Sábado 09 de abril de 2011
En plena campaña electoral autonómica y aún digiriendo la negativa de Zapatero a repetir como candidato en las próximas generales, pocos recuerdan ya que este Gobierno vaticinó que no haría falta rescatar a Portugal. Otra vez un vaticinio, desmentido por la realidad: una vez más. Se trata del mismo Gobierno que, con su Presidente a la cabeza, tachaba de alarmistas y antipatriotras a los que hablaban de crisis. Que ve brotes verdes donde sólo hay paro. Y que anuncia a bombo y platillo unas reformas que al final acaban siendo como el parto de los montes.
Tiene razón Elena Salgado cuando dice que la economía española -en cuyas manos, por cierto, está un tercio de la deuda pública del país vecino- es más solvente que la portuguesa. No la tiene, en cambio, al jactarse de las buenas palabras que desde Bruselas han dedicado a la manera en que ahora se están haciendo las cosas aquí. Porque, más que ningún otro miembro del Ejecutivo, la señora Salgado debería saber que ya no queda un euro para rescatar a nadie. De haber otro país en dificultades -y España es de los que cuenta con más papeletas-, Europa tendría un problema, por mor de la interconexión de los 27. Lo que pasa en un estado miembro repercute en los demás; eso explica el interés de las autoridades financieras de la Eurozona a la hora de tranquilizar a los mercados.
Que se dedique, pues, el Gobierno a gestionar realidades en lugar de hacer vaticinios y vender humo. Porque realidad, e incontestable, es una tasa de paro que duplica la europea y que bordea el veinte por ciento; algo casi imposible de asumir para cualquier país viable. La recuperación de la confianza pasa por revertir la pésima tendencia de destrucción de empleo y afrontar las reformas con valentía, en lugar de simplemente amagarlas. No vaya a ser que, tras Portugal, hagan falta más rescates.
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