José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 18 de marzo de 2011
Satis in nemis. Con un saber acendrado tanto por el paso del tiempo como por la penetración en el hondón del espíritu humano, los romanos aconsejaban como norma de conducta individual y colectiva la ausencia de exceso en toda actividad pública y privada. El liberalismo es, desde luego, uno de los más acertados códigos de convivencia social y ordenamiento estatal. La crítica inmisericorde de muchos de sus denostadores actuales no invalida sus incontables aportaciones al desarrollo de la civilización occidental –hegemónica en la edad moderna y contemporánea- ni las múltiples virtualidades que aún contiene para su progreso. En la España hodierna, la arriscada descalificación que de sus principios llevan a cabo los defensores de un igualitarismo descomedido, no hace más, en último término, que realzar su trascendencia como bastión de la libertad y autonomía individuales.
Pero, claro es, su elogio e, incluso, parcialmente, su apología, no puede entrañar el refrendo de las posiciones de los más ardidos cantores a propósito, unamunianamente, de esto y de aquello. Por ejemplo, el sañudo ataque que dirigiese al gobierno zapaterista no ha mucho tiempo atrás un muy cualificado dirigente del PP respecto de las medidas de ahorro adoptadas en materia energética no la suscribiría ningún seguidor de Tocqueville o Stuart Mill y aun del mismo Popper. No atenta a ningún elemento esencial del Estado de derecho la regulación del tráfico viario en orden a disminuir el consumo de gasolina. Acertada o errónea, la medida entra en la órbita de un Poder Ejecutivo que afrontará en su día la sanción negativa o positiva del cuerpo electoral. Invocar a troche y moche las esencias de la cosmovisión liberal –como las de cualquier otra- desemboca, ineluctablemente, en una desmesura muy proclive al ridículo.
Gobernar es prever, afirmaban con sobrado fundamento algunos teóricos de la escuela doctrinaria. Quizá los cálculos de eficiencia y ahorro del presidente Rodríguez Zapatero y sus ministros de re económica se muestren fallidos o tal vez no. En el hinc et nunc de nuestro país, sus iniciativas en la materia no son, globalmente, descabelladas ni fantasiosas; en el peor de los supuestos, impelen a una austeridad beneficiosa para familiarizar a generaciones hiper-consumistas con el advenimiento de una época en la que la compulsión consumidora pertenecerá al pasado. Ni al optimista más acreditado se le oculta que el primer mundo se adentra ahora en un proceso que cambiará no pocas bases sobre las que se alzó un predominio cada vez más eclipsado.
Por roderas menos escabrosas y más sencillo análisis acaso quepa una llamada de atención a los que utilizan o proclaman las ideas y tesis liberales –denominadas en el presente, indebida y un punto maliciosamente por sus adversarios, neoliberales- como enseña de cruzadas propagandísticas o tareas de coturno acusadamente banderizo. El credo de Hayeck y de I. Berlin no cubre toda la mercancía. Por cuantiosa que sea la doctrina liberal que irrigue las plántulas de la cultura política y social nunca será demasiada. Banalizarla o desnaturalizarla entorpece y atasca la marcha de las gentes hacia horizontes de adultez y solidaridad.
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