Marcos Marín Amezcua | Lunes 09 de mayo de 2011
Las siguientes son palabras duras, necesarias, que resultan inevitables y defienden una verdad, como otros defienden la suya. Sépase que no puedo opinar acerca de qué tal estuvo la megamarcha del 8 de mayo a favor de la paz con justicia y dignidad organizada en México, pues no asistí a ella como millones de mexicanos se abstuvieron de hacerlo. Programada de súbito en la capital mexicana, me negué a ir movido por varias razones.
Javier Sicilia, el poeta convocante, de cuya existencia supe el día que se informó del asesinato de su hijo junto con otras personas a manos del crimen organizado, el dolor y la impotencia le movieron a apadrinar una megamarcha que recibió varios nombres, entre ellos, la del silencio. Fue multitudinaria y reclamante. Pero a mi juicio aportó nada en el combate al crimen organizado.
Aunque no se sabe el móvil del asesinato, que valdría conocerlo para saber si fue un desafortunado caso fortuito o no, y considero que de cara a la opinión pública merece conocerse toda la verdad; mientras diré que Sicilia no es más que nadie ni se distancia de otros que han perdido a seres queridos de forma violenta. No es diferente a ellos. Su hartazgo no es ni de lejos, distinto ni privativo del nuestro, buscando que se restituya la paz pública. Hay una opacidad en la nota roja que no me gusta. Se exige transparencia a otros. Pues igual. Y es mi derecho que no me guste esa opacidad que encubre tal tragedia.
Luego, revisando en la red y en periódicos impresos u oyendo en la radio a Sicilia, de sus proclamas y discursos reproducidos ampliamente no observo más que reclamos al gobierno de Felipe Calderón, sin una sola propuesta seria o paliativos del todo viables e integrales que acaben con el crimen organizado en todas sus modalidades, crimen organizado que le está disparando a la gente de a pie. Le pide sí, que cese funcionarios y que deje de poner al ejército a perseguir narcos, pero no le da a Calderón nada a cambio, por ningún lado. Le exige que repliegue a las tropas, lo cual como es natural, también desea ardorosamente el narcotráfico, pero no le propone absolutamente nada que compense tal retiro. Por ello si miramos con atención, no me parece cuerdo, no me parece claro qué se quiere en realidad al marchar de forma multitudinaria, por muy concurrida y sentimental que sea la reunión. Y por eso me abstuve de secundarla.
Los organizadores no le exigen realmente nada al crimen organizado ni que cese su violencia contra la sociedad mexicana. Algunos convocantes, muy tardíamente se percataron de la extrañeza que eso causaba y tibiamente recularon y lo hicieron, pero ya era tarde. Mostraron que no era su motivación expresárselo a los asesinos que nos merodean y acechan. Así de fácil. Ello me desmotivó a secundarlos. Y hay quien pregunta porqué debemos exigírselo a los maleantes, haga usted el grandísimo favor. Mejor hacerlo a Calderón.
La megamarcha se infiltró no solo de ciudadanos, sino de opositores al gobierno Calderón. Opositores que nada serio han propuesto que mejore la oferta de que se quite al ejército a combatir al narco. Exigen lo que no ganan en las urnas. Se desprende que los convocantes quieren paz y no dicen a qué precio, no lo dicen. Las listas de convocantes son la plana mayor y visible de líderes de izquierda. De ninguna manera son la sociedad mexicana al completo. No lo son. Y lo saben bien. No está mal que se organicen, pero no pasa desapercibido que el acto ha sido un repudio al gobierno de Felipe Calderón que suma muchas más cosas que la violencia como pretexto y eso desvirtúa el reclamo. Sicilia parece ser simplemente el estandarte que se presta al juego.
No puede negarse que en gran medida es un movimiento que viene de muy atrás, que no nace de Sicilia, que está financiado sin saberse cómo. Camisetas, banderines, mítines por doquier se montan sin saberse quien realmente está detrás, financiándolo y hay severas sospechas. ¡La sociedad civil lo hace! claman desconcertados y cómplices, los organizadores. Solo que se nota que se mueve demasiado dinero para ser aportado por una sociedad civil que vive al día y no le sobran los céntimos para derrocharlos como se viene haciendo por parte de los “organizadores”. Por eso no los secundo.
Tras el discurso central en la Plaza Mayor de México D.F., el Zócalo, el 8 de mayo, se leyeron 6 puntos que sustentan un pacto nacional por un México en paz, con justicia y seguridad. No es mala idea, peor se antoja muy parcial. Demasiado. Sigue inculpando al gobierno fundamentalmente y no exige a la sociedad y demás actores al completo, olvidando que la guerra es de todos.
No podemos olvidar que en 2004 en una marcha similar organizada por sectores de clase media y alta, algunos de los convocantes de la marcha que ahora pretenden que sea la única valedera, denostaron y desdeñaron aquel esfuerzo. Ahora piden apoyo y cuestionan a quien se abstiene de secundarlos. Así vamos en el tema de la violencia. Exigen ahora la solidaridad que no están dispuesto a prodigar. No valdrán más sus esfuerzos que los de otros sectores. No valdrán más sus impuestos que los que pagan otros. No tienen más derechos. Habemos millones que no estamos de acuerdo en la violencia que se ha desatado en el combate al narcotráfico y entendemos que es al crimen organizado y no al Estado Mexicano, al que hay que vencer. Por ello optamos por otras vías institucionales, para no aplaudir el actuar de esos grupos convocantes de marchas, pero tristemente facciosos.
Sicilia ha condenado a los partidos por corruptos y convoca si no cambian, a un verdadero boicot electoral. No me parece esa propuesta ni institucional ni democrática. No me extraña pero no la comparto ni la secundo. Tal parece que los partidos de izquierda, sobre todo, apuestan a ganar elecciones y solo entonces, después de conseguirlo, nos dirán la súperformula que cocinan para mejorar la oferta de Felipe Calderón. ¿Ven ahora porqué no secundé esta marcha? La verdad, sospecho que nos quieren tomar el pelo. Pretenden que comulguemos con ruedas de molino. Conmigo no cuenten.
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