Geoffrey Parker: Felipe II. La biografía definitiva. Traducción de Victoria Gordo. Planeta. Barcelona, 2010. 1.388 páginas. 39,50 €
El “rey prudente”, Felipe II de Augsburgo, uno de los hombres más poderosos que ha pisado la tierra, para algunos el que más, ha dejado a lo largo de los siglos una estela de amores y odios, admiraciones e inquinas, conducente también al interés histórico, literario, político, teológico e incluso médico del personaje. La figura de Felipe II es, sin duda, una de las más atractivas de la Historia y también de las más difíciles de estudiar en su totalidad, puesto que el conjunto de su vida y obra se torna demasiado amplio en cualquiera de sus sentidos. El hijo del emperador Carlos fue paulatinamente recogiendo territorios bajo su mandato que duró casi 60 de sus 71 años: duque de Milán, rey de Nápoles, de Inglaterra y de los Países Bajos, Conde de Borgoña, Rey de España, Sicilia, Cerdeña y las Indias, de Portugal…, y conforme iba acumulando súbditos y títulos, su leyenda fue desplazando al hombre por un mito que carecía de escala de grises: del fanático y cruel déspota, genocida e inseguro monstruo como le describe la historiografía sajona y protestante al magnánimo mecenas, culto e inteligente estadista, amante de la arquitectura, cuya firmeza permitió a su Imperio ser la primera potencia mundial, según las hagiografías de sus admiradores. Su personalidad y su vida privada, que no fue exactamente tal por cuanto cualquier decisión o reflexión que en ella tomara repercutía sobre el orbe conocido, también se encuentra plagada de acontecimientos que configuran la Historia del Renacimiento dentro y fuera de sus dominios. A la construcción de este mito contribuyó sin duda el propio empeño del rey Austria en prohibir biografías sobre su persona y ordenar destruir su correspondencia.
El historiador inglés Geoffrey Parker, discípulo de otro reputado hispanista, John Elliot, y profesor en la norteamericana Universidad de Ohio ha dedicado una larga vida al estudio de Felipe II y doce años después de lanzar su primera gran biografía sobre el omnipresente monarca –con motivo de la celebración del
IV centenario de la muerte del Rey– nos regala una extensa y minuciosa revisión de la misma con el sonoro, y quizá demasiado ambicioso, subtítulo
La biografía definitiva. Son casi mil quinientas páginas en las que se profundiza en las estrategias políticas, administrativas y personales de Felipe II como fruto de un trabajo meticuloso de investigación en las fuentes –que paradójicamente han aumentado gracias a las donaciones, nuevos hallazgos y la mejora técnica y tecnológica de la archivística– con una debilidad que se evidencia desde un primer momento y que responde a la excesiva carga del personaje y su época: en un libro secuencial no se puede expresar la globalidad e inmediatez de las preocupaciones y los acuciantes problemas que de forma constante asaetearon al Rey a lo largo de su vida. Éstos pasan a un segundo plano sacrificados por el predominio, por otro lado loable, de un relato ágil y rápido.
Felipe II rigió España durante cincuenta y cinco años en la segunda mitad del siglo XVI desde su nombramiento como regente de su padre, el emperador Carlos V, en 1543 y hasta su muerte en 1598. Pero su papel en la Historia trascendió a la exclusividad de ser solo un monarca español más. En 1554, recibió la corona de Nápoles y durante cuatro años, de 1554 a 1558, fue rey de Inglaterra al casarse con su tía María Tudor. En 1580 incorporó el reino de Portugal y sus considerables posesiones de Ultramar. No fue del todo un “imperio global”, ya que sus territorios carecían de un lenguaje y moneda común, con diferentes instituciones políticas y legales, diferencias extremas en economía y estrategia militar e incluso convicciones religiosas divergentes. A pesar de las dificultades aparentemente insuperables, el “rey prudente” consiguió mantener sus tierras unidas, organizando un sistema administrativo sin igual en la época y asombrando y atemorizando a sus enemigos, desde los nacientes imperios de Francia e Inglaterra hasta el turco que dominaba el otro extremo del Mediterráneo.
Parker analiza durante el
recorrido vital de Felipe II tres cuestiones clave en el personaje: las prioridades estratégicas que estructuran sus decisiones políticas, qué hechos y prejuicios fueron determinantes en su toma de decisiones y qué factores externos afectaron a la consecución de sus objetivos. Para ello, el autor perfila la cultura estratégica del Imperio español con el estudio de su sistema de gobierno, la crisis causada por la sobrecarga de información y las prioridades que el Rey tomaba en el día a día del ejercicio de su mandato.
El análisis no es únicamente el de la actuación real y la marcha de su imperio, sino que en cada una de las descripciones está presente la personalidad del hombre que las hizo posible. Aparece en el complejo carácter del joven Felipe el intento de sacudirse la sombra de su padre el Emperador, sus relaciones con su hermanastro Juan de Austria, y la desconfianza en todos y cada uno de sus colaboradores, como muestran las persecuciones a hombres que habían gozado de su confianza, como Juan de Escobedo, Antonio Pérez e incluso el Arzobispo de Toledo, Cardenal de Carranza. Esta exhaustividad en no delegar ni siquiera la arquitectura de su construcción predilecta, el Monasterio de El Escorial, llevó al monarca, según su biógrafo, a dilatar y en muchos casos arrinconar decisiones que pudieron haberse agilizado si se hubieran encomendado. Otros episodios como la prisión que derivó en muerte de su primogénito, el príncipe Carlos, el extremado fervor religioso providencialista, su obsesión con Inglaterra o su obstinación en acabar con las revueltas en las Indias, nos acercan a un personaje frío y suspicaz con virtudes como una capacidad sobrehumana para el trabajo y una cultura y conocimientos amplísimos, pero con el gran defecto de carecer de lo que hoy se llama inteligencia emocional.
La biografía de Parker puede no ser la definitiva, pero al menos sí la mejor de las que hasta ahora se han escrito; un libro poderoso y persuasivo, en el que si bien nada es sorpresa, todo es ampliamente demostrado. Parker hace gala además de sus excelentes conocimientos de la teoría política y de la historia comparada entre las Edades Moderna y Contemporánea, mostrando que los principios de la monarquía moderna no se basaban solo en actuar sino en cómo esas acciones eran percibidas por los demás.
Por Margarita Márquez Padorno