Viernes 29 de abril de 2011
El Senado mexicano aprobó este miércoles el proyecto de la Reforma Política, una iniciativa que contempla la participación de candidatos independientes en los comicios presidenciales de 2012, así como a la reelección de los legisladores federales. Si bien la iniciativa ha sido calificada por algunos sectores como “limitada” o “light”, por dejar en el limbo asuntos claves como la segunda vuelta electoral, lo cierto es que ha generado más sentimientos optimistas que pesimistas.
Tal reforma supone un paso importante para el mantenimiento y consolidación de la democracia mexicana, que demanda un nuevo liderazgo tras el deterioro institucional que ha experimentado el país en los últimos años, acentuado por la escalada de violencia en la que se encuentra inmerso, y en donde el modelo político actual, supeditado en gran parte a una hegemonía de partidos, se ha quedado atrás en el camino, completamente obsoleto en un momento en el que la credibilidad del Estado se encuentra en entredicho.
Es indudable que México se ve en la necesidad imperiosa de modernizar y reformar su arquitectura política para restablecer o instaurar la confianza del pueblo hacia su Gobierno. Una necesidad que quedó evidenciada en el debate que tuvo lugar esta semana en el Senado mexicano. Aún cuando, dicho proyecto presenta agujeros negros y todavía queda mucha tela por cortar; darle cabida a las plataformas independientes no sólo supone un paso significativo hacia una apertura que invita a una mayor participación de los sectores de la sociedad mexicana en el debate público. También significa la irrupción de un relevo que sea capaz de aportar otros enfoques que permitan dirigir al país hacia una dirección que no sólo le acerque a una solución de sus problemas inmediatos, sino que a su vez sea eficaz a la hora proyectar objetivos con potencial de futuro.
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