Juan José Laborda | Domingo 17 de abril de 2011
John Rawls (1921-2002) nació en Baltimore en una familia de confesión “episcopaliana”, el equivalente norteamericano de la iglesia oficial de Inglaterra. Siendo joven estuvo dispuesto a cursar estudios sacerdotales. “La breve indagación sobre el significado del pecado y la fe”, su tesis de licenciatura de 1942, fue escrito un poco antes de ser movilizado como soldado para entrar en la guerra del Pacífico. En “On My Religion”, que redactó cuando tenía 76 años, Rawls confiesa que dejó de creer en la religión que predicaba su iglesia, cuando vivió las circunstancias horrendas de aquella guerra. Acabó por abominar las actitudes que alentaban a matar enemigos por la voluntad de Dios. Esta contradicción sobre la omnipotencia de Dios, se tornaría en una defección personal, respecto de su fe juvenil, cuando Rawls conoció las matanzas de judíos en Europa: “Cómo podía rezar y pedir a Dios que me ayudara, a mí o mi familia, a mi país, o a cualquier otra cosa valiosa que tuviera importancia para mí, cuando Dios no estaba salvando de Hitler a millones de judíos”.
No obstante, cuando Rawls perdió la fe, mantuvo sus fundamentos éticos. Siempre me han interesado las diferencias entre los protestantes y los católicos cuando se produce una crisis de su fe religiosa. Tal vez por el hecho de una relación directa con Dios (el conocido “sacerdocio universal” de Martín Lutero), los cristianos reformados no suelen pasar al anticlericalismo cuando dejan de creer. La disparatada (por casi todos los lados) disputa judicial sobre las “procesiones” o “manifestaciones” de los ateos en Madrid, me parece ilustrativa de esa diferencia.
John Rawls, en su primer escrito de 1942, sostiene unas opiniones cristianas que después se desarrollaron en sus obras posteriores (y que le convirtieron en el pensador liberal más importante de la segunda mitad del siglo veinte). “El placer que se obtiene de las privaciones de los demás –escribió en su obra fundamental- es malo en sí mismo: es una satisfacción que exige la violación de un principio (…) Este principio afirma que las desigualdades inmerecidas requieren una compensación (…) Y la compensación sólo puede venir de la política social del Estado. Años antes, en su “La breve indagación”, Rawls describirá el pecado con parecidos componentes: aparece definido como “el repudio de la comunidad”, por decirlo en otras palabras, dominando o explotando a las personas más débiles. Para Rawls, el pecado, o el mal, no es resultado de los deseos naturales egoístas: “La naturaleza es buena -escribió-, el cuerpo es el templo del espíritu y los apetitos no son ni pro-sociales ni anti-sociales. Todos los esfuerzos por culpar a “fuentes externas”, incluidos nuestros apetitos naturales, son variantes de la herejía maniquea”. Las desigualdades no son naturales, aunque procedan de los méritos individuales: “El merito es un concepto enraizado en el pecado, y se hace bien en dejarlo de lado” (A la hora de hacer política en la sociedad).
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