José Antonio Ruiz | Viernes 13 de mayo de 2011
Que terroristas y corifeos nos tomen el flequillo y se regodeen, como cerdos en barrizal, en el sufrimiento de sus víctimas, entra dentro de la abyecta lógica de la infamia de los mal nacidos, por más que Rousseau pecara de ingenuo en su Contrato social al llegar a la errónea convicción de que el hombre es bueno por naturaleza. Pero que los políticos se rían de nosotros en nuestra cara, by de face, no tiene ni media vuelta de campana.
Viñeta de Ricardo en el diario El Mundo: aparece un señor sentado frente a la televisión, absorto en un anuncio. «Campaña electoral: Es usted imbécil ¡Vótenos!». Reacción del televidente: «Me gusta este partido, es menos sutil que los otros pero el mensaje es el mismo». País de votantes fanáticos “eta” bobos, de bellacos “eta” cretinos. ¡Gora España cañí!
En su Ética a la sociedad civil, la profesora Adela Cortina define al fanático como aquella persona que inmuniza sus convicciones frente a la crítica racional. Este cronista, que para ciertas cosas es más bruto que un bocadillo de fabada y sigue los consejos del inolvidado Umbral, que abominaba de los eufemismos, piensa que los votantes fundamentalistas que actúan como forofos reiterando su fidelidad inquebrantable a unas siglas, demuestran responder a un código genético que está más cerca de la oveja Dolly que de Albert Einstein. No estaría yo tan seguro como el profesor Howard Gardner, Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, de que hasta el más corto de entendederas puede llegar a estadista.
Cuesta entender el cerrilismo sectario y maniqueo de los hinchas reincidentes que votan siempre al mismo partido. Claro que sólo así se explica que los candidatos traten como tarugos a sus electores y que estos, lejos de sentirse ofendidos por la simpleza de la burda propaganda utilizada como forraje borriquero, encima les hagan la ola surfera en los mítines, aquelarre goyesco de brujas sodomizadas por el macho cabrío, aunque las alocuciones de los candidatos borderline, que suelen tener el rostro más pétreo que la quijada de su cartel electoral, estén atiborradas de insensateces y chorradas.
Ni me molesto en recomendarles que lean El hombre rebelde de Albert Camus a quienes son incapaces de rebelarse, como lo hace Javier Zamora aquí en El Imparcial, al sentir su inteligencia pisoteada. Al menos Mourinho, cuando se pone llorón y melodramático alcanza a preguntarse ¿Por qué? ¿Por qué?
La fe ciega en presuntas verdades incontestables, que lejos de someterlas a discusión se justifican sin más, sólo puede conducir al dogmatismo o a la ceguera neuronal. No es de extrañar que una parte de la Historiografía psicológica vea en el fanático a un individuo que trata de compensar su sentimiento de inseguridad a través de la afiliación partidista.
Que una calamidad llamada Zetapé, culpable hasta del pecado original de no haber existido Eva Hache, engole la voz diciendo que «miente como un bellaco quien diga que hemos hecho recortes», no merece ni un comentario de barra americana, viniendo como viene de un señor legitimado por diez millones de votos pero deslegitimado por incompetente.
Que Pascual Sala salte al ruedo todo ofendido, gimiendo y llorando como un personaje de la novela de Dostoievski, hasta el ridículo extremo de confesar que se le pone la «carne de gallina» -¡lástima de hijo, que me ha salido omnívoro!- al constatar que alguien ose dudar de la sagrada independencia judicial del Constitucional..., no sólo se me antoja un argumento indefendible y nauseabundo, sino que además provoca hilaridad ¡Qué buen actor perdió la tragedia griega! La náusea, Jean Paul Sartre. Al paso que vamos, acabará cumpliéndose la copla manriqueña de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Entretanto, el mundo al revés: ZP cancela su viaje a Oslo para evitar tener que hacerse la foto con Papandreu, y los secretarios generales de UGT y CC.OO. se marchan una semana de vacaciones a Grecia, de “luna de miel”, país elegido, cayendo como está cayendo la mundial, para la celebración del Congreso de la Federación Sindical Mundial.
Ni peras al olmo machadiano hendido por el rayo, ni vergüenza a quienes carecen de ella. Sólo nos queda el consuelo de pensar que todavía está por nacer el gorrino orwelliano capaz de driblar a su san Martín.
Bien es cierto que no hace falta llegar al extremo violento de rememorar el lamentable episodio del ¡Tarancón al paredón! protagonizado por los cenutrios ultras que aprovechando el funeral de Carrero Blanco, ceja derecha del Generalísimo, le dijeron de todo y nada bueno al Cardenal. Aunque lo mismo no es mala idea, cumpliéndose como se cumple exactamente hoy el 104 aniversario del nacimiento de don Vicente, a quien un día que estaban lloviendo ranas de hace veinte años, entrevisté en su chalet castellonense de Burriana, en torno a una mesa de camilla con brasero, mientras él se fumaba un puro y yo me tragaba el humo y sus respuestas a preguntas que no recuerdo (aunque conservo la grabación) sobre el Concilio Vaticano II o mismamente sobre su famosa homilía en la misa de la coronación del rey Juan Carlos I. Ahora que lo pienso, no todos los días se le confiesa a uno todo un cardenal.
Tan desaconsejable es reaccionar con las tripas, con lo que únicamente se consigue dar pie a la progresía para que nos acuse de andar crispando el ambiente, como mirar para otro lado y silbar como el jilguero de don Mariano, que definitivamente ha abjurado de sus principios, caso de que los tuviera, en beneficio de sus miserables cálculos electorales.
Dejemos pues las hostias para los poligoneros y las navajas traperas para los matones de discoteca. Aunque ya puestos en el disparate de una campaña absurda como el teatro de Samuel Beckett ¿Por qué no una revolución de mil pares de cojones? Ahora que ha comenzado la berrea electoral, este país está pidiendo a gritos una quedaba vía SMS con las chonis a las puertas del Tribunal Constitucional y a pie de las escalerillas de la carrera de san Jerónimo para una performance defecadora, purificante y purgativa. Waiting for Godot. La parodia nacional.
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