Rafael Ortega | Domingo 24 de abril de 2011
Benedicto XVI nos ha vuelto a dar una nueva lección. Ha sido una excelente catequesis la que nos ofreció el pasado Viernes Santo, justo a las dos y diez de la tarde, que según la tradición fue la hora en la que murió Jesús. El Papa quiso responder a través de la televisión a cuestiones que le han sido planteadas por personas de varios lugares del mundo y que alguna vez, seguro, nos hemos hecho cada uno de nosotros. Fue un hecho sin precedentes en la historia de la Iglesia-felicitaciones a la RAI, la televisión pública italiana-, aunque ya Juan Pablo II participó en alguna ocasión, con un mensaje, en un programa de televisión, como las declaraciones que nos hizo a la segunda edición del telediario de TVE, el 15 de octubre de 1982 con motivo de su primera visita a España, que se iba a producir días después. Pero en esta ocasión, el Pontífice respondió a siete cuestiones, en el programa de la RAI “A sua immagine”, que emitió en directo, aunque las preguntas y las respuestas habían sido grabadas en jornadas anteriores.
A mí particularmente me han interesado las cuestiones planteadas por una madre italiana que tiene un hijo, Francesco, en coma vegetativo desde hace dos años, y que quería saber “si el alma había abandonado el cuerpo del joven, o seguía en él”. El Papa dijo a la madre italiana que “por supuesto, el alma está todavía presente en el cuerpo. La situación es un poco como la de una guitarra que tiene las cuerdas rotas y que no se puede tocar. Así el instrumento del cuerpo es frágil y vulnerable y el alma no puede sonar, por así decirlo, en modo alguno, pero sigue presente”.
También la niña japonesa, que ha sufrido el reciente terremoto, que le dijo al Papa que estaba triste y que tenía miedo y que le preguntó a Benedicto XVI, ¿por qué los niños deben tener tanta tristeza y sufrir?. El Papa le respondió que “también él se lo pregunta y que no tiene respuesta, pero que sabe que Jesús sufrió como ellos lo están haciendo ahora y está de vuestra parte”.
Pero creo que las cuestiones más importantes, en cuyas respuestas el actual Pontífice se presentó de nuevo como un gran teólogo, fue las que le hicieron dos profesores italianos. Una acerca de la Resurrección y qué significa que “el cuerpo de Jesús fuera real, de carne y hueso, pero también cuerpo glorioso, que no tuviera las mismas características que antes” y otra sobre “lo que hizo Jesús en el lapso de tiempo entre la muerte y la resurrección, ya que si en el Credo se nos dice que Jesús después de morir descendió a los infiernos, los hombres podemos pensar que algo de esto nos pasará también, antes de subir al cielo”.
El papa dijo que “el hecho de que el sepulcro de Cristo estuviera vacío significa que Jesús no abandonó su cuerpo, que la materia está destinada a la eternidad, pero que adoptó la materia en una nueva forma de vida, más allí de las leyes de la biología, de la física y que esa es la gran promesa para todos los hombres”.
Benedicto XVI señaló que “ese descenso, en las profundidades del ser humano, no debe imaginarse como un viaje geográfico, sino que significa que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención abarca a todas las personas de todos los tiempos. Ese descenso es una parte esencial de la misión redentora de Jesús y no se aplica a los hombres, que ya fueron redimidos por el Señor”.
Una gran lección magistral, una importante catequesis, que nos ha ayudado mucho a los católicos y que suponemos que también habrá enseñado algo a los que ponen en duda tantas cosas y desconfían de todo y de todos. Por cierto, para “todos”, ¡Feliz Pascua de Resurreción!
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