crítica
Sábado 09 de abril de 2011
Pedro Cerezo Galán: Ética pública. Éthos civil. Biblioteca Nueva. Madrid, 2010. 334 páginas. 20 €
Pedro Cerezo Galán es muy conocido por una trayectoria dedicada principalmente a Ortega, Unamuno y la cultura española de la Restauración. Los trabajos publicados en este volumen reflejan otra vertiente de sus intereses, los problemas políticos de la sociedad española actual. Por lo general, son trabajos académicos no solo por su configuración, sino porque la mayor parte son intervenciones que su autor ha llevado a cabo en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas a la que pertenece. El propio Cerezo ha recalcado la importancia de la obra de Ortega en un momento en que la sociedad española necesita orientación. Con razón, compara los dos fines de siglo, el que hace poco vivimos y el de la Restauración, pero es cierto que la comprensión de la actualidad política requiere hacer frente a lo nuevo y hasta cierto punto a lo inesperado.
Esta obra refleja la cultura, y la competencia, de uno de los mejores conocedores de la historia de las ideas entre nosotros. A ello hay que añadir una voluntad constante de ofrecer planteamientos presididos por la justicia y la moderación. Pero el mayor elogio desde mi punto de vista se encuentra en la capacidad de dar entrada a la novedad de nuestra situación y de mostrar que, junto a la persistencia de problemas que han lastrado la modernización de la sociedad española desde la Restauración (muy bien expuestos en La ética pública constitucional, y Ética democrática, pluralismo y nacionalismo) se hallan otros nuevos que nos acometen y que derivan sobre todo de nuestra condición de europeos inmersos en el proceso de globalización. Ante cuestiones nuevas como la tolerancia y la interculturalidad no solo se apoya Cerezo en un buen conocimiento de la historia de las ideas, remitiéndose a Kant, Montesquieu, Rousseau, Hegel, Benjamín Constant, Lord Acton, o Stuart Mill, sino que se adentra en el ámbito de las discusiones actuales de mayor envergadura, adquiriendo como interlocutores figuras como Charles Taylor, Isaiah Berlin, Habermas o Rawls. Las soluciones ciertamente se encuentran en parte en la historia de las ideas, pero las urgencias y los planteamientos son actuales, de este momento, cuando se ciernen sobre nosotros problemas hace veinte años insospechados.
En varios momentos, Cerezo parte del pacto implícito que hizo posible la transición. Colectivamente entiende que fue nuestro mejor momento y presta legitimidad a nuestra situación. El problema consistiría en que es un momento que resulta ya distante. El nivel de aquel momento se ha desvanecido. El entendimiento se presta a la erosión en medio de la estridencia de los enfrentamientos políticos. La amistad civil apunta a un aspecto no menor del deterioro de la convivencia que puede gravar sobre las relaciones personales tan importantes para solucionar las cuestiones públicas.
¿Estas dificultades –las nuevas y las viejas– puede solucionarlas el comentarista político? De una manera inmediata, los problemas políticos requieren soluciones políticas, es decir programas, legislación y reglamentos. Pero la reflexión política como la que se emprende aquí juega su papel. Por lo pronto, en la discusión pública se maneja un vocabulario de manera muchas veces ignorante, tendenciosa y falaz. Hay cuestiones que se disuelven o por lo menos tienen que reformularse cuando se habla con propiedad y rigor: el derecho de autodeterminación, por ejemplo. La crítica a ciertas manifestaciones del obispo Setién se desarrolla de forma tal que se aprecia no solo una diferencia de criterio, sino una voluntad de claridad y rigor que muchas veces faltan en las declaraciones políticas y que la ciudadanía no exige. El régimen de la democracia moderna es el de la discusión y ésta en última instancia llega a las academias donde se pueden compensar los efectos del enfrentamiento político convencional.
Sin embargo, el peso de los problemas nuevos aconseja que pensemos sobre todo en la importancia de que la sociedad española posea una cultura política. Si se trata de pasar un ordenamiento jurídico a una realidad efectiva, hay que contar con una cultura democrática que se traduzca en el día a día de la vida social. En esta colección de trabajos encontramos mucho de lo que nos puede interesar al respecto: una bien llevada discusión sobre la educación para la ciudadanía (hay que pensar que entre los precedentes se encuentra no solo La formación del espíritu nacional de tiempos de Franco, sino también el mismo catecismo de la Iglesia católica), aclaraciones interesantes sobre la naturaleza de la virtud cívica, atención específica a la tolerancia, preocupación por la reforma de la escuela y mucho más. Incluso la forma de presentar la reivindicación de las culturas autóctonas muestra cómo un problema antiguo adquiere fuerza nueva en el contexto de globalización en el cual nos encontramos.
Todo ello es muy importante. Trasciende el impacto de una mala gestión de un partido o la incapacidad de defenderse adecuadamente ante la misma. Apunta a la otra cara de una sociedad fundamentalmente satisfecha con lo que tiene a pesar de la presente crisis. El acierto de la política de la transición no puede ocultar las carencias de siempre de la sociedad española. La emancipación y el progreso material que ha disfrutado el país en general en los últimos treinta años, no han significado una revolución cultural. Bajo la veraz expresión de “calidad de vida” han pervivido muchos de los valores de siempre en un contexto de abundancia. Nuestra es una modernidad más inducida que alcanzada por los propios medios. Por ello hay que añadir que, si bien es deseable la modernización cultural, tiene inevitablemente un precio que la sociedad española no quiere pagar ni los políticos sugerir. Cuando se tiene en cuenta lo que franceses, ingleses o alemanes están dispuestos a sacrificar para mantener su sistema educativo –cuya justicia se puede poner en cuestión–, uno ve la enorme distancia a la que nos seguimos encontrando aunque conduzcamos los mismos coches o compremos en los mismos establecimientos.
Uno agradece una obra escrita con tantos aciertos. A la vez no podemos dejar de temer por el futuro de una sociedad que ha sabido incorporarse con éxito a la transición al mundo occidental, pero malamente aguanta la erosión de la convivencia democrática.
Por Jaime de Salas