Norberto Alcover | Miércoles 27 de abril de 2011
El próximo 1 de mayo, Benedicto XVI declarará, en nombre de la Santa Iglesia, que su antecesor en el solio de Pedro forma parte de quienes merecen el título de beato. A partir de ese instante, nuestra relación de creyentes católicos, en caso de que lo seamos, con Karol Wojtyla, el Papa que llegó del frío, adquirirá un tinte diferente: de admiración a veneración y de amigo a intercesor oficial, todo lo cual son matices relevantes si bien no modifiquen en demasía nuestra actitud profunda ante este hombre ya convertido en mito.
Juan Pablo II ha sido un testigo de Jesucristo: “Abrid las puertas a Jesucristo”, fueron sus primeras palabras como pontífice, recién elegido y mientras mostraba su fortaleza personal en la balconada de San Pedro. Con las manos fuertemente apoyadas en la barandilla, con aquella seguridad que fue decreciendo a medida que su salud se tornó frágil hasta la tristura de los últimos meses, acabado, encorvado, la mirada huidiza.
Comunicó universalidad a la Iglesia Católica mediante viajes, cartas, entrevistas, actuaciones sorpresivas, siempre con una única preocupación: proclamar a Jesucristo como referente fundamental de nuestra historia y evitar su relativización en los ambientes creyentes. Toda una tarea que la secularización ambiental no permitió que alcanzara su plenitud con la pasión que puso en la empresa. Pero ésa no fue su responsabilidad. No siempre la luz consigue abrirse paso en las tinieblas, como dice San Juan.
Motivó más a conservadores que a avanzados, y así puso en marcha de manera definitiva los llamados Movimientos. Tuvo más confianza en el laicado que en la Vida Religiosa, a la que siempre contempló con exagerada reticencia. Su tremenda personalidad impidió, en ocasiones, que otras personalidades emergieran. Pero ahí está para siempre: enhiesto, dominante, evangelizador, y sobre todo, muerto en el servicio.
Benedicto XVI habrá cumplido. Siempre le fue fiel.
TEMAS RELACIONADOS: