Andrea Donofrio | Domingo 27 de marzo de 2011
Hace algunos días, el presidente del consejo italiano, Silvio Berlusconi, confesó sentirse “apenado” por la suerte de Gadafi, añadiendo “lo que está pasando en Libia me afecta personalmente”. Ya hemos analizado la historia de la amistad entre los dos gobernantes, protagonistas de una relación comercial-económica y de algún momento folklórico como el beso del anillo por parte de Berlusconi, la imploración del perdón colonial, la creación de empresas bilaterales o la firma Tratado de Amistad, Asociación y Cooperación, sin olvidar el famoso rito del bunga-bunga.
No sorprende el tono nostálgico de un Berlusconi sinceramente preocupado, porque lo que está pasando en suelo libio afecta personalmente a sus intereses económicos. Los negocios bilaterales suman un valor de más de 40.000 millones de dólares anuales en los sectores del petróleo, energía, gas, construcción e infraestructuras. Por eso, cínicamente, a Berlusconi le da pena Gadafi, no los miles de mujeres y hombres líbios que han muerto y están muriendo durante el conflicto. Priman los intereses antes de los sentimientos, se mezcla lo público y lo privado, se sigue promocionando la idea de una diplomacia cínica y amoral, rentable y peligrosa.
En un principio, Berlusconi afirmó que no llamaba al coronel Gadafi para no molestarle; luego, le declaró derrotado y saliendo destino a Venezuela. Finalmente confesó sentir pena por Gadafi, por lo que evitaría presentarse en el Parlamente durante la aprobación de la misión. Por eso, la posición italiana sobre la guerra ha parecido confusa, dominada por la doble moral de la “firme condena” y el intento de preservar los intereses patrios en el país africano. Si por un lado Italia ha puesto a disposición de la coalición internacional siete bases militares y ocho cazabombarderos, varios buques y 5.000 militares para hacer cumplir la resolución de la ONU sobre Libia, Berlusconi se está preocupando por “mantener la puerta abierta”, por salvaguardar su amistad con el líder libio (“nuestros aviones no dispararán”), proteger los intereses energéticos y buscar su protagonismo (“le convenceré a exiliarse”). A veces parece que este hombre quiere encarnar un papel parecido al de Mussolini en el Locarno de 1925, aunque con algo más pelo, menos carisma y quizás aún menos capacidad en política exterior. Lo olvidaba, sobre todo menos dignidad y valor: Berlusconi ni siquiera asistió al debate en el Parlamento para aprobar una misión tan delicada. Su ausencia resulta vergonzosa en el plano nacional y, pretendidamente ambigua en el plano internacional. Por su parte, la Lega Norte muestra su recelo a la presencia italiana en la coalición no por motivos humanitarios sino porque teme posibles flujos migratorios desde el norte de África a las costas italianas. Postula un absurdo bloqueo naval de la inmigración.
La decisión de Italia de participar en la misión parece el fruto del temor a quedarse aislada de la comunidad internacional y, sobre todo, a que Francia pueda salir reforzada del conflicto, desplazando a Italia en las relaciones con la futura Libia. Mientras tanto, Berlusconi nombra como Ministro de Agricultura un discutible tránsfuga, “chaquetero” e investigado por complicidad mafiosa y corrupción agravada. Y al mismo tiempo, empiezan sus procesos de los que espera escaparse, augurándose verdadera la frase de Cicerón: silent enim leges inter arma (“Las leyes guardan silencio cuando suenan las armas”).
Ps. El cavaliere protagoniza una campaña publicitaria del Ministerio de Turismo para atraer turistas: “Italia es el país que ha regalado al mundo el 50% de los bienes artísticos tutelados por la Unesco, más de 100.000 iglesias consideradas monumentos, 40.000 residencias históricas…” A parte de fantasmón (se trata del 5% de Unesco) como probablemente suele ser con las mujeres, depende de qué tipo de turista se quiera “atraer”: es probable que la mayoría de los chicos estaría encantados de visitar Italia y asistir a una de sus “elegantes veladas”.
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