Opinión

Aberri Eguna

Francisco Jose Llera Ramo | Domingo 01 de mayo de 2011
El “día de la patria” lo celebran las familias nacionalistas vascas el domingo de Pascua desde 1932. En esa fecha el PNV quiso rememorar, supuestamente, el momento en que medio siglo antes los hermanos Arana “descubrieron” la patria vasca al darse cuenta que no podían seguir siendo los más españoles, como venía defendiendo el tradicionalismo que profesaban.

Para ello Sabino no ha tenido inconveniente en inventar o travestir tradiciones y palabras, útiles para su arbitrario comunitario. Esta celebración es toda una metáfora del movimiento nacionalista y su evolución desde entonces, al tiempo que refleja las limitaciones de su “imaginada” comunidad nacional. Sabino construyó sobre el ideario tradicionalista, antimoderno y clerical, y desde el vizcaitarrismo más localista un imaginario colectivo con un fuerte componente racista y xenófobo (hoy diríamos “étnico”).

Este imaginario viene funcionando, hasta nuestros días, como una utopía movilizadora de dicha identidad comunitaria. Al partir de una definición victimista y atormentada, como la propia personalidad del fundador, de lo vasco ha condicionado y limitado, si no secuestrado, el desarrollo secular de su ideario motriz, que, por lo demás, ninguno de sus administradores orgánicos se ha molestado en revisar y actualizar. Ligó la identidad a la lengua vernácula vasca (el euskera), identificándola como Euzkadi (o tierra del euskera) -por cierto, sustituido por Euskal Herria desde Lizarra-, y definió la nación por negación del castellano y lo español, creando una sintaxis agónica y ficticia, pero funcional, de país que se muere por su ocupación por la fuerza y al que hay que “salvar” por la fuerza, también.

Con tal sintaxis, simple y autoritaria, sembraba la semilla de la violencia, hoy traducida, eufemísticamente, al “conflicto”, pero convertida en un instrumento útil para la movilización y capitalización de intereses comunitarios de todo tipo. Sin embargo, esto no ha impedido su adaptación circunstancial a escenarios políticos muy distintos, ni que pudiesen compatibilizar su ideario originario con el reciclaje de adherencias ideológicas y discursivas útiles para su competencia, tanto con los actores externos, como los intracomunitarios. Porque, una de las características de su evolución es el fraccionalismo en la disputa por la ortodoxia de los principios, tanto o más, que la gestión de los réditos instrumentales (económicos, sociales, institucionales, culturales o simbólicos) de su despliegue histórico.

El hecho de que el nacionalismo haya blindado el Aberri Eguna para su uso exclusivo, como una fecha de nacionalistas y para nacionalistas y su celebración fragmentaria y contrapuesta, refleja esa agónica dinámica de connotación comunitarista o identitaria. Esta, por un lado, se sustenta en su enfrentamiento excluyente y despreciativo de “lo otro” (lo español), imaginado y vivido como enemigo o amenaza y, paradójicamente, inferior y despreciable. Pero, por otro lado, exterioriza la competición fratricida por el control, si no monopolio, de la definición de la voluntad y el interés “nacionales” o, de otra manera, la pureza identitaria y sus objetivos salvíficos.

Pero, no es solo que el nacionalismo quiera celebrar en solitario el aquelarre de su fiesta particular, sino que también trata de evitar, por todos los medios a su alcance, que la sociedad vasca democrática pueda celebrarse a sí misma. Para su visión comunitarista y excluyente de lo vasco es inadmisible cualquier otra celebración que implique una concepción societaria, incluyente, plural y democrática.

Que la sociedad vasca no es nacionalista y que el nacionalismo no es capaz homogeneizar el pluralismo vasco son evidencias contrastadas en el último siglo. A estas alturas de la historia, el nacionalismo ya debería haberse dado cuenta de ello. Fue el penúltimo en llegar a una arena plural de tradicionalistas, liberales, fueristas, monárquicos, republicanos y socialistas, con los que convivió o a los que combatió, según las circunstancias. Todos se han transformado al compás de la evolución histórica de nuestra sociedad, menos el nacionalismo, que no ha hecho más que exacerbar sus principios cada vez que ha podido controlar las instituciones del pluralismo constitucional. Pero, al final, siempre se acaba encontrando con una realidad machacona: la resistencia de la pluralidad de la sociedad vasca a ser aniquilada o simplificada. No se trata de que el nacionalismo renuncie a sus objetivos, pero si que revise sus principios y su ideario si quiere convivir con normalidad democrática con una sociedad que se expresa y vive de forma plural. Una y otro están obligados a entenderse para convivir en una sociedad abierta, plural y democrática.

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