David Felipe Arranz | Jueves 31 de marzo de 2011
Hasta nuestras manos ha venido a parar un magnífico libro coordinado por Juan Matas, José María Micó y Jesús Ponce, El Duque de Lerma. Poder y literatura en el Siglo de Oro, publicado por el Centro de Estudios Europa Hispánica, institución dirigida con pulso firme por Gonzalo Anes, comprometida con el conocimiento y el hispanismo europeo y que cada poco nos da una alegría con sus pujantes proyectos.
Muchos son los excelentes trabajos que en este libro se recogen, como el de Isabel Colón –fuerza viva de la filología “complutense”, que escribe sobre los linajes de mujeres y linajes nobiliarios– o Germán Vega –cuyo magisterio extiende sobre el abordaje del tráfago cultural y político en el Valladolid teatral y cortesano de Felipe III–, perlas de un volumen lleno de tesoros filológicos e históricos que ayuda a comprender los mecanismos de los que el Poder se ha valido –y sigue valiéndose– para concitar el favor de una corte de escritores y cronistas que ejecute el mejor retrato posible de los poderosos del momento. A esos estudios se añaden los de Antonio Carreira, Laura Dolfi, Antonio Pérez Lasheras, María Martos, Araceli Guillaume o Francis Cerdan, por citar a unos cuantos.
La literatura panegírica es un género –o subgénero– que suscita cada vez más interés, por cuanto su estudio desvela un fidedigno retrato de sociología política y cultural de primera magnitud. He aquí el estudio pormenorizado de los textos que el primer duque de Lerma, don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, impulsó a través del mecenazgo a lo largo de dos décadas. Los particulares “siervos de la gleba” de la tinta, hacedores de imágenes políticas potentísimas –en especial las de los Austrias–, ejercieron su oficio con mucha dignidad para sus mecenas y, si se mira con ojos actuales, la profesión del panegirista del Poder se ha devaluado mucho, estilísticamente hablando. Abran los periódicos y juzguen por sus propios ojos.
Tenemos que recordar cómo la cultura del valimiento impulsó obras canónicas de nuestra literatura cuyo empuje inicial no fue otro que el propagandístico. Así surgieron multitud de obras líricas de ascendente heroico-laudatorio, toda la cultura emblemática a la manera de Alciato, la oratoria sacra, la dramaturgia cortesana –que no todo fue grita y barahúnda en los corrales de comedias–, el retrato, la tauromaquia caballeresca, los tejemanejes cortesanos en el Valladolid de la Corte (1601-1606), etc. Pero no ejerció el de Lerma en soledad esa influencia en vertical: sus tentáculos alcanzaban a nuestros genios a través de satélites del poder como el séptimo conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, o la predicadora Luisa de Carvajal.
Capítulo aparte merece el inconcluso Panegírico al duque de Lerma (1617) de don Luis de Góngora y Argote como paradigma de estas relaciones entre literatura y poder, cuya primera edición moderna contiene este volumen. La escritura de circunstancia potencia incluso las posibilidades creativas y da lugar a veces al humor como válvula de escape, en una tensión ética que indaga nada menos que en la condición del poeta: el precio que pagan a veces los creadores para poder sobrevivir o concitar el favor del poderoso y cómo ese “pago” ha sido sublimando en su obra volcándolo en moldes exquisitos desde la Antigüedad hasta nuestros días. Era nada menos que el arte del disimulo materializado en letras de molde y en las artes plásticas y la génesis de la mercadotecnia política las que por entonces se forjaban, fijando una relación siempre sospechosa.
Pocas dudas caben acerca de que los grandes creadores del Siglo de Oro fueron avezados expertos en la laudatio, añadiendo y quitando noticias aquí y allá, ampliando pasajes favorables o seleccionando a voluntad aquello que contribuyese mejor al maquillaje y al ejercicio cosmético del político a través de la pluma. Para Lope, Góngora y Rubens desde luego los tiempos, a un pispás del hambre, no estaban para menos.
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