Pedro González-Trevijano | Martes 19 de abril de 2011
La bullanguera Política es, por mucho que nos traten de convencernos quiénes nos gobiernan, efímera. El Arte es, por el contrario, menos estridente, pero más duradero. ¿Recuerdan las disputas entre nuestra clase política sobre las bondades de las medidas de discriminación positiva, de las listas cremallera y de las leyes paritarias, al objeto de promover una igualdad real entre hombres y mujeres? Enfrentamientos que llegaron hasta el Tribunal Constitucional. Pues bien, los políticos, tanto los convencidos promotores de tales acciones proactivas, como los severos críticos de dichas actuaciones, olvidaron el auxilio del Arte. Los poderosos siempre creen que las leyes son suficientes para transformar la realidad social. Una clase política exageradamente convencida de la eficacia de la función transformadora del Derecho. Yo, en cambio, soy cada día más escéptico sobre la efectividad de tales normas. Me hallo más cercano al papel taumatúrgico del Arte. Algo en lo que he vuelto a reafirmarme tras la visita a la Exposición, con el título bien explícito de Heroínas, que organizan el Museo Thyssen y Caja Madrid.
Las mejores musas se han hecho aquí con el poder. Son las Evas poderosas, fuertes y dominadoras. Nada más lejano al mullido, acomodaticio y relajado reposo del guerrero -¡las guerreras son, precisamente, ellas!- Tanto en su vertiente activa, es decir, el de las propias mujeres pintoras, las Berthie Morisot, Mary Cassat, Lee Kasner, nuestra Maruja Mallo, Nancy Spero, Angélica Kaufmann, Marina Abramovic, Kiki Smith, Julia Fullerton-Batten, Rineke Dijkstra o Mona Hatoum, como pasiva, en tanto que objeto -en este caso más tradicional y extenso- de la obra artística: reinas afligidas -como la fidelísima Penélope-, vírgenes seguidoras de la diosa Atenea, cariátides, ménades, bacantes, amazonas, valquirias, magas, mártires, santas, místicas, atletas, lectoras, cazadoras, campesinas… Toda una pléyade de Juanas de Arco que reclaman su papel de actrices principales.
Unas salas por donde desfilan, representando tan vario gineceo, los nombres de los pintores, en este caso varones, más representativos: Caravaggio, Rubens, Tintoretto, Rembrandt, Goya, Rodin, Degas -no se pierdan el lienzo de Jóvenes espartanas desafiando a sus compañeros-, Pisarro, Munch, Malevich -con su inconfundible Muchacha con palo rojo-, Hopper… El papel de la mujer sigue todavía dominado por su percepción como estereotipo de deseo erótico y de su condición de madre. No hay ausencias en la exposición. Aquí están también las adelantadas Sofonisba Anguissola y Artemisa Gentileschi, y la indomable Frida Kahlo. Una faceta, la pasiva, muchísimo más amplia, pues, que la activa. ¿Seguirán haciendo falta medidas de discriminación positiva? Fíjense, por ejemplo, en los números del informe de la Asociación de Mujeres en las Artes Visuales (MAV): del total de 973 muestras realizadas en España entre 1999 y 2099, sólo doscientas, una quinta parte, lo fueron por mujeres. Y en el Museo del Prado, de los más de 11, 000 lienzos, no llegan a 40 los ejecutados por éstas.
En suma, la Exposición nos hacen situarnos en una agustiniana no ciudad de Dios, sino de las mujeres. Las mejores expectativas femeninas recogidas en De claris mulieribus de Bocaccio y de Christine de Pizan, Le Livre de la cité des dames, se han visto así confirmadas. Mujeres vigorosas, desafiantes y orgullosas que reclaman su centralidad en la historia y en la sociedad, en cuyo testimonio reivindicativo caben, todos los soportes: pintura, escultura, dibujo, grabado, video, fotografía, carteles… En resumen, ¡la sufriente Frida Kahlo se ha impuesto al orondo Diego Rivera!
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