Opinión

Iconoclasia

José María Herrera | Sábado 09 de abril de 2011
“Dos mujeres tahitianas” es una de las obras más conocidas de Gauguin. Pintada en el año 1899, representa a dos preciosas muchachas que se acercan ofreciéndonos sus presentes: unas flores y una bandeja llena de fruta. La proximidad a los regalos de sus senos desnudos y la semejanza de color y forma entre las frutas y los delicados pezones de las jóvenes sugieren que sus encantos van incluidos en el lote. Encantos rotundos, ante los cuales nadie imploraría a los dioses volverse casto y sabio. El conjunto no es, sin embargo, obsceno. En un siglo como el nuestro, saturado de imágenes picantes, sólo un enfermo podría pensar eso de las tahitianas de Gauguin. A pesar de ello, un chiflado, al grito de ¡esto es maléfico!, la emprendió el otro día a golpes con el cuadro en Washington.

Energúmenos que arremeten vandálicamente contra las obras maestras de la pintura y la escultura los hubo siempre. Con muy buen criterio, se les da poca publicidad. Calibrando los riesgos que se corren prestando cobertura informativa a este género de atentados –aumento de agresiones, pérdida de valor de las obras, etc. – los responsables de su custodia prefieren la discreción. Mejor restaurar sin ruido lo dañado. El problema es que si unas cuchilladas en un lienzo, al estilo de las que le propinó cierta feminista a la Venus del espejo de Velázquez, se pueden reparar satisfactoriamente, la cosa se vuelve mucho más difícil cuando el arma es, por ejemplo, un ácido corrosivo. Busquen alguna foto de cómo quedaron la Danae de Rembrandt o La Caída de los condenados de Rubens tras los ataques sufridos en 1985 y 1959, y verán claro lo que quiero decir.

Los principales enemigos de las obras de arte, descontados el tiempo, la fragilidad de los materiales y los elementos, particularmente el fuego y el agua, son: los expoliadores de tesoros, los megalómanos ansiosos de fama, los iconoclastas, los puritanos y los iluminados convencidos de tener una misión que cumplir.

Entre los expoliadores podemos incluir a los salteadores de pirámides, a los anticuarios deshonestos y a los piratas, entre los que destaca Napoleón Bonaparte. Se trata de bandidos a los que interesan menos las obras que los materiales de que están hechas y que, al apropiarse de ellas, no dudan llegado el caso en trocearlas o fundirlas, despreciando su valor artístico.

Todo lo contrario le sucede al megalómano que busca la inmortalidad destruyendo una obra artística señera. Su crimen constituye, por así decir, un reconocimiento. El más célebre de todos fue Eróstrato, destructor del templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas de la antigüedad. Sus contemporáneos trataron de impedir que se saliera con la suya prohibiendo mencionar su nombre, pero fracasaron por culpa de Teopompo, un historiador que se fue de la pluma. Conocido también, aunque este no logró su propósito, es el caso de Aristón de Atenas, tirano de la época de Sila que amenazó con destruir la Acrópolis si los romanos no dejaban el Ática.

De los iconoclastas no es preciso decir mucho porque todavía tenemos en la memoria el recuerdo de la destrucción de los Budas de Bamiyan, fruto del decreto del mulá Mohammed Omar de eliminar todas las obras de arte figurativas que había en Afganistán. Los musulmanes no aceptan imágenes de la divinidad y miran con malos ojos a quienes las hacen. Los cristianos, especialmente ortodoxos y católicos, son, en cambio, partidarios de ellas, aunque si León III, el emperador bizantino, se hubiera salido con la suya en la época de la irrupción musulmana en la península, Tiziano y Velázquez tendrían que haberse dedicado a la caligrafía y la decoración floral.

De los efectos del puritanismo sobre las obras de arte la historia recuerda sobre todo el caso de la Florencia de Savoranola, el monje por cuya causa fueron quemados innumerables pinturas a los que se tildó de indecentes y pecaminosas. Hoy, a pesar del atentado a las dos tahitianas, el verdadero campo de batalla del puritanismo no es, sin embargo, el del sexo, sino el de la corrección política. Baste con recordar la renovada pelotera sobre el racismo de Tintín en el Congo, la supresión en algunas viejas películas de las escenas en que los actores aparecen fumando y la propuesta aquí, en España, de demoler el Valle de los Caídos.

En el último grupo he incluido a los iluminados. Aunque entre ellos abundan los tipos religiosos, como el desequilibrado que asestó quince golpes a la Pietà de Miguel Ángel en 1972 mientras gritaba “Soy Jesús resucitado, he regresado de la muerte”, también los hay que miran por el arte, bien para criticarlo (el caso de Gerard Van Blanderen, fanático estético reincidente que la tomó con las abstracciones de Barnett Newman), bien para seguir sus implicaciones (el caso del tipo que orinó en 1993 en la Fuente de Duchamp y en 2006 la golpeó brutalmente con un martillo mientras aclaraba que él era también un artista original y que aquello era su propia performance).

Las modalidades del vandalismo estético son tan variadas como la nomenclatura del terror. Por suerte, no se trata de una práctica extendida. El atentado contra las dos tahitianas de Gauguin constituye, de hecho, el trigésimo primero de los que se tienen noticia desde que en 1891 fue atacada la Primavera de Bouguereau (obra que ostenta el record de agresiones). Sospecho que de poca monta ha tenido que haber muchas más –arañazos, escupitajos, chicles pegados …- aunque
nada comparable, desde luego, a los efectos devastadores de guerras y revoluciones. En mi pueblo todavía se recuerda el hermoso órgano barroco destruido por unos milicianos al grito de libertad.

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