entre adoquines
Viernes 01 de abril de 2011
A falta de esa costumbre tan sana del referéndum, que practican en muchas democracias del mundo, en España últimamente se han puesto de moda las votaciones, que proponen, entre otros, cadenas de televisión y periódicos digitales. Están muy bien, una llamadita, un mensaje o un sencillo clic y ya hemos satisfecho nuestras comprensibles ganas de decir “esta boca es mía”, aunque sepamos que no sirve para nada, excepto para asombrarnos, a veces, con mayorías contrarias a lo que a nosotros nos dictaba el sentido común.
Por ejemplo, escuchaba la otra noche en un informativo preguntarse los dos presentadores, entre sí, que no al respetable, si era peor el asunto de los GAL que el del Faisán. Vaya preguntita, me dirán. Pues sí, les contesto, vaya preguntita. Personalmente, como aún no he aprendido eso tan sano que dicen que practican los gallegos de forma innata y siempre se sabe, cuando estoy en una escalera, si subo o si bajo, lo de los GAL me sigue pareciendo algo así como más “premeditado”. Con los “buenos” contratando malos para que la guerra contra ETA fuera sucia, pero no se mancharan las manos de quienes observaban el incierto devenir del asunto, sentados en sus despachos, repartiendo órdenes y fondos reservados. Eso sí, lo del Faisán, hay que verlo en su conjunto y no sólo como el episodio de una serie policiaca en la que los polis avisan a los criminales de que están al caer otros polis. Con las aparecidas actas de ETA, parece que quien quiera verlo, ya lo ve, por mucho que ahora digan que los etarras se dedican a mentirse entre sí. Y de esta forma, el chivatazo del Faisán se muestra no sólo como una absoluta quiebra de cualquier principio moral y de Ley, sino como la cagada, siempre tiene que haber alguna, que ha hecho que se vea el plumero de los “pájaros”.
Guerra sucia utilizando las mismas cartas que los malos o acuerdo oculto marcando las cartas, tienen en todo caso un mismo fin, enfundarse los laureles por haber podido anunciar desde el Gobierno el fin de ETA. Imagínense, señores, quién no querría contar en su álbum con esa foto histórica. La imagen daría la vuelta al mundo. Qué digo, la imagen. El protagonista de ella, cuando abandonara la política nacional, tendría aseguradas conferencias en los más prestigiosos foros del progresismo pacificador. Más aún, un puesto vitalicio y con todos los honores en las más altas esferas del mundo de la negociación y la llamada mediación de conflictos. Si no fuera, claro, por esa maldita manía que tiene algunos de joder la marrana, afeando los medios para alcanzar fin tan noble.
Y, puede que, con los años, acabaría hasta por caer el premio gordo: un Nobel de la Paz, que haría olvidar tanta maledicencia, tanto afán por poner pegas, cuando deberíamos estar agradecidos de que haya gobiernos que gasten más energía y peculio en acabar con los malos, que en proporcionarnos un trabajo digno y llenarnos la cartera. Si es que no se puede con un pueblo que piensa más en su cuenta corriente que en los arriesgados intentos de disolver a una banda terrorista que lleva años matando. A ver si es que este va a ser precisamente el problema, que ETA haya seguido matando sin rebajar un ápice sus exigencias y todavía no hayan pasado las generaciones suficientes como para que las familias de las víctimas superen sus terribles e incomprensibles pérdidas. Porque si todavía no hemos superado las muertes de la Guerra Civil y aún seguimos identificándonos de acuerdo con el color de quienes mataron a nuestros abuelos, cómo podemos exigir a las víctimas más recientes que sean generosos y hagan, de un día para otro, borrón y cuenta nueva.
Lo cierto es que no es de recibo comparar el tema de los GAL con lo que ahora estamos conociendo que esconde el soplo en ese bar con nombre de ave galliforme, igual que nunca lo fue comparar Irlanda del Norte con el País Vasco, ni al IRA con ETA. Acabar con la banda terrorista siempre tiene que ser el objetivo, ¿puede alguien dudar de que lo sea? Pero si de verdad defendemos la democracia, aquí, en Cuba o en Libia, no podemos dedicarnos a puentear al Estado de Derecho para conseguirlo. Y si la cuestión es elegir entre lucha policial o negociación, hablemos de ello, discutamos sin miedo ni hipocresía. Y si un partido político, el que sea, cree que lo mejor es negociar, que lo explique abiertamente y que convenza de ello.
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