David Felipe Arranz | Sábado 23 de abril de 2011
Vivimos en la aldea global, en un mundo hipercomunicado donde el conocimiento sólo se concibe si es compartido por todos. En este arranque del siglo XXI pudiera parecer a simple vista que un personaje como don Francisco de Quevedo y Villegas es cosa del pasado. El hombre de nuestro tiempo está huérfano de referentes firmes porque prácticamente todo se le ofrece como un abanico de valores igualmente estimables al alcance de la mano y ya no es capaz de elegir, naufragando en muchas ocasiones en el vasto océano de la Red y de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación. Hay herramientas potentísimas que agilizan hasta el extremo de alcanzar el tiempo real cualquier acción on line, pero… la reflexión no parece buena amiga del clic que el internauta activa con un ratón.
Quevedo sabía mucho de estas prisas y de que el tiempo volaba en la Corte; las gentes apresuradas y los trabajos de urgencia no son sólo propios de nuestro tiempo. Conocía también de los embustes y los halagos, de los riesgos de las “redes” que en el Madrid de los Austrias se tejían enredando a los hombres, haciéndoles perder el norte e incluso la vida. El autor de El Buscón fue un escritor polifacético, como parece que la sociedad actual exige que sean los individuos: polifacéticos, versátiles y polivalentes. Personas con una gran capacidad adaptativa a los cambios que se producen de continuo.
Quevedo fue una personalidad compleja, como lo es el mundo de hoy, o dicho de otra manera, Quevedo resumió en su persona un mundo entero, construido sobre una inmensa labor que abarcaba todos los ámbitos posibles de la cultura, la sociedad y la política de su época. Nada le fue ajeno a Quevedo, de la misma forma que hoy parece que nada se escape al interés de cada uno de nosotros, envueltos en una realidad proteica que se nos comunica cada minuto a través de multitud de canales.
También el siglo XXI se ha abierto envuelto en grandes contradicciones: una inmensa crisis económica de alcance mundial y las mayores cotas de pobreza jamás imaginadas junto a una aceleración progresiva, exponencial y sin precedentes de los avances científicos y tecnológicos encaminados a mejorar la calidad de vida de las gentes.
La validez del pensamiento de Quevedo y su intensidad emergen del pasado para hacerse necesarias ahora, así como su estilo cambiante y su temperamento capacitado para una gran movilidad: la necesidad del genio poliforme y del satírico que señala con el dedo no muestran otra cosa que el deseo de poner en práctica un código ético. Quevedo conecta la picaresca con el estoicismo, de la misma forma que nuestro tiempo enlaza la supervivencia en la crisis con el sentido común. Hoy como ayer juntamos creencia y desengaño, ideal y cinismo a partes iguales. Porque la abstracción metafísica no puede existir sin la realidad tangible y terrenal de quienes aportan algo a las páginas de la historia combinando idealismo y pragmatismo.
Vivimos tiempos locos, tiempos de cambios lentos y también bruscos… y Quevedo sabía y escribía mucho de esto, al igual que su maestro Séneca. Nos invita a meditar y a aprender jugando con el lenguaje y con las palabras, con su ingenio asentado sobre la antítesis continua que constituye nuestra vida. Dejemos con humildad que nos enseñe.
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