Opinión

21 de mayo: ¿Apocalipsis?

Joaquín Albaicín | Miércoles 18 de mayo de 2011
Me resulta algo arduo de comprender cómo la estructura psicofísica del hombre occidental haya podido cambiar en apenas quinientos años hasta el punto de, a día de hoy, no dedicar éste un solo pensamiento cotidiano al Fin de los Tiempos, señalado por todas las enseñanzas sagradas –con razón o no, según a qué parámetros de medición se recurra- como muy próximo.

La verdad es que, al menos en el ámbito geográfico de Occidente, apenas somos un puñado por siglo, y no sé si llegaremos a dos mil por eón, los que nos hemos complacido en consagrar algún que otro escrito a esa expectativa. Y, curiosamente, si tales reflexiones eran antaño cultivadas por gente de Iglesia, es decir, sacerdotes o laicos que habían recibido órdenes menores, hace mucho que sólo individuos extramuros del sacerdocio parecemos elevar nuestras especulaciones hasta las esferas celestes en cuyos estantes y anaqueles aguardan los sellos, añafiles, plagas y demás dolores de parto apocalípticos.

Como hiciera mi amigo Jaime González por las mismas fechas, Cristóbal Serra invirtió a finales del siglo XX su tiempo en escribir una reflexión sobre el “Apocalipsis” de San Juan, sobre sus fuentes y sentidos ocultos, sobre la impronta “sediciosa” frente al poder establecido característica de este texto… Un estudio que le inviste como contemporáneo de Arnau de Vilanova, Juan de París, Joaquín De Fiore, el Beato de Liébana, el anónimo autor de la profecía del Cedro del Líbano, Vladimir Soloviev… y por supuesto que de Ezequiel y hasta de Henoch, en una época en que los más pierden su tiempo en divagar y pontificar, mayormente, sobre lugares comunes tan lacios y escasamente excitantes como la Transición, el feminismo o la crisis económica, reflexiones que no sirven absolutamente para nada. La filosofía oficial se ocupa, de hecho, en poco más que la invención y taxonomía subvencionadas de nuevas –y por descontado que imaginarias- enfermedades.
Yo prefiero, la verdad, deleitarme en la meditación sobre las afirmaciones de Cristóbal Serra en torno a, por ejemplo, la inexistencia de estaciones del año en la Tierra anterior al Diluvio. Tiene más sentido, ¿no?

En este breve volumen –“Apocalipsis”- publicado por Siruela, se aplica Serra a la puesta en orden de las intuiciones de quienes le precedieron, subrayando el carácter de visión del libro atribuido a Juan (una seña de identidad que, en opinión mía y de estudiosos como Ignacio Gómez de Liaño, cabría hacer asimismo extensiva a los Evangelios). La actitud y el texto de Serra nos retrotraen a épocas en las que la elaboración de un libro no se diferenciaba mucho de la de una vidriera y en las que, como es –y debería ser- natural y normal, casi nadie publicaba. Como un cardiólogo que, en vez de un pecho del montón, auscultara los de un Imperio en decadencia o una nación de nuevo cuño, o un filatélico que, lupa en mano, tratara de elucidar de qué sutilísimo diente cojea el sello que será el Séptimo, así sirve a la humanidad, doblada la espalda, el escrutador del mapa del Fin de los Tiempos. Sí, suena a greguería… Y, probablemente, lo sea.

Un libro, en fin, que incluye la versión de la visión de Juan debida en 1602 a Cipriano de Valera y que vale la pena leer tanto por los aciertos de Serra como por sus notorios disparates (su comprensión del brahmanismo y el Islam, por ejemplo), de los que, por lo demás, es de rigor que no esté exenta ninguna obra del género.

Obviamente, no considero que tenga nada que ver con mis inquietudes soteriológicas, como tampoco con las de Cristóbal Serra o cualquier otro de los hermeneutas antes citados, esa variante extremadamente moderna de agorero catastrofista encarnada hoy con rasgos casi arquetípicos por el más que nonagenario Harold Camping, predicador norteamericano que ha fechado el comienzo del Día del Juicio para el día 21 del presente mes, es decir… para la víspera de las elecciones municipales. En plena jornada de reflexión. ¡Extraordinaria carga simbólica! Eso sería, quizá, lo más interesante de un hipotético acierto de Camping: que se aguaría la fiesta a un sinfín de trepas a quienes –seamos francos- la ciudadanía no necesita absolutamente para nada.

¡El 21, Apocalipsis! No sé ahora mismo qué toreros están puestos en Madrid ese día, pero está claro que pienso ir a la plaza. Si hay que morir (o resucitar), que sea con las botas puestas… Teniendo en mente que la pluma de Jardiel –en “La tournée de Dios”- escenificó una visita oficial de Dios a la Tierra –fechada por él el 10 de mayo de 1932- en la vieja plaza de toros de la Carretera de Aragón, tendría su gracia que la Segunda Venida de Jesús, predicha por Camping para este 21, fuese a acontecer en Las Ventas. Me llevaré, por si acaso, al tendido el “Apocalipsis” de Cristóbal Serra. Pero no creo, la verdad, ni que Harold Camping haya leído a Jardiel ni que haya estado jamás en los toros. Porque un aficionado cabal no se olvida nunca de las advertencias evangélicas y coránicas de rigor: en concreto, de la que advierte de que, sobre el Día y la Hora, sólo el Padre sabe…

Que dudo, en fin, que Camping corte el 21 apéndice alguno a cuento de su predicción. Pero bueno: ya leeremos las críticas del festejo.

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