Rafael Núñez Florencio | Viernes 25 de marzo de 2011
Los movimientos sísmicos en Japón y la intervención bélica occidental en la crisis libia han dado a la actualidad un giro radical. Primera constatación, en el más pedestre nivel de pura obviedad pero que, por eso mismo, debe constituir el punto de partida de cualquier reflexión: el futuro no es lo que nos espera sino, en más exacta medida, lo inesperado. Tanto ufanarnos del desarrollo técnico y el control de nuestras vidas y he aquí que nos hallamos como siempre, al albur de los acontecimientos, en manos de lo imprevisto, sorprendidos pese a nuestra insoportable suficiencia por unos hechos que no sólo nos superan, sino que nos arrastran como hojas en la tormenta. Segunda constatación, nuevamente no por palmaria menos inevitable: los mencionados términos de tormenta o fuerza de los acontecimientos dejan de ser metáforas o expresiones hechas para trocarse en precisas descripciones de una realidad que perfila nuestra debilidad e inconsistencia. Las imágenes estremecedoras del terremoto y el tsunami japonés nos han permitido vernos, como pocas veces, en la escala de lo que somos, seres diminutos zarandeados por fuerzas ingentes: el ser humano como una brizna al viento.
Una caña frágil, vulnerable, decía Pascal, para matizar seguidamente que también una “caña pensante”. En la conocida expresión pascaliana, pensante significa sobre todo consciente. La consciencia -todo lo imperfecta que se quiera- marca la diferencia. En aras de esa consciencia, que es reconocimiento de nosotros mismos y de nuestro lugar en el mundo, lo primero que hay que hacer por ética, por estética y hasta por vergüenza torera, es situar nuestros afanes y desvelos cotidianos en la escala adecuada. Ante desastres de la magnitud que hemos contemplado nuestras frustraciones resultan nimiedades ridículas y nuestras quejas se antojan hasta obscenas. Traducido al terreno político de actualidad, seamos un poco autocríticos y sonrojémonos al menos ante un debate, como el que hasta hace poco nos entretenía y ahora parece que va a seguir entreteniéndonos, marcado por el personalismo de unos “líderes” (?) incapaces de ver más allá del propio ombligo, cuando no directamente de su cartera y sus prebendas.
En este aspecto, los trágicos acontecimientos de Japón tienen una enseñanza añadida que aquí nos cuesta apreciar y aún más imitar: la capacidad para apretar los dientes en la desgracia y ponerse a trabajar con generosidad y entrega sacrificada al bien común. ¡Qué envidia!
Uno no puede por menos que ser un tanto escéptico respecto a nuestra capacidad para extraer enseñanzas provechosas de los hechos citados. Resulta sintomático que aquí el debate se haya polarizado en torno a la energía nuclear, obviando sin pudor otras dimensiones de la catástrofe que no encajaban con los esquemas establecidos o no tenían rentabilidad sectaria. Con más beligerancia que vergüenza cada cual ha arrimado el ascua a su sardina y ha procurado sacar tajada de la crisis. No se han tomado la molestia de ocultar sus apriorismos dogmáticos, pendientes unos tan sólo del “¡ya lo decía yo!” y capaces los otros de negar la evidencia. Así, cada cual a lo suyo, y que la realidad se pliegue a los dictámenes previamente decretados como verdades absolutas. Lo mismo valdría, mutatis mutandi, para caracterizar la crisis libia. Resulta descorazonador asistir en este caso al espectáculo de la confusión y la contumacia en vías que la experiencia desaconseja, por no citar el cinismo rampante de aquéllos que por su responsabilidad debían ser más prudentes. Cualquiera puede equivocarse, claro está, pero no deja de resultar asombroso que sean precisamente quienes más han errado los que, con aplomo digno de mejor causa, aparezcan ahora como cruzados en defensa de unos pueblos secularmente ignorados y unos ideales democráticos cuya flexibilidad de aplicación resulta harto sospechosa.
Los que más se beneficiaron de las prebendas del oasis tunecino, los que cortejaron a Mubarak, los que agasajaron a Gadafi hasta el sonrojo, sí, exactamente esos mismos, aseguran ahora defender -sin que les tiemble un músculo de la cara- la causa de la libertad de los pueblos sometidos. Y lo hacen sin cantar palinodia alguna, sin ofrecer excusas, sin presentar alguna humilde coartada. Más aún, se presentan como paladines de los derechos humanos mientras que apoyan imperturbables regímenes opresivos, dictaduras feudales y una represión inmisericorde en el resto del mundo árabe, de Marruecos a Arabia Saudí, pasando por Yemen, Bahrein y el resto de las satrapías del Golfo, tan carentes de principios como impregnadas de petróleo. Una cosa es la socorrida apelación a la realpolitik (inevitable en las relaciones internacionales) y otra muy distinta este grosero “todo vale” o “como sea”, en el que ni se cuidan las justificaciones ni importan las formas. Un justo medio entre el idealismo ingenuo y el pragmatismo cínico supone acordar que no todo vale, que el fin no puede legitimar cualquier medio o, simplemente, que la coherencia es un requisito elemental de las labores humanas en general y de la intervención política en concreto.
En otro orden de cosas, pero siempre en la vereda de lo sorprendente, asombra ver cómo analistas y gestores de la res publica parecen haber olvidado algunos principios básicos del ordenamiento colectivo, quizás inducidos por las informaciones a pie de calle que nos han ido llegando estos últimos días. Frente al idílico cuadro que pintaba las crónicas entusiastas de la plaza Tahrir, debe recordarse con la cabeza fría que una revolución, aunque se haga en nombre de la libertad, no es un movimiento democrático ni tiene por qué conducir a la instauración de un sistema de libertades. La historia nos muestra más bien lo contrario, lo difícil que resulta reconducir un proceso de esas características, que tiene su propia dinámica interna, a un pacífico y estable orden de convivencia democrática. El alzamiento contra un tirano o un régimen despótico no convierte en demócratas a esos opositores, por mucho que el arrojo de algunos cause simpatía o admiración, o incluso se hable con más o menos fundamento de héroes y mártires. Frente a la nueva versión del “pueblo unido jamás será vencido” que nos han querido vender, cabría afirmar incluso que lo específico de Túnez y Egipto no ha sido tanto que una revolución popular haya derribado una dictadura como que unas algaradas callejeras han constituido el detonante para que el establishment militar deponga a un mandatario ajado sin perder el control de la situación ni variar sustancialmente el entramado del poder. Ya veremos si hay algo más en el futuro.
En estas coordenadas, el caso libio constituye la apoteosis de lo grotesco, no ya por la personalidad política de Gadafi, sus excentricidades y sus desmanes -elementos todos ellos que no se distinguen precisamente por su novedad- sino por la intervención intempestiva de los países occidentales, liderados no se sabe por quién, decididos a no se sabe qué, resueltos a utilizar no se sabe qué medios, determinados a conseguir no se sabe qué objetivos y dispuestos a intervenir durante no se sabe cuánto tiempo. Cuando los llamados aliados aún no han conseguido escapar de la encerrona iraquí, cuando aún están enfangados en el laberinto afgano, cuando aún colean los errores cometidos con Irán, cuando sigue sin vislumbrarse solución en Oriente Próximo, abrir un nuevo frente en Libia y hacerlo de esta manera es un despropósito. Los líderes occidentales se resisten a aprender la lección. No quieren comprender que lo difícil no es entrar en un avispero. Lo verdaderamente complicado es salir de él.
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