Sábado 16 de abril de 2011
Estos días, los japoneses celebran la flor del cerezo. La costumbre se llama “Hanami”, literalmente “ver la flor”, y es un rito nacional de primavera. Su origen se remonta a la época de Nara (710-794), aunque fue el emperador Saga (786-842) de la época Heian quien la popularizó. Organizó en Kioto unas fiestas --siguiendo el modelo chino de apreciación de las flores-- que enseguida sirvieron de modelo para la aristocracia primero y después para las clases populares. Centró, además, la atención en la flor del cerezo y no la del melocotonero, como era más normal hasta aquel momento. Aunque parecidas, la flor del cerezo es más delicada y efímera.
En las fiestas, se comía y se bebía abundante sake bajo las ramas de los cerezos en flor. También se escribían poemas y se intercambiaban entre los presentes. Algo parecido a las “jam sessions” de poesía que este invierno han aflorado por Madrid. Pero mientras que los temas en las “jam sessions” madrileñas digamos que son más bien eclécticos, en el “Hanami” tenían que ver con la belleza y su transitoriedad, con la inquietud primaveral de los corazones y con el carácter flotante del ser humano y del universo. En el siglo IX, Ariwara no Narihira, escribió:
“Si no hubiera flores de cerezo en este mundo
nuestros corazones estarían más serenos en primavera.”
La flor es símbolo de muchas cosas, tiene el estatus de metáfora compleja. Por un lado, simboliza la belleza. También el renacimiento y la muerte. En ese sentido, el “Hanami” es la Semana Santa, la Pascua japonesa. Si la palabra “pascua” está emparentada con la latina “pascuum” (pastos), ya que la cuaresma acaba y el ser humano puede volver a pastar a su voluntad tras el ayuno, en Japón el “Hanami” está acompañado de abundantes comidas y libaciones. En los dos casos se celebra el renacimiento del espíritu de la naturaleza, pero en un curioso orden invertido: en la Pascua católica es primero la muerte y luego la resurrección, mientras que en el “Hanami” japonés primero es la resurrección (floración) y luego la muerte (caída del árbol). El ciclo y su significado, sin embargo, son similares.
La flor del cerezo se emparenta muchas veces con el proceso de la vida. Nuestras vidas son como flores del cerezo: brotan, llegan a un momento culminante, y luego se marchitan y caen como nieve primaveral. Esta vida paradigmática corresponde muchas veces a la del samurai, preparado por formación para brillar y luego extinguirse en su plenitud. La flor del cerezo turba los corazones porque nos habla de lo efímero de nuestras vidas. Y como buen “carpe diem” nos prepara también para la apreciación de lo bello. Y lo bello turba nuestros corazones, los hace vibrar y desear. Desear la flor humana y la divina.
En Japón se dice que las flores de los cerezos eran blancas y que se volvieron rosas por la sangre de las mujeres de los samurais que se quitaban la vida junto a un cerezo cuando su marido moría en combate. El suave color rosa de la flor habla por tanto de la fidelidad, de su coste y de su belleza. Motojiro Kajii escribió una bella historia en 1925, “Bajos los cerezos”, cuya primera frase “los cuerpos de los muertos se entierran bajo los cerezos” se cita a menudo en relación con el “Hanami”. Los japoneses son muy dados a apreciar las primeras frases de las novelas. Son muy metonímicos. Lo cierto es que la relación de la muerte como base de la floración de los cerezos nos vuelve a remitir a la Semana Santa y a la pasión y muerte como base de toda resurrección. A las batallas florales del Levante español tras el domingo de resurrección. Y ya sabemos, o sospechamos, que toda resurrección es una catarsis personal en la que pasaremos de gusanos a mariposas. Tras la que volaremos atraídos por las flores, o por las luces como falenas nocturnas.
La palabra de la flor, “hana” tiene también otro uso interesante en la lengua nipona. Para Zeami, el tratadista del teatro Noh japonés, “tener la flor” es tener el secreto de un arte. En concreto, del arte de la interpretación. En un sentido general, es poder mover los corazones de los demás mediante una práctica artística. Si una persona “tiene flor”, posee un don especial, muy similar al “ángel” lorquiano. O al “duende”, que todo depende la naturaleza del atractivo, si es claro u oscuro.
Las fechas de la floración se siguen en Japón con sumo interés, tanto que se dan en televisión como si se tratara del tiempo. Son variables, como deben ser las de un rito que nos habla de la transitoriedad de las cosas, y como las de la Semana Santa y su primera luna llena tras el comienzo de la primavera. La luna y la flor se unen estos días para decirnos cosas. Sin ser muy conscientes de ello, quizá como debe ser, asistimos a un teatro natural en el que los elementos naturales personifican nuestra vida. El poeta Issa (1763-1827) escribió: “A la sombra / de los cerezos en flor / nadie es un extraño.” ¿Cerezos o muchachas? se preguntaría quizá Proust en semana santa.
Este año, la época mejor para ver el sakura --la flor del cerezo-- en la zona de Osaka y de Tokio ha sido del 6 de abril al 16. Del 17 al 24 toca en Sendai, la zona devastada por el terremoto y el tsunami. Los cerezos que no hayan sido arrasados por las olas, inmunes al dolor humano, florecerán. Sus flores caerán cuando nosotros estemos celebrando el domingo de resurrección. Estoy seguro de que en el ánimo de los ancianos que quedan en la zona de evacuación y que no han querido salir convencidos de que ya no hay cáncer que acabe con ellos y que si lo hay qué más da, las flores tendrán un significado especial.
En definitiva, con flores o sin ellas, con “jam sessions” de poesía o con las estridencias de las radios o televisiones, con el espaldarazo de la luna llena o con el de los atascos de salida y entrada, asistiremos a la gran metáfora del cambio. Pondremos en ella nuestro “ángel” particular, nuestra “flor” personal. Es un proceso extraño, en el que hay que morir. Moriremos con gusto. Preparados, claro está, para resucitar.
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