José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 18 de abril de 2011
Por muchos de sus críticos (aunque no siempre exclusivamente por ellos) Azorín (1873-1967) ha sido visto como el paradigma insuperable del intelectual al servicio del poder. Sus numerosas peripecias y andanzas por todos los caminos de la política española de la primera mitad del siglo XX así semejan confirmarlo. Ácrata sin divisa, pimargalliano, maurista, primorriverista, lerrouxista, falangista, franquista, donjuanista…, ¿hay en los anales de la política española contemporánea una trayectoria más asendereada y calidoscópica que la del eximio escritor de Monóvar? Y, sin embargo, el prosista más original y fecundamente revolucionario de la literatura del mismo periodo fue, ante todo y por encima de todo, ciervetista, esto es, seguidor sin mancha ni desmayo, hasta fecha muy avanzada, de D. Juan de La Cierva y Peñafiel (1864-1938), considerado a su vez, tanto en su tiempo como en la posteridad, uno de los caciques arquetípicos de la monarquía canovista.
Tan íntima relación dibuja quizá el mejor y más completo escenario en la España de la pasada centuria para debatir y analizar los lazos entre literatura y política y, muy singularmente, el papel y función del intelectual en los negocios públicos. No hubo, efectivamente, en nuestro siglo XX ningún autor con más experiencia en el doble plano de la actividad y la reflexión políticas. En una época de admirables cronistas parlamentarios, ninguno superior a él. En un tiempo en el que muchos escritores desempeñaron ocasional o duraderamente algún cargo público de relieve, ningún cursus honorum pudo compararse con el del autor de El chirrión de los políticos: subsecretario de Educación, diputado cunero en varios distritos electorales a través de más de una década… Durante un quindecenio largo su pluma estuvo al servicio incondicional de las posiciones defendidas por su patrón, del que no se recató de atribuirle los elogios más bombásticos, como también lo hiciera antes, aunque sin nombrarlo expresamente, con Antonio Maura, en un pequeño y delicioso libro intitulado justamente El Político (1908). Enfriado con posterioridad el entusiasmo que el estadista balear despertara en el Azorín de los inicios del novecientos, cabe afirmar que, hasta el advenimiento de la Segunda República, toda su fe política se concentró en la figura del todopoderoso prohombre murciano. La correspondencia entre ambos en los años finales de la Primera Guerra Mundial ahora exhumada –Anales Azorinianos, 10 (2007), pp. 271-372- delata una actitud del escritor hacia La Cierva fronteriza de ordinario con la obsecuencia e, incluso, a las veces, con maneras todavía menos recomendables. El vehemente deseo del insigne prosista por aquistarse un escaño parlamentario con el patrocinio del prócer conservador desembocaba en un río inagotable de encendidas loanzas a las dotes políticas de su jefe y patrón.
Nada nuevo bajo el sol… Por supuesto. Pero en un escritor de la trayectoria y calidades de Azorín dicho epistolario es, repetiremos, un campo de análisis de singular importancia cara a un tema que aún reviste suma trascendencia en diversos países, entre ello, el nuestro. Bien que en las democracias avanzadas el protagonismo político de los intelectuales no ofrece, por fortuna, parangón alguno con el usufructuado en la posguerra mundial, no ocurre así en las naciones constitucionalmente menos desarrolladas. En Portugal o en España cualquier acto o efemérides de relieve están precedidos de un manifiesto de los “trabajadores” de la cultura o de miembros de diversas Academias nacionales y regionales, en apoyo de las tesis y posturas de las grandes formaciones políticas; y firmas y rúbricas prestigiadas o famosas mediáticamente se reclaman por las secretarías y estados mayores de las distintas fuerzas políticas. Mezcla de géneros; sometimiento de la pluma al poder. Tal vez dentro de un siglo provoque el sinsabor que hoy lo hace la lectura de la correspondencia mencionada.
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