Domingo 01 de mayo de 2011
El atentado del pasado jueves en Marruecos, en el que murieron 16 personas, se ha producido en un momento crucial en la evolución del país norteafricano –y de toda la región- hacia la democratización, acentuada por la ola revolucionaria que están viviendo los países árabes. Con mayor o menor fortuna, las nuevas generaciones de los países norteafricanos están enfrentándose a los regímenes autoritarios que rigen sus países. En los casos de Túnez y Egipto, las revueltas acabaron con el poder de sus respectivos dictadores y abrieron una puerta a la esperanza en un futuro democrático. En Libia la negativa de Gadafi a abandonar su puesto ha llevado a su pueblo a una destructiva guerra civil mientras que la brutal represión siria deja la situación del país ante un futuro incierto.
En el caso marroquí, el atentado –cuya autoría aun no ha sido reivindicada, aunque todo apunta a Al-Qaeda- llega a menos de dos meses de la votación de la reforma constitucional que acotará los poderes de Mohamed VI. Los jóvenes que consiguieron este logro con sus protestas para reivindicar el cambio en su país, son los mismos que se han apresurado a condenar la matanza y a exigir que ésta tragedia no sirva de excusa para paralizar la necesaria evolución democrática que tímidamente se ha puesto en marcha. Son muchas las voces, de hecho, que opinan que el objetivo del atentado, es precisamente dar al traste con el proceso de cambio.
Bastantes gobiernos caen en la tentación de confundir el aumento de la seguridad con la disminución de las libertades y derechos. El gobierno alauita no debería cometer este error por más que resulte tentador agitar el miedo al islamismo integrista para acallar las incómodas voces que exigen la instauración de un régimen auténtico régimen liberal y democrático. Hasta ahora, la mayor parte de los regímenes autoritarios árabes se presentaban a sí mismos como únicos baluartes capaces de contener el integrismo islámico. La experiencia de los últimos meses, sin embargo, nos ha demostrado que el poder ciudadano, en su legítima ansia de democratización, puede triunfar sin necesidad de ir acompañado de una revolución de tintes religiosos. La tradicional dicotomía entre regímenes antidemocráticos pero laicos –y controlables por parte de Occidente- y regímenes islamistas, parece superada por la realidad.
Por ello, Mohamed VI debería ser consciente de que la frustración que provocaría una ola represiva, como la que siguió a los atentados de Casablanca en 2003, en un momento como el actual, podría ser fatal para el país. Las revoluciones que comenzaron a principios de año en Túnez han encendido una mecha que, como estamos viendo, puede convertirse fácilmente en un incendio devastador. En manos del rey marroquí está ahora que la tragedia del jueves sea la única que veamos en Marruecos.
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