José Antonio Ruiz | Viernes 22 de abril de 2011
La procesión va por dentro. Se empieza perdiendo la fe en la Copa del Rey (siniestro total bajo las ruedas del autobús merengue, imagen metafórica de esta España atropellada), y se acaba perdiendo la fe en la Constitución. Me estoy quedando sin argumentos para rebatir a quienes certifican como hecho probado empíricamente que en este país -¡qué país!- ya no cabe un tonto más, incluídome.
Cinco millones de parados. Una tasa de desempleo juvenil del 43,5%. La prima de riesgo, por las nubes, por culpa de los primos especuladores, de los fondos monetarios internacionales, de las agencias de calificación, los banqueros, los políticos, los jueces y los periodistas, que tienen el solar ibérico descogorciado. Y aquí no pasa nada. Tremendismo apocalíptico. La regresión de la Historia.
El animalario ha llegado a un extremo tal de asalvajamiento, que sólo le alcanza la sensibilidad para comer, dormir y follar. Dicho así, hasta puede resultar una propuesta vital estimulante. Pero no me negarán que, desprovisto de cualquier connotación intelectiva, este “modélico” plan de vida, espejismo recreativo, “piquetón” Piqué, no resulta descorazonador.
Anestesiados como estamos por las tontunas accesorias de la vida, desorientados en medio de la nadería y la trivialidad, a pesar de tanto GPS hemos perdido la brújula de la realidad, la capacidad de rebelión ante las injusticias y el sentido de la decencia cívica, arrastrados por la vorágine de una masa claudicante e inane que tiene de racional lo del mono de la etiqueta alfrediana del anís.
La Sección Tercera de la Audiencia Nacional nos toma el pelo, dictando orden de busca y captura contra el tal Troitiño una semana después de excarcelarlo. Y el ministro del Interior, un tal Rubalcaba, dice que hubiera sido ilegal someterlo a vigilancia para evitar que escapara. Si en el ministerio de Justicia de Caamaño hubiera alguien con un poco de imaginación, le hubiesen pagado el pasaje en el primer avión para que pudiese visitar al prófugo De Juana Chaos, que seguro que estará esperándole, si se lo permiten sus sarpullidos hemorroidales, para brindar con cava por el triunfo de los miserables. Aunque ahora que me pongo a pensar ¡Mira que si está en Palencia! y se ha vestido de nazareno para desfilar en la procesión del indulto de la Hermandad del Cristo de la Misericordia.
Cuarenta alcaldías del País Vasco en manos de etarras. Los Premio Nobel de la “Paz” de Bildu a punto de volver a colarse en las instituciones para seguir viviendo de la matraca de la serpiente a costa del contribuyente. El faisán, impune. Las víctimas del terrorismo, recibiendo infinitamente peor trato que los asesinos, tragando quina ante tanta infamia. Y aquí no pasa nada.
¿Pacto por las libertades y contra el terrorismo? (…) Si el inolvidado Fernando Fernán Gómez estuviera entre nosotros, doy por hecho que exclamaría ¡Váyanse ustedes a la mierda!
Sólo hace falta echarse a la carretera y manta para darse cuenta de que la Guardia Civil de Tráfico parece estar más preocupada por ganarse un bonus a fin de año por haber hecho caja extra por Semana Santa con un nuevo récord de multas, en lugar de ofrecerse voluntaria para perseguir al tarado que perpetró veintidós asesinatos.
Decir estupideces sale gratis. El conseller de Economía y Conocimiento (ni lo uno ni lo otro) de la Generalitat, Andreu Mas-Colell, dice que la independencia de Cataluña es viable, mientras sigue girando a pajera abierta la manivela de los bonos patrióticos, a sabiendas de que el préstamo lo pagaremos todos nosotros. Pero aquí no pasa nada.
Don Javier de Godó, encantado de conocerse, dice que La Vanguardia refleja, con su nueva oferta, la plural y tranquila normalidad lingüística de Cataluña, mientras el director adjunto del diario Sport se desmelena en twitter con una nueva andanada anti-española: «A tots els catalans que esteu avui a València: xiulada ben forta perquè no es senti l´himne espanyol» («A todos los catalanes que estarán hoy en Valencia: Silbar bien fuerte para que no se escuche el himno español»). Pero aquí no pasa nada.
El Titanic de Zapatero se hunde y, ajenos a la tragedia, seguimos bailando al compás que marca la orquesta. Cuatro Barça-Madrid, cuatro, en dieciocho días. ¡A ver si reventáramos! A más de uno le va a dar un trastorno. El primero lo vieron más de once millones de telespectadores; y el segundo, cerca de trece. Con un 75% de share, cualquier amago en vano por intentar atraer la atención sobre asuntos como los que traigo inoportunamente a colación resultan, cuando menos, un ejercicio de sadomasoquismo.
Como Juan Villoro me pregunto cuánto tiempo se puede hablar de fútbol sin sucumbir a la imbecilidad. Aterroriza pensar que, casi con carácter de exclusividad, todas las portadas de los periódicos de todo el mundo abren a diario, o bien con noticias de política, o bien con titulares deportivos. Si esto que sucede no invita cuando menos a la reflexión, es como para empezar a preocuparse por la atonía mental del respetable.
Y lo dice alguien (y perdón por la auto-cita) que se doctoró en esta cosa del Periodismo con una tesis sobre la política del deporte, y que hace unos meses publicó un ensayo, prologado por mi querido Luis María Anson, sobre el opio del pueblo: Fútbol, Pan y Circo. La metáfora patriótico-deportiva de España.
Vivimos en un tiempo de pensamiento único al que este autor sólo encuentra dos explicaciones, cuál de ellas más frustrante: o bien que ya nadie se molesta en pensar – ¡qué pereza! o bien que alguien piensa por todos Los santos inocentes delibesianos, aprovechando la vaguería mental del vulgo rocinante.
Cuánta razón tenía Azaña cuando se lamentaba de que la mejor manera que existe de guardar un secreto en nuestro malquerido país no es otra que escribirlo en un libro. Al final va a ser verdad que las gentes no suelen pensar porque cansa mucho y hasta puede conducir a conclusiones desagradables.
¿Es el fútbol lo que somos? -se pregunta Borja Hermoso. ¿Puede una sociedad entera resignarse a interpretar el papel de mameluco? Jorge Valdano no lo ha podido expresar de manera más lúcida: «El fútbol y la política a lo mejor se asemejan tanto, porque estamos más preparados para pensar con los pies».
Comienzo a pensar que esta «España deprimida» nuestra, como diagnostica aquí en El Imparcial, con su excepcional ojo clínico, el psiquiatra Benito Peral, «padece una depresión psicopatológica». Pero no creo que esa alteración de la psicología colectiva sea consecuencia de una baja autoestima, de una visión negativa de las circunstancias contextuales y de una falta de esperanza, sino de la resignación.
Consuela pensar que, sin tiempo para la reflexión, el próximo día 29 asistiremos al bodorrio del año del príncipe Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton. ¿Maruja yo? Me muero de las ganas de comprobar quién irá más estilosa, si nuestra ex compañera de profesión, hoy princesa de Asturias, Letizia Ortiz, o Rania de Jordania, que esa sí que nunca repite vestido. Aunque si nos ponemos así, puestos a elegir, prefiero a Irina Shayk, sin que esto suponga desmerecimiento alguno por Shakira o Sara Carbonero.
Que Iñaki Gabilondo llegue a la conclusión de que «el periodismo es una actividad odiosa», da cuando menos que pensar, aunque Marius Carol prefiera ver el vaso medio lleno matizando que esto del periodismo seguramente no es lo que era, pero sigue siendo un oficio apasionante.
Permítanme que haga mía aquella ingeniosa frase que hizo fortuna, mediada la década de los noventa, entre los compañeros de profesión, cuando el colectivo se dividía entre "los serbios" y los insignes miembros del "sindicato del crimen": «No le digas a mamá que soy periodista. Prefiero que siga creyendo que me gano la vida honradamente trabajando como pianista en un burdel».
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