fragiliza hasta límites alarmantes las estructuras de la economía nacional, llega de ordinario a fronteras inimaginables en las tesis doctorales de nuestras Facultades humanísticas.
Con las lógicas excepciones, durante los últimos decenios los trabajos de dicha índole juzgados y aprobados en ellas han ofrecido una tónica muy grisácea cuando no francamente mediocre. Por causas diversas, entre las que quizá quepa destacar la ausencia de rigor de la formación recibida en las enseñanzas de las respectivas asignaturas (-orfandad que, a su vez, puede explicarse por otros motivos, de los que no se hallan distantes los políticos-), las disciplinas cursadas en la licenciatura no respondieron de ordinario a un canon de exigencia mínima por un profesorado, en conjunto, apático y carente por lo común de respaldo y aliento social e institucional. Embarcados con tal impedimenta en la excitante al tiempo que ardua empresa doctoral, los investigadores no alcanzaron en la mayoría de los casos objetivos condignos a la trascendencia de la labor de más alto rango de la existencia universitaria. Pese, en múltiples ocasiones, al loable esfuerzo desplegado por los directores de tesis, éste sirvió para reparar y ocultar las deficiencias más ostensibles del estudio de sus doctorandos, cuya responsabilidad en la ejecución de su tarea no pudieron, en último extremo, obviamente, sustituir.
La cosecha así entrojada a lo largo de más de un tercio de siglo en los centros humanísticos públicos y privados hubo de ser así a fortiori harto liviana respecto a las aportaciones en materia jurídica, sociológica, filológica o historiográfica. El rendimiento global del mundo académico en su más relevante estadio no ha guardado relación con la esperanza y contribución económica de la ciudadanía. Es lo cierto que en otros países occidentales el panorama no ha sido muy diferente. El reciente y pintoresco ejemplo del rutilante y mediático ministro de Defensa germano, descendiente nada menos que del inventor de la imprenta, al deturpar por entero el texto de una tesis defendida en una prestigiosa Universidad de su patria, muestra que la picaresca más rampante ha traspasado incluso los recintos del Alma Mater humboldtiana. Mas ello no hace de lenitivo para los males propios. Sin acudir al fácil expediente de una carencia de medios que no es tal en las Facultades de Humanidades bien y pulcramente gestionadas, se hace de todo punto indispensable, como en los días del regeneracionismo finisecular, una nueva Moral de la Ciencia, siquiera fuese a modo de instrumento para acceder a un estadio cívico que imponga a las fuerzas políticas un pacto en pro de una educación sentida por gobernantes y gobernados como palanca básica e irremplazable en orden al crecimiento en todas las esferas del país.
En el desarrollo de las sociedades contemporáneas no suele haber compartimentos estancos. Sin embargo, en ocasiones, en el planeta de la cultura pueden detectarse salvedades. Por desgracia, en la España actual no se cuentan. (A causa de ello, ¿se permitirá al articulista romper una entusiasta lanza en pro de la publicación –bien que algo recortada…- de la tesis doctoral de la Sra. Dª Raquel Torres, a cargo de alguna institución pública o privada? Vale, como dicen ahora los niños y en la España medieval y moderna jóvenes y ancianos).
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