José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 25 de marzo de 2011
Partir es morir un poco, reza un penetrante y melancólico dicho del lenguaje cuotidiano. La pulsión del adiós, de cualquier adiós es siempre desgarradora. Los especialistas en biografías de gobernantes y estadistas y los conocedores de los entresijos de la vida política se muestran contestes en subrayar la insólita afección, la unión casi carnal del verdadero hombre público –también sucederá así con las mujeres auténticamente vocacionadas por el servicio a la colectividad, aunque, por razones obvias, ha sido menos analizado hasta el presente- con el poder y el afán de rectoría de gentes y pueblos.
Por descontado que en ello no hay nada relacionado con el usufructo de las ventajas económicas o de cualesquiera otros gajes materiales que, a las veces, proporciona el ejercicio de la política. Hablamos de personas altamente responsables y para las cuales la capacidad de decisión en asuntos relevantes así como el mando sobre sus semejantes son vistos como la realización de un limpio e irrenunciable proyecto vital, fuera del que la existencia carece de sentido o, al menos, de norte. En la zoología política hay no pocos primates de esa raza. Y sobre ellos se posa la admiración de sus coetáneos y el estudio de los historiadores.
Los regímenes democráticos, según cabe fácilmente imaginar, constituyen el escenario en que mejor se observan los dramáticos perfiles de los abandonos y despedidas de los líderes y hombres de Estado forzados a tal trance. El siciliano Francesco Crispi (1819-1901) lo fue todo en la Italia de los primeros Saboya, algunas de cuyas líneas de fuerza contribuyó en primera persona a modelar. Sin embargo, tras el desastre de Adua -1 de marzo de 1896, se encontró impelido a salir de la vida pública en medio de una campaña en la que no faltó ningún registro de la crítica y, en ocasiones, de la infamia. “El Tigre”, esto es, Georges Clemenceau (1841-1929), pese a su ancianidad y consiguientes achaques se resistió con ardor, una vez fracasada su aspiración a la presidencia de la República, a alejarse definitivamente de la palestra en que se desenvolviese su vida a lo largo de más de medio siglo. Por las mismas fechas, no menos ardimiento mostró su compañero de esfuerzos en los postreros días de la Primera Guerra Mundial y los subsiguientes Tratados de Versalles-Trianon, el premier británico D. Lloyd George (1863-1945), en aceptar el veredicto de sus correligionarios que le expulsó a las tinieblas exteriores acusado de deslealtad y prepotencia. Su camarada durante más de un sexenio en el gabinete dirigido por Asquith, Winston Churchill (1874-1965), prototipo para muchas generaciones del estadista, estuvo a punto de perder la dignidad en los meses que precedieron, en 1955, al tardígrado traspaso de poderes a su antiguo delfín A. Eden., que tampoco se descubrió muy diligente, dos años más tarde, al ceder el testigo a su conmilitón Harold MacMillan. En Alemania, la muy remisa actitud de Bismarck, a finales del siglo XIX, y la de Adenauer, en la centuria pasada, a la hora de decir adiós a la política son también ejemplos elocuentes del tema glosado en estos renglones. Por desgracia, razones de espacio constriñen a aplazar la glosa de una de las despedidas más paradigmáticas en la modalidad o materia mencionada: la de R. Nixon, que por su especial interés quizá merezca abordarla en otro artículo.
En la actualidad, los asuntos públicos se ofrecen singularmente agitados en nuestro país. La limitación de mandatos en todas grandes esferas de la gobernanza es uno de los asuntos de mayor recurrencia en debates y foros académicos y mediáticos. ¿Estaremos también aquí asistiendo al ocaso de una época? Es difícil predecirlo.
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