Sabrina Gelman | Sábado 29 de marzo de 2008
El próximo seis de abril George W. Bush y su homólogo, Vladimir Putin, se verán las caras en balneario ruso Sochi para llegar a un acuerdo sobre el escudo anti misiles que Estados Unidos pretende instalar en Europa del Este, el cual constaría de diez interceptores de misiles en Polonia y un sistema de radares en República Checa, que según declaraciones del asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Stephen Hadley, tendrían como objetivo "proteger a la región e incluso a Rusia" de un eventual ataque de Oriente Próximo, específicamente de Irán.
A pesar de las "buenas intenciones" de la administración estadounidense, la iniciativa no convence a los mandatarios Este europeos y mucho menos a Putin. El líder ruso, quiere persuadir a Bush de continuar con un proyecto que no sólo contribuye a tensar aún más las relaciones diplomáticas entre Rusia y Estados Unidos, sino que corre el riesgo de violar el espacio aéreo y territorial de los países implicados en el mismo.
La idea de instaurar un escudo antimisiles en Europa Oriental no es nada nueva. En lo sesenta y con la Guerra Fría en pleno apogeo, llevar a cabo dicha empresa era un anhelo tan perseguido como llegar a la Luna; en los ochenta Ronald Reagan buscó concretarla con la "Iniciativa para la Defensa Estratégica", mejor conocida como el "Proyecto Guerra de las Galaxias". Y en los noventa, Bill Clinton se convirtió en el principal promotor del "Tratado de Misiles de Defensa", una nueva versión del Star Wars de Reagan.
Lo más seguro es que el controversial Escudo Antimisiles salga a colación en la siguiente cumbre de la OTAN, que tendrá lugar la próxima semana en la capital rumana Bucarest. Un tema que seguramente quedará en puntos suspensivos, como siempre se estila en estos casos. Es por ello que Vladimir Putin deberá aprovechar su última actuación diplomática como presidente de Rusia, para zanjar a las orillas del Mar Negro un asunto que ha enturbiado el diálogo entre ambas potencias a lo largo de poco más de una década.
Lamentablemente no ha bastado el fin del comunismo ni el de Saddam Hussein o las miles de bajas estadounidenses en Afganistán e Irak, para calmar la obsesión norte americana de querer armar al mundo en aras de la paz mundial. Algo que en realidad es una adicción a la pujante economía de guerra que puede ser ciertamente perjudicial para la seguridad internacional.
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