Jueves 19 de mayo de 2011
Una de las críticas –no sin cierto fundamento- más frecuentes que suele recibir Mariano Rajoy es su excesiva tibieza y falta de reacción ante determinadas situaciones. Así, el líder del PP alterna clamorosos silencios con intervenciones de lo más brillante, pero da la impresión de que nunca acaba de definirse. Tras el maratón del martes, ayer tocaba reposo, y eso lo aprovecharon sus rivales para cargar contra él por su aparición junto a Camps en la plaza de toros de Valencia. Desde luego, Rajoy eligió un mal día para, a propósito de la protesta del colectivo 15-M en la Puerta del Sol, romper una lanza por la honorabilidad de los políticos. Fundamentalmente, porque una gran parte de la ciudadanía no acaba de entender que por la mañana defienda la política sin mácula alguna para, por la tarde, rodearse de Camps y su lista de nueve imputados.
Poco importa que las encuestas sitúen al presidente del PP valenciano con una holgada mayoría absoluta. Una cosa son las urnas y otra el escrupuloso cumplimiento de la ley. Pese a lo que puedan pensar algunos, los votos no legitiman conductas irregulares. Rajoy no actuó cuando debía, y ahora lo paga. Y con toda seguridad, si alguno de los nueve imputados es declarado culpable, el precio en un futuro no muy lejano será mucho mayor. El líder popular no tuvo necesidad de hacer nada en Madrid, pues ya se encargó de ello Esperanza Aguirre, purgando de sus listas todo vestigio de Gürtel. Pero sí en Valencia, y prefirió mirar hacia otro lado. Que se atenga, pues, a las consecuencias de sus acciones y…de sus inacciones.
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