Juan José Laborda | Viernes 29 de abril de 2011
Compitiendo con el partido entre el Real Madrid y el Barcelona, Juan José Solozábal, Jon Juaristi y yo, dimos a conocer el número 43 de la Revista Cuadernos de Alzate. Está dedicado al “Pensamiento político vasco de posguerra”. Lo hicimos en el Centro de Estudios Constitucionales, y su directora, Paloma Biglino, presentó la Revista y a cada uno de nosotros. Juan José Solozabal, su director, acierta cuando hace mención a la nomina impresionante de colaboradores de Cuadernos. Jon Juaristi recordó que fue él el que propuso el título de la revista: era un homenaje intencionado a Pio Baroja. Su “señor de Alzate” era un personaje moral opuesto a los tópicos de, por ejemplo, “Amaya o los vascos del siglo VIII”, el folletín publicado en periódicos integristas por Francisco Navarro Villoslada, en fecha inmediata a la derrota carlista en su última guerra. Muchos de los tópicos de “Amaya” pasaron a formar parte del imaginario nacionalista vasco. Cuadernos de Alzate se inspira en lo contrario: calidad literaria y científica, democracia liberal y el respeto a la Constitución de 1978.
Estas fueron parte de mis palabras en ese acto de presentación:
"Cuadernos es la obra de unos artistas del pensamiento, como son las personas ilustres que Juan José Solozábal ha convocado hoy a esta mesa, y en la que yo que actuó como un escribano de número, un oficio característico de un vizcaíno que oficia en esta Corte.
Decía que crear Cuadernos tiene un encanto.
Desde luego hacer Cuadernos tiene mucho de eso.
Encanto, creación, arte, magia, amor…
Todo maravilloso…
Excepto que en Cuadernos de Alzate ¡no cobra por hacerlo ni el director!
No es una queja a la Fundación Pablo Iglesias que la edita y nos concede la más completa libertad.
Pero así es.
Éstos y otros autores conocidos publican en Cuadernos sólo por vocación.
Ciertamente, Cuadernos está valorado por las autoridades científicas y culturales como una de las revistas más citadas, es decir, una de las más influyentes en el ámbito intelectual.
Cuando Juan José Solozabal asumió la dirección de Cuadernos –de eso hace ya bastantes años- le preocupó los votos de pobreza con los que se regía la revista con sus colaboradores.
Yo le acompañé en sus peregrinaciones buscando mecenas para poder pagar los artículos originales.
Fue muy interesante. Conocimos una serie de despachos suntuosos donde habitaban algunos de los más conspicuos representantes del capitalismo industrial y financiero vasco. El café fue de alta calidad, incluso las pastas; y las vistas que se divisaban desde las ventanas de aquellos despachos, eran espectaculares.
No sé si el profesor Solozábal recuerda que comentamos con el propietario de un despacho, que a su vez lo era de la empresa, que con aquella visión se comprobaba que Madrid era la capital más arbolada de Europa después de Berlín. Además de aquellas cultas reflexiones sobre la botánica capitalina, como se pueden ustedes imaginar, pusimos nuestra mejor voluntad en convencerles que Cuadernos necesitaba algunas pesetas, en forma de publicidad, para compensar a los que escribían en la revista.
La verdad es que solíamos estar brillantes en aquella misión. Normalmente, nuestros anfitriones asentían cuando les contábamos la dimensión humanista que Cuadernos tenía desde su fundación, su compromiso con la democracia liberal y con la Constitución de 1978.
Como buenos empresarios fueron particularmente sensibles al argumento que todo trabajo de calidad debería pagarse bien, al menos, con cierto decoro.
Alguno de aquellos directivos pasó de los reconocimientos y llegó a remitirnos a los responsables de publicidad y anuncios.
14 años después seguimos como estábamos, ¡y encima ahora con crisis!
En aquella época de prosperidad, uno de aquellos empresarios, tal vez porque me conocía de mucho antes, me dio una opinión que explicaría por qué no nos soltaron un duro: ¡no nos pidas que nos metamos en más charcos!, me dijo cuando hablé por teléfono con él.
Así que Cuadernos era un riesgo.
¡Alguien pensaba que podía mojarse en una misión peligrosa!
Les juro que por un momento sentí la inconfundible excitación de lo clandestino y de lo prohibido.
Después lo analice con el método racional y deduje una conclusión menos grandiosa: Me di cuenta que se equivocaban con el título de la revista: Leían Cuadernos DE ÁLZATE, y llegaron a pensar que defendíamos algo parecido a una rebelión del pensamiento.
¿O era verdad?
Yo creo que los que han escrito y escriben en Cuadernos podrían explicarles que la libertad de pensamiento siempre cuesta un gran esfuerzo. Ralph Dahrendorf, en el libro que escribió en 2009, puso el ejemplo de Erasmo de Rotterdam: personas que siguen pensando libremente aunque vayan en contra de las tesis triunfantes en un momento determinado. En un país de larga tradición de ortodoxia, la evolución en el pensamiento sigue siendo equivalente al perjurio o a la heterodoxia.
Tal vez por eso Cuadernos de Alzate sigue pobre.”
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