José Eugenio Soriano García | Miércoles 23 de marzo de 2011
En unas declaraciones muy enérgicas en “La Vanguardia”, Durán i Lleida, un importante político no solo en Cataluña sino también en el resto de España, con términos muy claros y de advertencia, exige un “Pacto Fiscal” para Cataluña. Esto es, digámoslo claro, un sistema de “Concierto” como el que hoy tiene el País Vasco y Navarra. Y realiza una exhortación a toda la sociedad catalana, “desde entidades financieras hasta Omnium cultural (el centro de pensamiento nacionalista)” para animar esa reivindicación e imponerla. Advierte, con amonestación previa incluida, que en la próxima discusión presupuestaria, la imposición del pacto fiscal, será el precio que pagará el Gobierno Central del Presidente Zapatero; esto es, podría ocurrir que antes de agotar la legislatura, se entrara en este debate, en términos que hicieran irreversible luego la situación.
Ni que decir tiene que la idea de concierto, desde que Cánovas la aceptó en el artículo 3º de la Ley de 21 de julio de 1876, responde en lo esencial a la idea de privilegio (privi legis, esto es, ley privada o particular). El General Franco, mantuvo intacto el Concierto con Navarra y Álava, ya desde 1937, en agradecimiento a su “contribución a la causa”, Provincias que le tributaron el más impresionante de los recibimientos y que le nombraron “Padre” de la Provincia cuando Franco visitó Vitoria en 1964 precisamente en reconocimiento del que “el caudillo había hecho de su singularidad fiscal”.
Con la técnica del “concierto “se trata de lograr romper la uniformidad en la exigencia de tributos directos mucho más allá de lo que ya está singularizada y especializada actualmente. Y siempre con ideas de asimetría, de forma que el “territorio común” pague mucho más, quede cautivo de la producción de bienes “forales” y finalmente nutra financieramente cualesquiera despilfarros o gastos exorbitados, colosalistas o desorbitados. Todo se puede hacer, porque en origen una norma financiera, luego el Concierto acaba impregnando la totalidad de la aplicación de las competencias, más allá de lo que inicialmente se pudiera sospechar. Cualquier extravagancia o hipérbole política o administrativa, puede realizarse impunemente.
En la propia literatura nacionalista vasca existen múltiples referencias a que tal régimen especial resulta absolutamente inédito en la actualidad federal comparada. Es una extravagancia. E incluso, cuando hoy la presión fiscal “foral” comienza a ser semejante, y eventualmente superior algún ejercicio al resto del territorio, la razón de dicho aumento se encuentra en políticas de gasto absolutamente inusitadas y que alimentan de continuo las exigencias y incongruencias nacionalistas de todo tipo, sea en el ámbito cultural, lingüístico, simbólico, en fin, en gastos que constituyen una espiral sin fin. Gasto público descontrolado y concierto son conceptos que se retroalimentan, ya que al no haber ningún “tercero” (apud, el Estado) que fiscalice, la técnica de autocontrol da de sí lo que puede dar: nadie se ahorca a sí mismo y por tanto nadie se vigila a sí mismo. La técnica del concierto reposa también en que es la propia Hacienda foral o autonómica la que se vigila a sí misma. No deja de ser curioso que en tantos años de Concierto, los Inspectores de las Haciendas Forales nunca hayan descubierto ningún tipo de fraude masivo ni de corrupción; será, sin duda, porque en Euskadi (y sus tres Haciendas Forales) y en Navarra, todos los contribuyentes son “justos y benéficos” y todos los políticos honrados y rigurosos (quedando ya muy lejanos los iniciales balbuceos de lanzamiento del foralismo en la etapa constitucional, donde todavía se podía controlar algo de lo que hacían tales políticos y, efectivamente, saltaron algunos escándalos por ejemplo en Navarra). Será por eso tanto oasis, o, quizás, porque el nivel de opacidad fiscal es tal que no hay forma de saber qué ocurre exactamente ahí.
Volvamos al Pacto Fiscal en Cataluña. Es evidente que un Gobierno débil que no tenga preparada la prórroga de sus Presupuestos del año anterior en caso de desacuerdo parlamentario para aprobar la Ley de Presupuestos, será preso de toda clase de chantajes y presiones para conseguir la anhelada autorización de gastos e ingresos. Por eso, solamente Gobiernos con ideas claras pueden resistir tales presiones. Pero pedir en nuestros días claridad y fortaleza a los políticos es algo que solamente puede soñarse. No tengo dudas de que la debilidad y levedad de los Gobiernos centrales permitirá el oportunismo de los grupos minoritarios y que impondrán su pacto singular.
Con ello, queda solamente Madrid para redistribuir la renta del Estado, porque Cataluña seguirá la senda del País Vasco, que realmente no contribuye prácticamente a las arcas comunes ( y hay años que habría que analizar si efectivamente el cupo ha sido efectivamente abonado en su integridad, ya que en manos de la clase política, una presión concreta puede convertirse de inmediato en una técnica de “compensación” de la contribución, dando como resultado el que de hecho apenas se aporte nada y se acuda, en su caso, a la consideración de “donativos” – en línea directa de la Monarquía Medieval -como de hecho ya ha sucedido en la historia del Concierto, cuando se ha exigido algún gasto extraordinario).
Desaparecida la integración de Cataluña en la Hacienda común, pues, Madrid en solitario sería la única Autonomía que, seriamente, pudiera cargar, como los antiguos “pecheros castellanos” con todas las cargas (los “pechos” en la historia fiscal). Una vez desaparecida la Hacienda común, hoy quedaría la capital del Reino (sin Ley de reconocimiento de lo que significa) como única fuente de redistribución fiscal y por ende de solidaridad entre todas las distintas Autonomías.
Dicho claramente: sólo Madrid sostendrá a Extremadura, Andalucía, etc. Y la lógica perversa de la insolidaridad fiscal es que cada palo aguante su vela y que si yo produzco y creo riqueza, pongamos en Madrid o en Cataluña, me olvide del resto. Que Extremadura se hunda es algo que está en el horizonte de la foralidad fiscal. Por eso resulta inconcebible que los diputados extremeños o andaluces partidarios del Gobierno hayan votado alegremente y sin resistencia alguna, determinadas normas que suponen reconocimiento de la singularidad fiscal frente a las exigencias de normalización (como sucede también en otros países, donde la especialidad territorial nunca se ha hecho a título de ley privada).
Pero Madrid sólo no puede sostener entera las exigencias de la solidaridad. Aún más, si existe un Pacto Fiscal para Cataluña, la cuestión que hay que plantear frontalmente en Madrid es si también debemos exigir dicho Pacto para Madrid. Porque no quepa duda: en esta época de las Autonomías, cuando complacientemente algunos nacionalistas periféricos vaticinaban que Madrid se hundiría ya que era solo una capital de funcionarios y burócratas, se han llevado la sorpresa de que tiene un PIB superior a prácticamente el resto de las regiones.
Madrid con Pacto Fiscal supone el despegue definitivo de una Autonomía en términos que desde luego solamente se pueden imaginar. Ya que si efectivamente, la riqueza que se genera en Madrid se reinvierte en Madrid y luego damos una propina a la Administración Central (lo que quede raquíticamente de ella) la que se hunde es Extremadura, que quedará como finca de caza para los madrileños, y Andalucía, lugar de ocio permanente a disfrutar también por los de la capital. Pero Madrid, si sigue la estela político – financiera que aventura hoy Cataluña, despegará hasta extremos que harán muy seria competencia a los nuevos foralistas fiscales de todas las Autonomías (precisamente, por eso, se opondrían con todas sus fuerzas a que también Madrid jugara en esa liga de primera división fiscal).
Esta situación, hoy inimaginable, mañana puede estar encima de la mesa. Madrid no puede soportar sola todo el sistema que la abulia y levedad de los políticos al uso han hecho de un sistema fiscal que hoy no es tal. A golpe de negociación a última hora se ha jugado con la racionalidad de todo el sistema y éste, naturalmente, se ha roto. Y más que se va a romper, ya definitivamente, con el Pacto Fiscal en Cataluña. Por eso, hay que reivindicar lo mismo, porque si realmente se juega a la insolidaridad, pues se juega ya, pero por todos, no solo por unos pocos.
Es responsabilidad de los políticos madrileños ir tomando nota de esta situación. Nadie la desea, pero si a la suma del anacronismo de la hacienda medieval que está en el fondo del Concierto foral vasco y navarro, sumamos ya el catalán, no se puede hablar de sistema fiscal, sino de un amontonamiento gárrulo, abigarrado e impenetrable de normas, que lo único que hacen es romper y compartimentar fiscalmente el territorio. Y a partir de tal estanqueidad fiscal, el resto de la estanqueidad, mercantil, comercial, civil, también se produce.
Por tanto, si el Gobierno central ha sido incapaz de hacer otra cosa que sobrevivir agónicamente todos los años a la presión nacionalista, corresponde a los políticos de Madrid exigir también ese mismo Pacto Fiscal. Viviremos espléndidamente, de lo nuestro y de lo que no tendrán los demás. Doble ganancia, pues.
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