Víctor Morales Lezcano | Viernes 08 de abril de 2011
Cuando estallaron las primeras manifestaciones de descontento en El Cairo el 15 de febrero, que terminarían por provocar la huída de Hosni Mubarak del milenario Egipto, toda la parafernalia mediática del Globo mantuvo en vilo a la opinión pública informada.
La “Plaza de la Liberación” cairota -tan cargada del simbolismo panarabista de los años 50 y 60- fue una fiesta de eclosión popular por todo lo alto, cuando no un ruedo político donde el Régimen intentó hacer colar algunas estratagemas continuistas, mientras que las fuerzas armadas de la nación nilota se mantuvieron respetuosamente en alerta.
De este modo, las gentes de la capital – junto con Alejandría y otras urbes menores de Egipto-, se unieron en la marcha hacia la revuelta de la indignación, para acabar con la autocracia presidencialista que encabezó Mubarak (1981-2011), en menos que canta un gallo.
Parecía haberse iniciado la primavera de los países norteafricanos, saludada con fervor por tunecinos y egipcios, amén de la lista de países árabes que “de lo oscuro hacia lo claro aspiran” (permítaseme la cita del conocido escolio de Goethe). O sea, dicho en lenguaje al uso: la lista de países árabes que se han inscrito, de pronto, en una dinámica de revueltas de liberación y de indignación contra sus despóticos regímenes políticos.
Ahora bien, como subraya el “Internacional Center on Non-violent Conflict”, que alienta el profesor emérito de la Universidad de California, Michael Nagler, “la salida de un régimen autoritario no desemboca forzosamente en la conquista de la libertad” (y la democracia). Habrá que estar atentos, pues, al resultado de las elecciones generales en Egipto, previstas para el próximo mes de septiembre.
Como se recuerda con reiteración, la ayuda y apoyo exterior a estas sociedades árabes en tránsito puede demostrarse valiosa para alentar con solidaridad loable -y activa- a Túnez y Egipto, por ejemplo.
Sin embargo, la tercera irrupción de una revuelta árabe en el norte de África, le ha tocado sufrirla a Libia. Libia, ese desierto costero, y retropaís que constituye la solución de continuidad geofísica entre las milenarias sociedades de Egipto y Túnez (Ifriquiya bereber, vándala, bizantina, árabe, turco-otomana, y hasta francesa), se ha roto. El invento ha sufrido, esta vez, las consecuencias de una máxima inveterada: “siempre puede ocurrir lo inesperado”.
Como inesperada ha sido, también, la apertura de frentes de liberación populares en Yemén y Bahreim, Jordania y Siria. Todos ellos, valga comentarlo ahora, no están del todo resueltos en cualquiera de los sentidos posibles y cualesquiera que sean los futuros escenarios hipotéticos que se vienen manipulando.
Veremos en los próximos meses el progreso político que pueda realizar el sentimiento de frustración y consiguiente cólera colectiva observable en el mundo árabe a través de muchas de las manifestaciones que vienen encadenándose en su ámbito desde el arranque de 2011.
No parece desatinado subrayar que las monarquías de Marruecos, Arabia Saudí y Jordania son por el momento blancos de descontento, o rebelión social, menos llamativos que en el caso de las repúblicas árabes, donde están cosechándose tantas “uvas de la ira”. Valga retener esta pincelada diferencial, aunque con probabilidad habrá que seguir la pista a la gran revuelta popular de los países árabes en su conjunto; tanto en sus consecuencias internas y mediterráneas, como, también, globales.
En Trípoli y en Bengasi ha venido a quebrarse la manera pacífica, aunque turbulenta por momentos, con que Egipto y Túnez han dado un salto hacia horizontes políticos prometedores. En el marco de esas dos ciudades norteafricanas, se han polarizado los antagonismos tribales, burocráticos y militares de una sociedad árabe que, según los anales, ha sobrevivido bajo el “Diktat” del coronel Gaddafi durante algo más de cuarenta años. Ahora, esa invención estatal llamada Libia se fragmenta en dos mitades antagónicas que se combaten mutuamente.
Sabido es que por motivaciones de orden humanitario, el Consejo de Seguridad ha formulado una resolución (1973) adversa al bando gubernamental de Libia, y, a todas luces, benevolente con los rebeldes que se han hecho fuertes en el este libio. O sea, en la Cirenaica, donde casualmente se concentran yacimientos petrolíferos y gasísticos considerables (2/3 del total), cuya energía es bombeada por conductos adecuados a la vecina Italia.
Sin entrar en las incidencias que, desde hace poco más de un mes, influyen en el escenario de guerra en que franco-británicos, americanos y aliados menores se han ido colocando -bajo el paraguas de Naciones Unidas- “pour écraser l´infâme”, el resultado que tenemos a la vista, por el momento, evidencia que el efecto “dominó” que glosaron con euforia analistas, y amplios sectores publicísticos euroamericanos, instalados en las cabinas de mando de Internet y de otros dispositivos internáuticos, no se ha cumplido en el marco de las revueltas norteafricanas. El escenario de Libia ha generado un conflicto interno e internacional imprevisto.
Obama reprueba la represión que Gaddafi ejerce sobre los disidentes que han hecho de Cirenaica su baluarte de resistencia, pero solo parece bendecir la operación de despeje del cielo libio, temiendo caer de lleno en una trampa bélica que le haría impopular en el electorado estadounidense. París y Londres muestran su voluntad de ser peones envalentonados por aquello de que en época colonial el Mediterráneo era cosa de ambas metrópolis.
Finalmente, cuando se han reunidos los aliados en Londres, para elegir la solución final en Libia, el panorama resulta más confuso que al principio del conflicto. La OTAN dirimirá esta guerra, como prevemos, para provisionalmente reajustar, a continuación, el conjunto geopolítico del norte de África.
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