Opinión

Tren a Pakistán

Joaquín Albaicín | Lunes 09 de mayo de 2011
Cuando, allá por 1992, pisé por primera vez India, una de las herramientas que más me ayudaron a desempolvar y poner al día mi inglés -bien aprendido en el colegio, pero oxidado desde hacía tiempo- fue la novela “Tren a Pakistán”, de Khushwant Singh. Me extrañó mucho no haber escuchado hablar jamás de quien era allí –como en gran parte del mundo de habla inglesa- una verdadera estrella mediática, así como que la novela no hubiera sido publicada nunca por estos pagos. El asombro me duró poco, ya que la lectura habitual de los diarios me puso al tanto en un visto y no visto de que los acaeceres cotidianos de España, Francia o Italia no revestían en la planicie gangética demasiada importancia frente a los de China, Rusia, Irán, la antigua metrópolis británica o, por descontado, Pakistán (y viceversa, claro). Aquella primera estancia en Asia me supuso, en fin, la caída definitiva de cualquier dosis de eurocentrismo –reconozco que ya, para entonces, ciertamente escasísima- que, a mi salida del aeropuerto de Barajas, pudiera acarrear a modo de impedimenta.

No puedo, por tanto, sino celebrar la aparición en castellano, de la mano de “Los Libros del Asteroide”, de esta narración tan directa, sincera y rítmica del inmenso drama que supuso, para cuantos la vivieron, la Partición de India, sobre la que tan largo y tendido conversé, en nuestros encuentros en “Manila” (la cafetería, no la capital), con mi querido amigo Mukur K. Khisha. Cuando nos conocimos, era ya un prohombre jubilado del Indian Foreign Service, pero un día había sido uno de esos millones de niños desplazados de su solar natal –en su caso, el actual Bangla Desh- por las milicias de uno y otro bando, armadas hasta los dientes y ávidas de sangre y saqueo, que dejaron por todo el Subcontinente, como rastro de su paso, un inacabable reguero de trenes y autobuses inmóviles… cargados de cuerpos mutilados y sin vida.

Hay guerras buenas o malas, parece ser, dependiendo de las conveniencias electorales o mediáticas de los políticos en gira de despedida y de cómo interese pronunciarse o no a la ONU. Lamentablemente, las contiendas ya no se ganan en base al valor, la fe en la causa o la destreza en el uso de la espada. Un programa informático activado a tres mil kilómetros del lugar donde impacta el “Tomahawk” lo resuelve todo (para desgracia de miles de personas, en su mayoría completamente ajenas al conflicto y que no han pedido a nadie ser “salvadas”). Y se supone que esto constituye un enorme logro, que salva muchísimas vidas… Tampoco quienes son embutidos en un uniforme y equipados con casco y armas ligeras para el combate cuerpo a cuerpo son, como en el pasado, integrantes de la casta guerrera, y ni siquiera son siempre –sobre todo, en Asia, África y Sudamérica- soldados profesionales. Y esto es otro logro, nos dicen: es magnífico que. desde la democratización de la guerra por la Revolución Francesa, en los conflictos armados nos vemos involucrados todos, por más que podamos descender de cien generaciones de panaderos, contables, equilibristas o artesanos de la madera.

“Tren a Pakistán” es una novela acerca de cómo mantener la calma en situaciones extremas y, en especial, sobre lo poco que puede uno confiar en el vecino de toda la vida cuando una de esas situaciones extremas se aproxima. También es una novela sobre un hombre de paso por una aldea de Punjab al que los agentes de la ley, por pura conveniencia policial y política, enchironan bajo una identidad que saben que no es la suya… Un lío.

Este país vecino de India se ha puesto, coincidiendo con mi lectura de la novela, inopinadamente “de moda”, e imagino que habrá un montón de periodistas deseando, en estos días, tomar un tren a Pakistán, y en concreto a la aldea de Abbottabad. donde se acaba de abatir a Osama Bin Laden. No sé si merece la pena. Primero, por lo previsiblemente inhóspito del lugar para quien haga determinadas preguntas indiscretas. Segundo, por las sorprendentes incongruencias de la historia. ¿Cómo es posible que el supuesto líder de una supuesta organización terrorista, con supuestas ramificaciones y células durmientes desplegadas por todo el supuesto mundo, no guardara en su casa ni una mísera pistola? ¡A cualquier etarra de quinta fila le incautan seis o siete! Abu Nidal, que andaba ya en las últimas cuando se lo cargaron, almacenaba en su minúsculo apartamento de Bagdad poco menos que un polvorín. Teniendo en cuenta esa insólita falta de protección personal que rodeaba a Osama Bin Laden, se siente uno tentado de preguntarse si su vida tenía en realidad algo que ver con lo que los portavoces de la telerrealidad llevan años contándonos… e incluso si esta heroica operación de comando ha tenido alguna vez lugar.

Sí, yo creo que sería mucho más productivo y fructífero sumergirse en la lectura de “Tren a Pakistán”, una novela vibrante y salida de una pluma de prestigio, que subirse a trenes con destinos inciertos… por no decir que de existencia dudosa.

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