Opinión

Adiós a los ojos violetas del cine

Alicia Huerta | Miércoles 23 de marzo de 2011
A estas horas, Elizabeth Taylor, recuperadas sus alas para aparcar en tierra esa silla de ruedas que parecía no poder seguirle el ritmo, debe haberse reencontrado ya con dos de sus mejores amigos, mitos de la escena también ellos, controvertidos y de vidas anómalas, igual que la actriz nacida en el bohemio y original barrio londinense de Hampstead en 1932. Ayer, la gran dama del cine dejaba de respirar en Los Ángeles, la ciudad a la que llegó siendo una niña con el sueño de convertirse en una gran estrella. En realidad, más que ella, ese sueño quien lo acariciaba cada día y cada noche, era su madre, una actriz retirada de Broadway, que se dedicaba a pasearla por todos los castings del mundillo cinematográfico, en una representación más del consabido relato de madres que sólo entienden serlo, cuando vuelcan en sus retoños, anhelos frustrados pero que continúan latiendo. Desde luego, méritos visibles no le faltaban a la cría, que ya apuntaba maneras y sorprendía a todos con esos increíbles ojos, capaces de expresar más que cualquiera de las frases escritas en un guión.

Seguro que los amigos que la esperaban allá arriba, Rock Hudson, por quien se convirtió en firme defensora de la causa de los enfermos de sida, y Michael Jackson, triste muchachito de quien no se separó durante los duros momentos en los que el cantante tuvo que lidiar con demandas y habladurías respecto a su peculiar relación con los niños, no pensaban que iban a verla tan pronto. Es cierto que ya tenía 79 años, que su salud nunca había sido fuerte, que arrastraba secuelas de adicciones pasadas y que los últimos dos meses los había pasado en la cama de un hospital, pero, aún así, todo el que la conocía sabía de su carácter luchador y de sus inagotables ganas de vivir. Porque, aparte de sus cincuenta películas, de sus prestigiosos premios, y de distinciones de tanto honor como la de Dama Comandante del Imperio Británico, a Elizabeth Taylor siempre se la ha conocido también por su turbulenta e intensa vida privada, con un balance de ocho matrimonios y sus correspondientes divorcios, no sé si en el debe o en el haber.

Ajena a castrantes convencionalismos, volcó su intensidad vital y emocional en algunos de sus papeles más recordados, como el de Maggie en “La gata sobre el tejado de zinc” o los de las protagonistas en “Una mujer marcada” y “¿Quién teme a Virginia Wolf?”. Por supuesto, en Cleopatra, espectacular superproducción rodada en Roma, con dirección de Joseph L. Mankiewicz, que, además de para hacerle ganar un millón de dólares de la época, le llegó para arrasar su corazón y encontrar en Marco Antonio la horma de su zapato. No ha habido en la historia del cine, ni tan siquiera en la historia rosa en general, una relación de amor más pasional, atormentada, seguramente también enfermiza, como la que la actriz vivió con Richard Burton. Ambos escandalizaron al mundo, siempre ávido de romances morbosos, y este sin duda lo era porque ambos estaban casados cuando empezaron a vivirlo, provocando que hasta El Vaticano se pronunciase al respecto. Dos veces se casaron para divorciarse otras tantas; y entre peleas, borracheras y desplantes con posteriores reconciliaciones y resacas, se rindieron al fatal destino del “ni contigo ni sin ti”.

Su extirpación del amor que sentía por Burton no fue, por supuesto, el final de su agitada vida; aún le esperaban más maridos, más películas y, sobre todo, muchas más causas nobles a las que apoyar. Así como tampoco ayer fue el final de la actriz, porque lo que más caracteriza al cine es precisamente la inmortalidad y, en ella, los ojos violetas de la actriz británica permanecerán abiertos para siempre.

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