Opinión

Al Qaida: ayer y mañana

Luis de la Corte Ibáñez | Lunes 02 de mayo de 2011
El asunto empezó, como se sabe, en Afganistán, en la época en que las tropas soviéticas combatían con el pueblo afgano tras la invasión de 1970. Durante la década de 1980 la guerra afgano soviética atrajo hasta las montañas afganas un significativo número de jóvenes voluntarios, terroristas más o menos veteranos e ideólogos radicales procedentes de diversos puntos del mundo árabe y musulmán. Querían ayudar al pueblo de Afganistán a librarse del invasor soviético y fue la primera vez que surgió algo parecido a lo que podría denominarse unas brigadas internacionales del Islam sunní más extremo. Si bien es verdad que la organización de aquellos voluntarios extranjeros dejaba bastante que desear y que su contribución real a la lucha de los afganos fue escasa, su entrada en el país asiático (generalmente previo paso por Pakistán) fue una de las principales condiciones necesarias para la creación de un fenómeno organizativo e ideológico totalmente nuevo y original, sin precedente alguno en la historia del terrorismo contemporáneo. Desde luego, el islamismo extremo y violento comenzó a existir mucho antes de la invasión de Afganistán. Con antelación había actuado en muchos países árabes y musulmanes pero siempre a escala local o nacional y siempre protagonizado por actores oriundos del país en el que combatían. Pero la participación de musulmanes en una guerra que acabó forzando la retirada de la superpotencia soviética en 1989 alteró completamente la perspectiva de muchos ideólogos y militantes islamistas. Además de ofrecer la oportunidad de que musulmanes de diversos países se percibieran a sí mismos como muyahidines de la Umma (combatientes miembros de una misma comunidad de creyentes), el triunfo de 1989 propició una relectura de los fracasos anteriormente cosechados por el terrorismo yihadista en otros países donde no lograron acabar con los regímenes impíos que, según ellos, les venían gobernando desde que el Islam entrara en decadencia. Aquella relectura, que otorgaría su razón de ser a la propia Al Qaida, señalaba que la resistencia ofrecida por gobernantes apóstatas como los que regían en Egipto, Argelia, Libia, marruecos y otros muchos países árabes o de influencia musulmana no había sido vencida hasta la fecha por culpa del apoyo que les prestaban sus aliados no musulmanes, empezando por Estados Unidos y el resto de las naciones occidentales. Asimismo, la salida de los soviéticos demostraba que esos poderosos aliados no eran invencibles; mucho menos si quienes lucharan contra ellos lo hicieran en nombre de Alá y con su ayuda. Entre quienes a finales de la penúltima década se destacaron por difundir este tipo de ideas se hallaría un líder de origen palestino llamado Abdullah Azzam. Antiguo profesor de Bin Laden en los años setenta, cuando éste último cursara estudios islámicos en la universidad saudí de Yeda, Azzam se reencontró con su discípulo en Pakistán durante la siguiente década y juntos sumaron recursos para facilitar la llegada de voluntarios extranjeros a Afganistán. Y fueron ambos, Bin Laden y Azzam los que ya antes de que acabara aquella guerra anunciaron que la lucha debía continuar para defender a los musulmanes agredido en todo el planeta. Azzam pensaba en continuar juntando musulmanes de diversas nacionalidades para su participación en futuras campañas semejantes a la de Afganistán y para reconquistar todos los territorios que alguna vez pertenecieron al Islam (incluido Al Andalus, por supuesto). Al Qaida no sería otra cosa que una vanguardia orientada a movilizar a otros muchos grupos de “valientes” muyahadines en esa misma dirección. Pero muerto Azzam en 1989, Bin Laden comenzó a alterar un poco el plan original de su maestro. Influido en parte por la experiencia y el criterio de notros líderes radicales, como el egipcio Ayman Al Zawahiri, Osama añadió un punto fundamental a su agenda: el hostigamiento terrorista a Estados Unidos y sus aliados occidentales por su condición de aliados a los dirigentes apóstatas a los que tarde o temprano habría que derrocar.

A partir de lo anterior vino todo lo que ya conocemos: la forja lenta de Al Qaida, primero mientras Bin Laden residía en Sudán y luego, más definitivamente en Afganistán, al amparo de los talibán; y el despliegue de una amplísima actividad destinada a potenciar el proyecto de una yihad global contra cruzados, judíos y apóstatas. Se trataría de una guerra pretendidamente santa que se desplegaría a escala mundial, con los países e intereses occidentales como principal objetivo aunque no único y para cuya promoción Al Qaida desempeñaría una variedad de papel y adoptaría diversas formas. La organización de Bin Laden perpetraría atentados con sus propios medios, lo más espectaculares y destructivos posibles. Los cálculos del Consorcio Nacional de Estados Unidos para el Estudio del Terrorismo y el Contraterrorismo indican que la Al Qaida original ejecutó por sí misma un mínimo de 84 atentados terroristas entre los años 1998 y 2008, provocando con ellos 4.299 víctimas mortales y otras 6.300 heridas. Buena aparte de las muertes causadas ocurrieron en el transcurso de unas pocas horas, gracias a los ataques del 11-S (2.994 personas inocentes asesinadas). La masacre de Nueva York y Washington reveló la especialidad de Al Qaida: ataques con suicidas contra objetivos estadounidenses y occidentales, contra edificios de evidente valor simbólico y en lugares atestados de ciudadanos corrientes y masivos. Además de las bajas causadas e aquel día infame de 2001, lo que los expertos denominan Al Qaida central (Al Qaida organización) ha realizado otros 15 atentados de alta letalidad, si por ellos entendemos los que producen más de 25 víctimas mortales. A este terrorismo directo hay que sumar todo el resto de actividades con las que Bin Laden ha tratado (con inmenso éxito) de contribuir a que otros grupos e individuos colaboran total o parcialmente en su guerra: creación de campos de entrenamiento para terroristas, establecimiento de alianzas y colaboración con otras organizaciones yihadistas de diversas partes del mundo, propaganda, etc. Con todo, es bien sabido que la operatividad de Al Qaida menguó drásticamente al perder su refugio afgano en otoño de 2001 y desde entonces no ha hecho sino empeorar. La desaparición de Bin Laden podría acabar con esta fase de decadencia para dar paso a una etapa de crisis, quizá definitiva. Crisis de liderazgo, porque acaso nadie dentro de Al Qaida sea capaz de representar el mismo papel que ejercía Osama. Y crisis moral, o de “moral” de sus propios militantes. Con todo, no hay que olvidar que otras muchas organizaciones terroristas han logrado sobrevivir a la muerte de un fundador carismático.

Sí, el futuro de la organización creada por Bin Laden puede estar en peligro. Pero esta afirmación sólo es válida si aplicamos algunos matices, pues el fenómeno Al Qaida no acaba en la propia organización que hasta ahora operaba bajo las órdenes directas de Bin Laden sino que continúa con la actividad desarrollada por las organizaciones afiliadas recién mencionadas (hoy se cuentan un mínimo de 33) y por las denominadas “redes yihadistas de base”, compuestas por individuos que carecen de contactos con Al Qaida o con sus socios pero que comparten su ideología y procuran aportar su granito de arena a su lucha, ya sea difundiendo su ideología, radicalizando y captando voluntarios, ofreciendo apoyo logístico o económico o cometiendo atentados por su propia cuenta. Estos dos tipos de actores aún existen y corto plazo cabe suponerles implicados en atentados que traten de vengar la muerte de su admirado Osama (es decir que tomen su muerte como un nuevo pretexto a favor de sus propios intereses y objetivos). Respecto al medio plazo se podría conjeturar que al desaparecer Bin Laden el proyecto de Al Qaida ha quedado huérfano de su principal referente personal y simbólico. Pero lo cierto es que hace ya años que otros líderes radicales, que gozan de amplia presencia en las web yihadistas y cuentan con numerosos simpatizantes, venían quitándole protagonismo la saudí y que podrían tomar su relevo definitivamente, ahora que Bin Laden ha muerto. Entre ellos sobresalen Ayman Al Zawahiri, Abu Yahya Al Libi, Naser Al Wuhaishi y Anwar Al Awlaki. Con el apoyo de estos u otros líderes, con mayor o menor impacto, el yihadismo aún permanecerá activo por largo tiempo.

TEMAS RELACIONADOS: