Sábado 23 de abril de 2011
Ayer se cumplía un año desde que el primer ministro belga, Yves Leterme, dimitiera ante la incapacidad de formar gobierno y sumiera a su país en una crisis institucional sin precedentes. Las irreconciliables diferencias entre valones y flamencos quedaron plasmadas pocos meses después, cuando los secesionistas de la Nueva Alianza Flamenca ganaron los comicios adelantados de junio de 2010. Un año sin gobierno. Por mucho que Bélgica sea un estado institucionalmente viable, una coyuntura semejante ha de pasarle factura por fuerza. Y, de uno u otro modo, a todos en la unión europea nos afecta.
Son los jóvenes los que más han mostrado su hartazgo ante una clase política incapaz de solucionar la crisis más grave a que ha debido hacer frente el país desde su independencia en 1830. Algo comprensible, si se tiene en cuenta que esa misma incapacidad está lastrando el futuro de todos los belgas, valones o flamencos. Pero es, además, un claro ejemplo de las nefastas consecuencias que supone dar pábulo al nacionalismo, cuyos frutos en el Viejo Continente han sido siempre amargos; el último ejemplo, los Balcanes en los años 90. Afortunadamente, no parece que en Bélgica pueda suceder algo así, pero no por ello sus consecuencias dejan de ser lamentables.
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