Opinión

Una clase política manifiestamente mejorable

Óscar Alzaga Villaamil | Jueves 14 de abril de 2011
Tras el agobio patrio por una grave crisis económica a la que no se ve, hoy por hoy, un final y tras sus consecuencias en un creciente desempleo, para los españoles –según los diversos sondeos de opinión- la otra causa de insomnio es un panorama político protagonizado por una clase dirigente, que enjuician negativamente tres de cada cuatro encuestados. Es la mayor desafección hacia la clase política registrada desde 1977. Si se pregunta puntualmente por cada político, tan sólo un pequeño porcentaje sale bien valorado del trance; la gran mayoría son calificados con un suspenso bajo.

Ciertamente, es viejo el problema de la distancia que separa la teoría democrática clásica (“el gobierno de los mejores”, que, siguiendo a Platón, propugnaron Stuart Mill o Alexis de Tocqueville, entre otros) de la práctica partidaria. Y el desapego de los gobernados respecto de los gobernantes se ha venido estudiando, según es sabido, desde el Siglo XIX por autores clásicos como Pareto, Mosca o Michels. No entretendremos al amigo lector con el recuerdo de sus tesis sobre el desencanto ciudadano, la desafección política o la “ley de hierro” de las oligarquías partidarias. Sobre lo que deseamos constatar es solo que en la historia de Occidente se registraron al respecto dos reacciones diferentes: de un lado, el pesimismo hacia el sistema, que en ocasiones ha desembocado en totalitarismos de extrema izquierda o de extrema derecha; de otro, una salida difícil pero interesante, la reacción ciudadana en pro de construir una élite merecedora de confianza y respeto.

Así, los españoles de nuestro tiempo deben abandonar la actitud de quejumbre sobre el nivel de los políticos y de sus debates broncos, repletos de descalificaciones y huérfanos del debido nivel y de ideas más operativas que los topicazos. Problema tan grave (no es pensable un país competitivo en la presente globalización sin universidades de excelencia y una clase dirigente preparada y respetada en el interior y en el exterior de nuestras fronteras) ha sido bien planteado en otras democracias occidentales y en parte resuelto. No es insoluble si la opinión pública y los medios que la nutren dedican sus mejores esfuerzos a contribuir a la superación. Siendo, como es, enfermedad grave puede tener cura, pero ello requiere que la sociedad civil se apresta a su tratamiento.

La realidad presente es bien diferente al periodo de la transición. Se dispone de menos cuadros dispuestos a desvivirse por y para la vida pública; hoy en el escenario público una parte significativa de los políticos –como afirman una gran mayoría de los españoles cuando se les encuesta- se rigen por el criterio de hacer lo más conveniente para seguir viviendo de la política.

Reconozcamos con realismo que la solución no puede ser fácil. Una vez que la mayoría de los dirigentes políticos tienen la formación que tienen no es esperable que convoquen a los más preparados, ni que estos últimos pongan especial empeño en superar las barreras para adentrarse en una ocupación desprestigiada a los ojos de la sociedad y mal retribuida…salvo para los que se comportan sin ética alguna.

Pero como pueblo integrante de Europa occidental sólo podemos ofrecer un futuro a las generaciones que nos sucederán si con mirada de largo alcance construimos una nación ubicable en el club de los países de cabecera en la sociedad del conocimiento, en el campo de la productividad económica y en los restantes ámbitos de la vida pública. Ello equivale a hacer una apuesta decidida por el elitismo. En todos los terrenos hay que configurar una élite y procurar que la misma defina los objetivos de la comunidad y los medios para alcanzarlos. Los mediocres, por supuesto, merecen pleno respeto, pero nuestra sociedad necesita que en sus manos no estén ni la batuta ni los instrumentos capitales de la orquesta.

El debate académico sobre el elitismo en la vida política se ha mantenido con frutos desde años atrás por Schumpeter –impregnado de cultura económica-, por un Burnham, preocupado por formar y aupar a unos “managers” de lo público a la altura de los requerimientos del complejo escenario contemporáneo, o, entre tantos otros, por pensadores australianos del nivel de Geoff Stokes o Bill Brugger, quienes han ordenado con acierto los términos en que ha de afrontarse lo que denominaron “el desafío tecnocrático en la teoría de la democracia”. Se trata en suma de asumir las exigencias de lo que en los Estados Unidos Seymour Martin Lipset esclareció bajo el rótulo de “Una teoría elitista de la democracia”.

En suma, los españoles estamos ante un dilema: o nos hacemos a la idea de viajar en el vagón de cola de occidente o nos enteramos de una vez de que las mejores democracias, como Estados Unidos, Alemania o Gran Bretaña han construido unos sofisticados nexos entre la pervivencia de una participación popular en la vida de las instituciones y la configuración de lo que puede denominarse “modos neoelitistas de formación y selección de los dirigentes políticos”. Sin estos, el que el futuro de España sea óptimo sólo podría ser fruto de un milagro. Ahora bien, pienso que se debe creer en los milagros, pero no contar con ellos.

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