Javier Zamora Bonilla | Martes 05 de abril de 2011
Terminaba mi último artículo reclamando la necesidad de que se constituya un verdadero ejército europeo, que fuese un elemento más, y no menor, de la política común de seguridad y defensa de la Unión Europea junto con una política exterior de objetivos claros y ejecutada de una forma eficiente. Es un anhelo del que se lleva discutiendo varias décadas, pero que no acaba de resolverse porque siguen predominando los planteamientos nacionalistas, los resquemores mutuos y los intereses espurios.
Tienen sentido estas posiciones porque la historia de Europa está teñida por la sangre de innumerables guerras y no hay que irse muchos lustros atrás para corroborarlo. Mas los políticos de los grandes países europeos (Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Polonia, España...) deberían articular un discurso y unas políticas que hagan ya imposible otra guerra en suelo europeo y, por lo tanto, innecesarios los ejércitos nacionales.
Compartimos una moneda común y numerosas políticas. Hoy sería prácticamente inviable a cualquier país de la Unión vivir al margen de la misma (quizá salvo a Gran Bretaña que no entró en el euro), a no ser que quiera precipitarse por el barranco de la depresión económica, la inestabilidad política y la conflictividad social. Los rescates de la economía griega e irlandesa muestran claramente que sólo una mayor unidad beneficia a la Unión y al conjunto de países que la componen.
No tiene sentido que cada Estado invierta miles millones de euros en política de defensa, cuando hoy la tecnología es crucial en cualquier enfrentamiento bélico. Es verdad que hay algunos proyectos europeos conjuntos relacionados con esta cuestión en los que participan la mayoría de los países de la Unión (aviones, carros de combate, satélites...), pero aun así falta una verdadera política común de defensa que fije claramente los objetivos de la Unión en esta materia, teniendo en cuenta también los problemas geopolíticos de cada país. Una vez fijados estos objetivos, las fuerzas del ejército europeo –que evidentemente estarían integradas por las actuales de los ejércitos de cada Estado– se distribuirían en función de esos objetivos de seguridad y defensa, sin dejar desguarnecido a ningún país de la Unión.
Esta política común de seguridad y defensa permitiría a Europa tener un ejército equiparable al de Estados Unidos o al de China. Además, como ya comentaba el otro día, este ejército europeo podría ser la avanzadilla de una Fuerza Internacional de Intervención Rápida que, bajo la dirección política de una ONU redefinida y la coordinación logístico-militar de una OTAN también redefinida, fuese capaz de actuar con prontitud ante conflictos como los que actualmente se viven en el mundo árabe y también ante catástrofes naturales como la de Japón. Si es evidente que hoy la tecnología es clave para la gestión de cualquier conflicto, sea bélico o sea en respuesta a una situación sobrevenida de carácter natural, también está claro que sin hombres sobre el terreno no se puede alcanzar una verdadera resolución, como muestra el fracaso de las intervenciones en Iraq y en Afganistán.
Es muy controvertido que la OTAN ejerza este papel, pero actualmente no hay ninguna otra organización internacional con capacidad logístico-militar capaz de desempeñarlo. La OTAN debería redefinir –lo está haciendo en realidad– sus objetivos, para lo que es clave que intensifique las negociaciones que se han abierto con Rusia y con la India.
Los líderes europeos saben muy bien que Estados Unidos ha sido el garante de la paz en las dos Guerras Mundiales del siglo XX y durante la Guerra Fría y que, por lo tanto, sus políticas de seguridad y defensa tienen que estar coordinadas. Esto sería mucho más sencillo si existiese una política común de seguridad y defensa y un verdadero ejército europeo. Los países de la Commonwealth y la inmensa mayoría de países iberoamericanos, así como muchos países africanos y asiáticos, tendrían que bailar al mismo son, aunque fuese con sus músicas respectivas. India y Rusia son la clave. Brasil y México también deberían tener una función relevante.
Europa tiene que contribuir firmemente a una auténtica democratización de Rusia. En este nuevo marco global, la Fuerza Internacional de Intervención Rápida, muy preparada tanto en hombres como en tecnología y distribuida estratégicamente a lo largo y ancho del Mundo, sería un elemento fundamental para el apoyo a la gestión civil en las catástrofes naturales y, sobre todo, la garantía del respeto a los derechos humanos en numerosos territorios ante el temor a una intervención inmediata y contundente. El principal logro de esta Fuerza sería su no intervención, por aquello que ya sabían los romanos: si vis pacem, para bellum, que aunque sea un reconocimiento del fracaso moral de los hombres, sigue siendo lamentablemente necesario. A China, puestas así las cosas y respondiendo también a la importantísima transformación social que vive, no le quedaría otro remedio que ir entrando por el carril del respeto a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 10 de diciembre de 1948. El resto de los países que quisiesen contravenir ésta, poco tendrían que hacer ante la espada de Damocles de la Fuerza Internacional de Intervención Rápida.
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