Opinión

Oficina sobre raíles

Pepa Echanove | Jueves 24 de marzo de 2011
Estación central de Zürich. Hora 08:32. Tren ‘Intercity’ con destino a Ginebra-aeropuerto. Esa voz impersonal, sin rostro y al mismo tiempo tan familiar que sale por un altavoz invisible de la megafonía anuncia las próximas paradas: Berna, Freiburg, Lausanne, Ginebra y Ginebra-aeropuerto. Prácticamente todo el país en dos horas y media. No está mal; cualquiera prefiere meterse en un atasco a gastar gasolina, tiempo y nervios. Es un tren de dos pisos, largo a perderse de vista. Entro precipitademente en un vagón cualquiera, porque una vez se cierren las puertas a las 08:31, sé que aquí no entra ni el jefe de la guardia suiza con uniforme de gala, por mucho que le dé al botón. La noticia, lo raro, lo anecdótico sería que saliera con retraso. Mientras subo el escalón, la puerta automática se cierra resoplando a mis espaldas. Sin darme cuenta he entrado en una oficina. Perdón por interrumpir. Es una oficina más larga que ancha, con cómodos asientos dispuestos en filas dos a dos, unas zonas con mesas de despacho para cuatro empleados y un espacio en un ensanche, a modo de sala común, pensada para reuniones informales, ocio o incluso para quitarse los zapatos y estirar las piernas. Es la hora de máximo rendimiento.

Están todos los que son y son todos los que están. No cabría nadie más, ni en éste ni en los otros dos vagones-oficina con los que cuenta el ‘intercity’ matutino. Con la misma sorpresa descubro que los oficinistas pueden acceder a una elegante cafetería de empresa. Sobre mantel de hilo y con vajilla blanca reluciente, el trabajador-viajero a pesar suyo (no me atrevería a decir ‘el currante’) puede disfrutar del consabido desayuno continental: café o té y bollo. Estos hombres y mujeres van bien trajeados, calzados y peinados. Sus voces suenan alegres; casi excitadas, se diría, ciertamente por lo informal del entorno y por una sensación solidaria de confinamiento forzoso que se renovará entre las cinco y las seis de la tarde, hora punta. Las frases van flotando por el compartimento en tres o cuatro idiomas, o los que haga falta.

El personal multinacional está bien dotado en material informático de última generación, portátiles con batería de larga duración, teléfonos multiuso y otros ‘gadgets’ electrónicos están todos encendidos. No hay ni un minuto que perder. Los más avisados echan un vistazo por encima del hombro, como si tal cosa, a los datos del vecino, una forma rudimentaria y amena de espionaje industrial. Perderme por esta curiosa y ejemplar oficina locomotora merece la pena. No puedo evitar, tampoco, cierto orgullo. Fueron ordas enteras de trabajadores españoles, italianos y portugueses, principalmente, quienes participaron a la construcción intensiva de la red suiza de transportes durante los años cincuenta. Qué paradoja, pues, que nuestra cultura no haya incorporado todavía su utilización de una forma más democrática y sobretodo sin complejos. Mientras el tren sigue su ruta entre lagos y praderas, tractores y vacas al fondo, aquí se están negociando importantes contratos internacionales. Me imagino que unos se dedican a revisar los detalles de operaciones comerciales o financieras de gran envergadura, otros a promover acuerdos de colaboración científico-industrial que tendrán a medio plazo un impacto real en nuestro bienestar dentro de la sociedad de consumo que nos da de comer y de qué comprar. Todos los sectores de la economía moderna, el agro-alimentario, el financiero, el médico-farmacéutico, la maquinaria pesada, la nanotecnología y la informática de redes, están representados en esta sede multinacional sobre raíles. Pienso que no existe mejor sitio para trabajar, precisamente por su flexibilidad, por su diversidad y por su contribución a la reducción de emisiones nocivas para el medio-ambiente y al ahorro energético. Ya he encontrado mi butaquita de segunda clase, no menos confortable. A media mañana llego a Lausanne para visitar la exposición de la Fundación de l’Hermitage dedicada a la pintura modernista española (de Sorolla a Picasso, 1880-1918). En realidad todos llevamos, a nuestra manera, una oficina a cuestas.

Anuncian mi parada. Hasta otra, me tengo que bajar.

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