Opinión

Un petrificado desconocido

Juan José Laborda | Domingo 15 de mayo de 2011
Hace unos meses, Jorge Trías (antiguo diputado y abogado defensor de Violeta Friedman contra el nazi León Degrelle), nos habló del Panteón de Hombres Ilustres de Madrid a Shlomo Ben-Ami (antiguo ministro de asuntos exteriores israelí) y a mí. Quería escribir un artículo sobre ese desconocido monumento, y en efecto, unos días más tarde, publicaría en ABC un sentido alegato sobre su significado actual. Desde luego, Jorge Trias pensaba que el “Panteón” no debía permanecer en el olvido, y proponía que acogiera los sepulcros de las grandes personalidades del actual régimen constitucional. Como ejemplo, se refirió a Leopoldo Calvo Sotelo, que acababa de fallecer. Shlomo Ben-Ami, además de su compromiso político, es un hispanista que conoce muy bien nuestro pasado. Por eso mismo, compartía las ideas de Jorge Trias. Llegamos a una especie de juramento entre nosotros para recuperar el sentido de ese símbolo del liberalismo español anterior a las dos dictaduras del siglo veinte.

Recientemente, lo visité un domingo por la mañana. El “Panteón” se encuentra cerca de la estación de Atocha, en la intersección de la calle Julián Gayarre con el paseo reina Cristina. Es un edificio de traza bizantina, construido entre 1892 y 1899, según un proyecto de Fernando Arbós. Es decir, en una época en que el régimen de la Constitución de 1876 parecía haber hallado la estabilidad que España necesitaba. Son años de plenitud, definidos por la regencia de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena (la viuda de Alfonso XII), y por la alternancia entre Cánovas y Sagasta. El partido de este último había conseguido el sufragio universal masculino, con lo cual, el sistema político español, en cuanto a los derechos electorales, iba por delante de muchos países europeos. Pero la guerra con Estados Unidos torcería el rumbo con el síndrome del 98.

Tal vez fue una impresión subjetiva, pero el “Panteón” me pareció que era un símbolo plástico de nuestras rupturas con nuestro pasado. Hoy en día están siendo reformados sus jardines, pero cualquiera que entre en ese edificio no encontrará ningún folleto descriptivo de ese lugar y de su significado. ¡Y sin embargo allí se encuentran enterrados, en mausoleos muy interesantes, algunos de los primeros ministros más relevantes del periodo de la monarquía constitucional anterior!

Cánovas, Sagasta, Canalejas, Dato yacen en ese espacio monumental. Conocidos escultores inmortalizaron en mármol la figura simbólica de esos estadistas, y de su tiempo. Mariano Benlliure y Agustín de Querol realizaron las de Sagasta, Canalejas y Cánovas. Nada más trasponer la entrada, el visitante topa con la tumba de Práxedes Mateo Sagasta. Es todo un preámbulo de aquel tiempo y de su semántica: “los liberales a Sagasta”, se lee inmediatamente. Encima del sepulcro, se encuentra la figura de un obrero que lee un libro, y que acompaña a la figura yacente del primer ministro fallecido. En el otro extremo, la Historia, con forma de mujer, cierra las páginas de la historia personal de don Práxedes.

La tumba de Antonio Cánovas, realizada por Querol, abre la serie de gobernantes asesinados por el extremismo de aquella época. El mausoleo de Canalejas, también de Benlliure, impresiona con la metáfora de su enterramiento. La imagen de ese político penetrando en su propia sepultura viene a ser la imagen simbólica del final del sistema parlamentario de la época: asesinado Canalejas, faltaron espíritus capaces de gobernarlo con inteligencia. Próximo se encuentra el sepulcro de Eduardo Dato, también víctima de la violencia anarquista.

Sin embargo Juan Prim, el primer ministro cuyo asesinato fue aún peor por sus consecuencias para España, ya no está en el Panteón de Hombres Ilustres. En 1974, su familia lo trasladó a Reus, dado el olvido en que se encontraba. Las familias de Palafox, y del general Castaños (el héroe de Bailén) hicieron otro tanto en 1959 y 1963, respectivamente.

¿Se imaginan algo similar en el Panthéon des Grandes Hommes de Paris, el modelo del madrileño? Trasladar a Juan Prim, a Palafox o a Castaños hubiera sido igual que hacerlo en Paris con François Carnot, Léon Gambetta o Jean Jaurès, por ejemplo. En Francia, a pesar de revoluciones y de cambios de regímenes políticos, llevan 200 años “panteonizando” a sus grandes personalidades. Más allá de la teatralidad del mausoleo que consagra el Estado, en Francia se aprecia la nación como símbolo de la continuidad y del pluralismo de su sociedad.

Lo que hablamos aquel día Jorge Trias, Shlomo Ben-Ami y yo mismo, tenía que ver con nuestra percepción de que nuestra Guerra Civil, y el régimen que vino después, contribuyeron a dar marcha atrás a nuestro proceso de nacionalización de signo liberal o democrático. El “Panteón” es un pequeño enlace con nuestras fuentes pretéritas. No es bueno que siga siendo un petrificado desconocido.

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