Opinión

Rafael Azcona, el más humilde

Juan José Alonso Millán | Jueves 27 de marzo de 2008
El más grande de los guionistas españoles era un ser humildísimo. El mérito residía en el productor, porque lo había contratado. El director era el responsable de lo que salía en pantalla. El público acudía al cine, por ver a los artistas. Lo suyo, lo de inventarse la historia y escribirla no tenía importancia y lo hacía cualquiera.


Coincidí con Rafael Azcona en los tiempos de “La Codorniz”. Se lo escribía todo: “El repelente niño Vicente”, sus dibujos, sus artículos y cuentos de humor negro sobre los desvalidos y sarcásticos personajes de posguerra. Acababa de publicar una novela, “Los muertos no se tocan, nene”, y pretendía vivir de escribir en los años setenta. Una locura para uno que aterrizaba procedente de Logroño, sin más equipaje que su talento. De aquella época viene mi relación con Azcona. Nos veíamos por las noches en la tertulia del Café Comercial, en la mesa cercana a los lavabos. El genial novelista Ignacio Aldecoa y su mujer Josefina, el editor Fernando Baeza, Eusebio García Luengo, que se afeitaba con tijeras, Marcelo Arroitajáuregui, censor vocacional, Mario Antolín, que escribía crónicas para el “Heraldo de Aragón”, con su mujer María Fernanda D’ Ocond, Fernández Santos y alguna más, que no recuerdo.


Como en la habitación de la pensión donde dormía Azcona no había calefacción, él iba al café a las nueve de la noche, tres horas antes de empezar la tertulia. Se apoltronaba en el sofá de la mesa vacía, se quitaba los zapatos y dormía tapándose la cara con un pañuelo. En la charla, era inteligente, culto, divertido y, sobre todo, humilde. Por eso, se le apareció un buen día Marco Ferreri, un director italiano que le compró un cuento, “El cochecito”, al que seguiría “El pisito”, y Azcona abandonó la pensión y el Comercial y se marchó a Italia.
Enamoró a la profesión con los guiones que le dio la gana. Para Mastriani escribió “La perra”, la historia de un fraile que convive con una perra, mucho antes de que a Albee se le ocurriera lo de “La cabra”.


Con Berlanga hizo “Plácido” y “El verdugo”, está última la mejor del cine español, en blanco y negro y con la censura franquista. Luego vendrían muchas más, todas geniales. En los años ochenta, ya más mayores y con más cosas que contar, volví a reunirme con Azcona los lunes a tomar el cocido que servía el restaurante Valentín. Los comensales asiduos éramos los que más hablábamos del país; Berlanga, Fernán Gómez, Alexandre, Gabilán, Justo Alonso, etc. Berlanga acabó con aquella reunión, porque no nos dejaba meter baza a ninguno y los que allí íbamos era para hablar. Para Azcona, lo único que tenía importancia era el cocido y sobre todo la sopa. Decía que no se le ocurría nada, que no había ideas, que había perdido ingenio y que sobre todo no entendía que había gente que quería darle trabajo.


Tenía un sentido de la vida a través del cristal distorsionado de sus gafas, inventando un costumbrismo pesimista y sarcástico. Admiraba a Mihura y Tono, a Pitigrilli y Mosca. En su obra literaria está presente la muerte, casi siempre para cachondearse de ella. Seguro que al conocerse se habrán tomado unos tintos de Logroño. Habrá que ir pensando dónde vamos a hacer la próxima tertulia, espero que en un sitio confortable.

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