Enrique Jardiel Poncela: Novelas (I): Amor se escribe sin hache y ¡Espérame en Siberia, vida mía! Edición de Pilar Celma Valero. Fundación Castro. Madrid, 2010. 710 páginas. 50 €
La benemérita
Fundación Castro reúne en este volumen con atinada introducción,
Amor se escribe sin hache y
¡Espérame en Siberia, vida mía!, las dos primeras novelas que escribiera Jardiel Poncela en consecutivos retiros veraniegos en Fuenfría tras rupturas amorosas. En ambas supera a golpe de risa los tópicos de la peor literatura. De la primera afirmó: “Pienso que las novelas de amor en serio solo pueden combatirse con las novelas de amor en broma”, y al calor del éxito de esta novela inicial escribe la segunda como irrisión de las novelas de aventuras por entregas, aquella multitud de imitadores de Julio Verne, Stevenson o Salgari. A pesar del fulminante éxito de sus inicios, la crítica de su tiempo arrumbó la narrativa de Poncela a la sombra del teatro
jardielesco (cómico fantástico). Y todavía hoy el continuo interés lector por sus novelas carece del respaldo crítico oportuno.
Miguel de Unamuno observó como característica española nuestro “malhumorismo” (quizá más asentado en la crítica que recelosa da por inferior la modalidad humorística). En los años 20 la reflexión sobre el humor fue constante: Pio Baroja meditó largamente en una compleja y fascinante novelita de 1919,
La caverna del humorismo, Gómez de la Serna escribía en
Revista de Occidente “Gravedad e importancia del humorismo”, justo un año antes de la irrupción de la novela de Jardiel en 1929. Incluso más tarde, Wenceslao Fernández Flores leyó ante la RAE el discurso
El humor en la literatura española, en su recepción de ingreso como académico. Con el avance de las vanguardias, Gómez de la Serna reúne a través de las ondas, en la que posteriormente sería la radiofónica cadena SER, a “la pandilla de los humoristas” formada por Edgar Neville, López Rubio y Jardiel Poncela; aquellos que, junto a Miguel Mihura, fueron llamados con el tiempo “la otra generación del 27”, grupo que definirá los patrones de una nueva comicidad en España. Los aportes ramonianos ejercieron de vínculo, y al cobijo de las vanguardias forjaron una comicidad distinta de la decimonónica con Enrique Jardiel Poncela a la cabeza volcado “en el humorismo violento”.
En estas novelas la desilusión provoca una deformación grotesca de la realidad y lo atípico del reproche social las configura como amargas sátiras más que como parodias. Se privilegia allí la reflexión de tintes pesimistas, aportando un espesor que la crítica negó a su teatro. Así, aparece el amor como una constante, en visión negativa a través del sexo y el erotismo y el amargo escepticismo destilado a través del entramado narrativo (atiborrado de coqueteos tipográficos), la amalgama de géneros o los amplios y audaces prólogos llenos de burlas y veras. Todo ello produce, en suma, una hilaridad diferente: “Yo siempre he escrito el teatro de una manera y la novela de una manera diferente”, aún por estudiar con rigor, al igual que el morbo creativo de Jardiel. Mientras tanto, el lector puede disfrutar con suma fruición ya que el humor es una posición ante la vida, y ante la literatura.
Por Francisco Estévez