Víctor Morales Lezcano | Viernes 15 de abril de 2011
La evolución de los acontecimientos que se han desencadenado en el norte de África y Oriente Medio en el primer cuarto del año en curso traen en jaque a la Casa Blanca americana.
Si es cierto que el deslizamiento de Túnez desde la autocracia a la libertad no le reclamó a Obama demasiada retórica presidencialista, y, mucho menos, costes bélicos de consideración, no ocurrió otro tanto -sin embargo- con Egipto. La petición inapelable de que “Mubarak había de irse ya”, no parecía compadecerse con los acontecimientos que tuvieron por escenario, casi exclusivo, la Plaza de la Liberación en El Cairo; pero, finalmente, ante la repulsa de las gentes del común, Mubarak optó por hacer mutis por el foro y dejar a sus fieles albaceas una herencia envenenada. Así, asistimos desde hace un par de semanas al engrosamiento de las reivindicaciones procedentes de sectores populares en todo Egipto -estudiantes en el campus; obreros en las plantas de producción; pequeños funcionarios (maestros, gendarmes…) y dispersos partidos y grupúsculos políticos en El Cairo y Alejandría.
Toda esta sintomatología del descontento era de esperar y no hay que interpretarla malévolamente, aunque haya que hacer votos para que, luego del encauzamiento institucional del verano próximo, Egipto se encamine hacia una transición democrática. Tampoco, en este caso, tuvo la presidencia americana necesidad de involucrarse militarmente en el cambio no-sangriento con que se produjo la caída del régimen.
En el desierto de Libia, por el contrario, se ha torcido la secuencia modelo de la “primavera árabe”. Por ahora, claro está a la vista, debido al paisaje fratricida que reina en Libia. La presidencia americana decidió iniciar una campaña humanitaria a favor de los sorpresivos núcleos rebeldes que desde la petrolífera región de Cirenaica vienen desafiando a los gubernamentales de Trípoli, con el Coronel como su adalid supremo. Al captarse de inmediato en los medios gubernamentales de Washington, que una prolongación del estado de guerra intestina en Libia acarrearía para la Casa Blanca y la administración de los Estados Unidos por el partido demócrata, una inquietante incertidumbre pre-electoral, Obama, Robert M. Gates, H. Rodham Clinton y algún que otro asesor cauteloso (como Gary Bass, de la Universidad de Princeton) optaron, todos ellos, porque fuese la ONU el organismo llamado a salvaguardar los derechos humanos en Libia, con el sustento militar de la OTAN. Francia y Gran Bretaña pugnarían, de su parte, por conseguir un equilibrio entre las partes encontradas en el desierto de Libia, a la espera mientras tanto de que el coronel supremo fuese víctima de una bala providencial, o de una resolución razonable.
Como acabamos de ver hace una semana, la buena voluntad del gobierno de Sudáfrica, valedor de la propuesta de un alto en fuego en Libia -conducente a una paz negociada y a un estudio sobre el futuro de ese Estado norteafricano- no ha tenido eco en la persona de Mustapha Abdul Jalil y su entorno “rebelde” -con doble apoyatura en Bengasi y en Brega, ambas, capitales cirenaicas.
Por su cuenta, el ardor crítico de los republicanos en Estados Unidos ha ido poniendo contra las cuerdas a la Casa Blanca en el asunto de Libia: ¿por qué no se tomó con más celeridad la decisión de castigar al “Infame”?; ¿puede permitirse la endeudada contabilidad nacional de Estados Unidos un nuevo frente de guerra, aunque, en principio, Londres y París aparezcan como los bravos de turno, sobre cuyos hombros pesará el fardo del conflicto en Libia?, etc., etc..
Dejando aparte las reticencias saudíes hacia el presidente Obama en persona por haber abandonado en el camino a su aliado, Hosni Mubarak, y, más allá de la obstinación gubernamental de Netanyahu y sus socios en el capítulo de Gaza y Jerusalén, que tan poco favor hace al voluntarismo negociador de Obama y de Merkel en el tema de marras, el fantasma de otra guerra prolongada contra el mundo árabé-islámico en el frente libio, no resulta muy atractivo para la Casa Blanca americana en pre-vísperas electorales.
La esperanza de que las fuerzas de la Alianza y de los alfiles franco-británicos -bajo la bendición legitimadora de la ONU- logren poner punto final a la guerra en el frente libio, no equivale a delinear una estrategia adecuada para un final feliz, con un calendario correcto, y con suficiente sentido de la previsión de una solución post-bélica en Libia que sea congruente con la imagen de Obama en su calidad de apóstol de la libertad para el mundo árabe-islámico.
A pesar de la afirmación compartida por los Aliados de que la solución para Libia exige que Gaddafi desaparezca, o que renuncie a su jefatura, no se avizora en el escenario norteafricano de la guerra una inclinación prometedora para el núcleo cirenaico de la rebelión, no obstante el apoyo bélico que la intervención occidental le está prestando desde el aire (y contra las tropas fieles al Coronel).
Además del callejón de salida estrecha con que se presenta la papeleta libia, no habría que olvidar el incremento de inmigrantes magrebíes y subsaharianos que vienen buscando asilo en la isla italiana de Lampedusa -y probablemente, por difusión, en el sur de Sicilia-. Este efecto colateral del asunto libio, afecta bastante más a los 27 miembros de la Unión Europea -muy en concreto al tejido de solidaridad franco-italiano- que a la Casa Blanca americana.
Ante la ausencia europea de una política migratoria coherente, tanto Maroni como Frattini, en sus respectivos ministerios de Interior y Asuntos Exteriores, han amenazado desde Roma con revisar la pertenencia de Italia a una Unión tan desunida en aquellos momentos en que la hora de la verdad lanza a sus miembros el desafío de una vecindad mediterránea en fase de cambios.
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