Opinión

Monarquías democráticas

Sábado 30 de abril de 2011
La boda del príncipe Guillermo de Inglaterra y de Kate Middleton centró ayer la atención de millones de personas en todo el mundo, empezando por nuestro país. En pleno siglo XXI, acontecimientos de dimensión universal como este enlace son una muestra del tirón que tienen hoy en día las monarquías constitucionales que han sabido adaptarse a la modernidad de los tiempos. La Corona británica lleva casi mil años al frente de una de las naciones más influyentes y poderosas del mundo, el Reino Unido, erigiéndose como uno de los símbolos más enraizados y estables de la misma. La Reina Isabel II ha sabido mantener el legado que le dejó su padre, Jorge VI, -protagonista de la “oscarizada” El discurso del Rey- que fue, según señalan historiadores como Hugh Thomas, el primer monarca que supo acercar la institución al pueblo, sin que esto suponga un menoscabo de la necesaria distancia que por su propia naturaleza ha de mantener un jefe de Estado.

La década de los noventa fue especialmente dura para la monarquía británica y, especialmente, para Isabel II, que vio cómo sus hijos echaban por tierra la contención y discreción que hasta entonces habían sido característicos de su reinado, en lo que asuntos personales se refiere, al menos. Los divorcios de los príncipes y los escándalos que rodearon al matrimonio de su heredero, el príncipe Carlos con la malograda Lady Di –incluyendo su trágica y polémica muerte en París- hicieron una gran mella en una de las instituciones más enraizadas y representativas del ser británico, que pasó por sus horas más bajas.

Paradójicamente, ha sido Guillermo, el primogénito del turbulento matrimonio de Carlos y Diana, quien ha ayudado a revitalizar y reforzar el respaldo popular perdido la pasada década. La Monarquía británica puede presumir ahora de ser una de las instituciones más valoradas por sus ciudadanos. Isabel II, que cumplirá el próximo mes de junio su sexagésimo aniversario en el cargo, ha realizado una excelente labor al servicio de los ciudadanos británicos, mostrándose como una persona respetada y afable, manteniendo al mismo tiempo la dignidad y saber estar que exige su cargo.

La británica, es un buen ejemplo de cómo las monarquías constitucionales europeas han sabido encontrar su hueco en el siglo XXI como puntos de encuentro y garantes de la estabilidad y continuidad histórica de los países a los que representan. Pero, sin duda, hay que reconocer, en este sentido, la excelente trayectoria del Rey Juan Carlos, que ha conseguido establecer una monarquía moderna, eficaz y democrática, con la que ha conseguido el cariño y respeto unánime de todos los españoles. Don Juan Carlos ha huido del modelo cortesano, apolillado y clientelista que caracterizó al reinado de su abuelo, Alfonso XIII, para construir una institución acorde con los tiempos y, sobre todo, al servicio de los ciudadanos de los que, al fin y al cabo, proviene su autoridad. El Rey fue una figura indispensable en la Transición democrática española y sigue, hoy en día, cumpliendo un papel de absoluta utilidad para el país, como punto de encuentro moral y moderador de toda una sociedad.

TEMAS RELACIONADOS: