Miércoles 30 de marzo de 2011
La comparecencia que Alfredo Pérez Rubalcaba hizo en sede parlamentaria no sirvió para arrojar algo de luz sobre las gravísimas revelaciones que se vienen produciendo a propósito de la lucha antiterrorista. Dejación de funciones, cordialidad con los miembros de ETA participantes en las negociaciones y continuación de éstas últimas incluso después del atentado de la T-4 -negadas de forma rotunda tanto por el propio Rubalcaba como por Zapatero y la práctica totalidad del PSOE- son sólo algunos aspectos de un escándalo que cada día crece más. Con el agravante de que el conocimiento de estos hechos no se ha producido por filtraciones interesadas, sino por documentos intervenidos a la banda terrorista, y no parece de recibo que ETA guardase para su consumo interno documentación falseada.
Es verdad que algunos dirigentes populares han hecho oír su voz, en consonancia con la labor de oposición que les corresponde. Pero no es menos cierto que el tono de dichas voces resulta apenas audible. En tiempos de Aznar, rara era la semana en la que no se veía a Zapatero tras una pancarta en contra de lo que se terciase. Hay un término medio entre aquella oposición de trinchera y ésta de guante blanco. Hasta ayer, Rajoy apenas se había pronunciado sobre la gestión de Rubalcaba en lo concerniente al caso “Faisán” y los entresijos de la negociación con ETA. Y si, como dijo Rubalcaba, los españoles merecen un Gobierno que no les mienta, también deben tener una oposición que fiscalice en lugar de delegar en los medios de comunicación y en las actuaciones judiciales.
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