Opinión

España en Lethal Crisis

José Antonio Ruiz | Viernes 18 de marzo de 2011
Si la España cansina de los tópicos -es un imaginar-, se sometiera a un chequeo que incluyera un tacto rectal sin anestesia, una analítica del Rh patrio, una radiografía de la descogorciada geografía político-corporal del solar ibérico, una resonancia magnético-nuclear de las terminaciones neuronales de los “dantes” (gobernantes), y un escáner del código de barras del pensamiento de los “tomantes” (gobernados)…, a más de un intelectualoide pedante, de esos que acostumbran a cogérsela con las pinzas de depilar porque agarrársela con la manopla es de ordinarios, le daría un jamacuco irreversible al constatar que la corrala que asiste indiferente al ocaso de Zapatero ya no es la devota sacristaneja de charanga y pandereta, la del Frascuelo machadiano, la misma que corría, errante, la sombra de Caín.

La de hoy es la España de Torrente, José Mota y Chiquito de la Calzada, que ha recogido el testigo del Landismo, el Ozorismo, el Leblanismo, el Estesismo y el Pajarismo, y ha subido a bordo del Arca de Noé al animalario de la fauna y flora contemporánea de frikis que pueblan el zoológico catódico del cine cutre de barrio tan elocuentemente descriptivo de estos tiempos convulsos e inanes en los que vivimos inmersos.

La retrógrada España cañí del pasodoble del maestro Marquina es pura vanguardia comparada con el grotesco país de porteras en el que se ha convertido la España torda de los cameos del excelso Paquirrín, que dudo mucho que alguien le ofrezca otro papel tan a la medida de su inabarcable universo de conocimiento; es la España a rulos, irremediable e irresoluble, de la Princesa del pueblo, que a mecha puesta está inmensa hasta para aquellos que le tienen tirria, pues se dan el sádico placer de verla caer por el hueco de la escalera.

De mi voluptuosa vecina María Lapiedra, siempre estelar de ubres para arriba, mejor me reservo la opinión, porque los días que coincido con ella en el ascensor me suben los calores del infierno hasta las mismísimas meninges y mucho me temo que en una de estas me va a dar un síncope que acabará privándome del indescriptible placer de vivir, como García Márquez, para contarla, y de disfrutar de un farde inenarrable como el que se dio el maestro Luis Miguel Dominguín a cuenta de la corrida con Ava Gardner. Calderón de la Barca, La vida es sueño. Pobre Segismundo, pecador de la pradera, condemor, torito bravo.

«El país se ha ido a la mierda; ahora los maricones se casan; y hasta en la Casa Blanca han puesto a un negro, y no para limpiar. Ya ves, Fary, cómo han cambiado los tiempos desde que tu apatrullabas la ciudad».

Sí, ya sé que no es muy constructivo arrancar una película con semejante encadenamiento de barbaridades salidas de la boca sarrosa de un ex policía de ficción de estética imposible, grosero, casposo, zafio, vulgar, cochino, repugnante, racista, misógino, facha, soez, macarra, pedorro, grasiento y putero cascabelero…, haciendo una confidencia tan metafísica ante la tumba de El Fary en el inquietante decorado del madrileño cementerio de La Almudena.

Claro que ya puestos en la tesitura extrema de tener que elegir entre cañones y mantequilla, preferiría a un marrano que huele a sudor de establo a un tiquismiquis políticamente correcto de esos que van disfrazados de lagarterana, empeñados como parecen estar en representar personajes fingidos pero supuestamente lustrosos a los ciegos ojos de los demás, tuertos de hipocresía y cinismo.

Como no soy sociólogo de cabecera, desconozco si la gente que está acudiendo en procesión a las salas de cine a ver el desparrame de Santiago Segura lo hace para ahorrarse la terapia del psicoanalista o la factura del psiquiatra. Pero si en esta España en Lethal Crisis eso le sirve para olvidar durante hora y media los sinsabores de esta vida que a veces no es vida, ¡bien empleados sean los ocho euros de la entrada!

Y el escrupuloso y remilgado que se sienta herido en su frágil sensibilidad tan a flor de piel, que se agencie una peli de Ingmar Bergman en el video-club de la frecuentada esquina de Gran Vía con Montera, o vaya a pasar la tarde a un cine fórum de Vallecas. Y lo digo yo, que en mis años mozos, de erudito iconoclasta, siendo estudiante de cine y de teatro, iba como tantos modernos impostados de mi generación, de divino de la muerte, o sea, de so gilipollas, ejerciendo la ontología hermenéutica del Séptimo Arte.

¿Cine para tontos, o para descerebrados? Es muy probable que haya sido concebido pensando en enganchar por la solapa a ambas dos tribus urbanas; como probable es que en alguna secuencia se le haya ido la mano al de Carabanchel, aunque nadie que haya comprado el ticket se puede sentir engañado, pues sabe de sobra a lo que va. Además, en el ánimo de la cinta no parece que haya otra concesión que no sea al entretenimiento y al cachondeo. De manera que siendo esto así, ¿No se supone que lo que tiene que hacer cualquier manifestación artística es incitar las emociones, aunque sean las más bajas?

¿Es un termómetro de la ordinariez, o una muestra irrefutable de la necesidad de reír y evadirse que tiene la gente en este mundo tan deprimente que se mueve al compás de las sacudidas telúricas de la corteza terráquea?

A nadie en pleno uso de sus facultades intelectivas se le ocurriría buscar el tarro de las esencias patrias en las películas de culto que tanto excitan a los culturetas que se jactan de estar hasta el moño de las ordinarieces ibéricas. Pero doy por hecho que hasta Punset suscribiría que el día que nos riamos de nosotros mismos, sin más pajas mentales ni segundas lecturas, este país incoloro, inodoro e insípido por decisión unilateral de los prebostes que lo desgobiernan y de la muchedumbre anónima de esclavos que se deja sodomizar…, dejará de estar enfermo.

TEMAS RELACIONADOS: