Andrea Donofrio | Domingo 01 de mayo de 2011
Mientras que por la cuestión de los inmigrantes, las relaciones entre Italia y Francia no eran tan tensas desde el cabezazo de Materazzi a Zidane, muchos periódicos nacionales, y sobre todo internacionales, se han lanzado en una extravagante, pero quizá acertada, comparación: Mourinho se parece a Berlusconi. El parangón puede parecer excesivo, pero tiene un fondo real, tienen mucho en común.
Los dos personajes comparten un ego desmesurado, una retorica demagógica y un excelente populismo mediático. Aparecen poco modestos y escasamente humildes, pero muy astutos y ocurrentes. Utilizan discursos incendiarios, dirigidos a “su” público. Sus frases no son fruto del despiste o de la momentánea ira, sino un preciso cálculo: dicen lo que la gente quiere escuchar, omitiendo lo malo e insistiendo sobre lo dudoso, uno poniendo en marcha la “máquina del fango” (paradigmas de las “amenazas” berlusconianas de “todos tienen esqueletos en el armario” y del “todos culpables, todos inocentes”), el otro cuestionando reiteradamente la regularidad de las competiciones.
Ambos no conocen la autocrítica y en caso de derrota o investigación judicial, la estrategia de de defensa pasa por dos etapas: la primera, hacerse víctima, culpando a los demás para luego pasar al contraataque, disimulando una medida cólera, necesaria para desviar la atención general de las propias carencias. Mejor protestar por una presunta conspiración existente que admitir los propios errores. No, no importa haber sobornado un juez, abusado de poder o incitado a la prostitución a una menor, ni haber presentado un catenaccio digno del peor Capello o la cuestionable lectura de algunos partidos: los fiscales como los árbitros están envidiosos de sus éxitos. Usan, repetitivamente, la infantil excusa de “me tienen manía”, “soy un perseguido”, “los poderes fuertes están en contra de mí”.
Berlusconi y Mourinho poseen un gran poder mediático, una innata seducción que genera sentimientos extremos: o le odias o le amas, imposible permanecer neutral. Se presentan como el salvador del equipo o del país, engañándote antes de que te des cuenta. Incluso saben manipular la realidad: mientras uno te convence de que Nápoles está limpia a pesar de que estés viendo enormes cúmulos de basura, el otro te hace creer que ¡la Copa del Rey es el trofeo más importante de la temporada! Conciben sus “éxitos” como “victorias morales” o producto de sus méritos personales. Se presentan como modelo de éxito, icono de un “triunfador” con pocos escrúpulos y posesores de las claves de las victorias, exhibiendo un estilo provocador y algo machista, pero capaz de despertar envidias.
Adoptan la misma estrategia frente a los medios, inmolándose como “focos mediáticos” para quitar la presión a los jugadores o disimular la compleja realidad italiana. Mientras uno arremete contra los jueces comunistas y la oposición, el otro ataca al público rival y a los demás entrenadores: ambos desafían a la prensa y la tratan con superioridad. La táctica es sencilla: en lugar de hablar de Kaká en el banquillo, de la grave crisis económica italiana o de los abominables escándalos sexuales, se desvía la atención sobre la propia persona, encendiendo polémicas personales, retando al mundo. Se apuesta por crear una realidad reinventada que eclipse los problemas reales o las decisiones equivocadas.
Puede ser atrevido comparar estos dos personajes, pero parece evidente que representan dos “malos referentes sociales”. A parte de ser extremamente cansinos, parecen dos ejemplos de anti-deportividad, de una agresividad contemplada, de una picardía nociva. No se trata de buonismo o hipocresía moralista, sobre todo porque la repercusión de sus gestas es tan diferente: una cosa es perder una Liga, otra llevar un país al borde del desastre. Amados en la intimidad, poco importa que muy pocos se atrevan a defenderlos públicamente (por la teoría de la “espiral del silencio”, nadie se aventura a reconocer abiertamente su voto para Berlusconi, para luego votarle en privado). Aún así, hay que reconocerle un retórica convincente, una natural capacidad de “ganarse el escenario”. Son seductores carismáticos que hacen que se hable solo de ellos, como una obsesión. Difícil valorar o opinar a “sangre fría”. En Italia, para “reflexionar” sobre Mou, tuvimos que esperar su marcha, su partida a España: sólo entonces la gente empezó a recordar su absurda polémica con Lippi, Mazzarri o Cannavaro, las esposas mostradas al árbitro de Inter-Sampdoria (el llamado “gesto símbolo del Mou-pensamiento”), su revelación sobre sus dudas sobre “la regularidad del campeonato” después de un derby con el Milán, su famosa acusación a los árbitros italianos de “prostitución intelectual” (han pasado dos años y medio y seguimos sin saber que querría decir) o cuando en el Chelsea se acercó a un linier con un ordenador para mostrarle un dudoso fuera de juego, olvidando una máxima del fútbol: los árbitros a veces te quitan y a veces te dan. A veces la distancia sirve para recuperar objetividad y visión crítica: ¿cuándo se marcha Berlusconi?
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